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Cada vez que los mercados se sacuden, el celular se llena de alertas y aparece la misma tentación: vender todo y esperar a que pase la tormenta. Pareciera que vivimos la época más volátil de la historia.
Con un mercado que un día cree que la inteligencia artificial ha venido a salvar a la humanidad, para al día siguiente gritar a todos los vientos que estamos frente a una burbuja a punto de estallar. Pero lo que cambió no es tanto la volatilidad sino la frecuencia con la que miramos los precios.
En el último siglo de la bolsa norteamericana tuvimos varios períodos tan agitados como el actual o incluso más. La diferencia es la capacidad que tenemos ahora de seguir las cotizaciones minuto a minuto, desde el bolsillo.
Y no sólo eso: también se aceleró nuestra capacidad de reaccionar ante las noticias. Lo que antes podía llevarnos horas hoy podemos hacerlo con unos pocos clics mientras esperamos un ascensor. Y esa doble velocidad de información y reacción nos hace sentir que, porque podemos operar, debemos operar.
¿Cómo navegar estas aguas turbulentas sin morir en el intento?
En mis clases del MBA en la Universidad Di Tella hay una pregunta que siempre aparece: ¿es cierto que la bolsa es como el casino? Mi respuesta, medio en broma y medio en serio, es la frase preferida de todo economista: “Depende”.
Tomemos como ejemplo el S&P 500, el índice que reúne a 500 de las principales empresas de Estados Unidos, y que es un punto de referencia en todo el mundo.
Según un análisis de Creative Planning con datos de los últimos 100 años, si tomamos el retorno total (esto es, lo que suben o bajan las acciones más los dividendos), la probabilidad de ganar depende, sobre todo, de un factor fundamental y muchas veces obviado: el tiempo.
Si compramos hoy y vendemos mañana, la chance de que el índice suba es del 53%. Apenas mejor que tirar una moneda al aire. Visto así, la bolsa es una timba.
Pero el panorama se transforma radicalmente cuando estiramos el plazo. Si en lugar de comprar y vender de un día para el otro, esperamos una semana, la probabilidad de ganar sube a 57%; un mes, a 62%; un año, a 75%; cinco años, a 89%. La misma inversión, en el mismo mercado, tiene resultados muy diferentes según el tiempo que la sostengamos.
¿Qué explica esta diferencia?
Como todo fenómeno complejo, tiene más de una causa. La primera es el crecimiento económico. Al comprar acciones nos convertimos en socios de empresas reales, con productos y servicios, clientes y empleados.
El precio de una acción puede moverse cada segundo, pero el valor real de una compañía apenas se modifica de un día para el otro: lo que oscila constantemente son las expectativas y el humor del mercado. En el largo plazo, sin embargo, la economía norteamericana muestra un claro sendero de crecimiento, y con ello el precio de las acciones tiende también a subir.
La segunda razón está en la propia dinámica del S&P 500: a medida que la economía evoluciona, se renuevan también las compañías que lo integran así como su peso dentro del índice. Hace 20 años las empresas más valiosas eran las petroleras y financieras; hoy dominan las tecnológicas. El índice, en cierto sentido, se depura a sí mismo, como un dream team que rota su plantel para tener siempre a los jugadores del momento.
Un tercer factor es puramente matemático: con el tiempo, la tendencia le gana al ruido. El rendimiento esperado se acumula, mientras que los vaivenes diarios tienden a compensarse. Es el interés compuesto haciendo su magia, o lo que muchos dicen que Einstein llamó “la octava maravilla del mundo”.
Pero sólo funciona si le damos tiempo. Quien entra y sale del mercado de manera constante se parece a quien va al gimnasio una semana, abandona un mes y vuelve a empezar sólo para encontrarse siempre en el mismo lugar.
La última explicación es la asimetría de los ciclos de subas y bajas. Según Creative Planning, desde la década de 1950 los mercados alcistas (o “bullish”) duraron unos cinco años y subieron en promedio 254%, mientras que los bajistas (o “bearish”) duraron alrededor de un año y cayeron 31%. Quien invierte a largo plazo construye “puentes” por encima de esos períodos negativos.
La volatilidad no es una falla del sistema: es el precio que tenemos que pagar si queremos estar invertidos.
Ahora, una advertencia necesaria. Estos números son de Estados Unidos, el gran ganador del último siglo. No todos los países tuvieron la misma suerte. Sin ir muy lejos, en las últimas décadas, el mercado argentino ha sido una montaña rusa de volatilidad, sólo para dejarnos en un lugar muy similar a aquel del cual partimos. De ahí la importancia de estar siempre diversificados entre distintas empresas, sectores y países.
¿Qué hacemos, entonces, con la volatilidad?
La respuesta menos obvia: nada. Ese es el secreto escondido a la vista de todos. La volatilidad es como la turbulencia durante un vuelo: a nadie le gusta que se mueva, pero no por eso saltamos del avión cada vez que se enciende la señal de abrocharse los cinturones.
Calma. Invertir es un juego de largo plazo. Como dice mi entrenadora de running: esto es una maratón, no una carrera de velocidad.
Este artículo tiene fines exclusivamente educativos y no constituye una recomendación de inversión. Los resultados pasados no garantizan resultados futuros.