Sería genial decir que le paso a alguien más, que un lector me escribió un mail para que lo aconseje, o que me contó sus desventuras para comprar un nuevo teléfono. Pero no, todo me sucedió a mí.
Día 1. No debería haberlo llamado pero la curiosidad es fue fuerte. Es una fuente que sabe mucho de celulares y trabaja en el sector desde hace mucho. No tiene por costumbre revelar demasiado, es casi a cuentagotas lo que larga, pero me dijo algo que no quería escuchar: la marca que menos me gusta tiene el mejor del mercado. Y, peor aún, se consigue en la Argentina.
Día 2. Conozco el sentimiento, esa ansiedad es una sensación en el pecho que no puedo terminar de describir. Ese comentario del prensero me quedó dando vuelta así que ya me puse a googlear ese smartphone de los sueños. Ni una ni dos, tres cámaras con un zoom de locura, un procesador potente, mucha memoria RAM, pantalla AMOLED-algo, almacenamiento para tirar para el techo, etcétera. Y muy caro.
"Quiero tener lo que no tiene nadie, de esos "mata iPhones" chinos sobre los que me gusta escribir".
Día 5. No puede ser que el súper celular esté tan caro. No voy a gastar esa plata ni loco. Encima es de la marcas que más vende en todos lados y, como buen periodista de tecnología, soy un hípster. Quiero tener lo que no tiene nadie, de esos"mata iPhones"chinos sobre los que me gusta escribir, que tienen las tres be: son buenos, bonitos y baratos.
Día 8. Me fijé el precio, me fije las cuotas. Son muchas. Mejor me compro otro aunque, de más está decir, mi celular está lejos de necesitar un recambio: no tiene ni 18 meses, el tiempo promedio de recambio de celulares en la Argentina. Lo sé porque todavía lo estoy pagando.
Ilustración: Mercedes Mares.
Día 10. Bueno, listo, voy a buscar otro. Estoy entre un Xiaomi chino y el último de Google. Pero uno no trae NFC –que necesito para cargar la SUBE- y el otro tiene cuerpo de plástico: es buenísimo pero se ve un poco feíto. Admitámoslo: cuando uno gasta "una buena pasta" –como dicen en España-, quiere poder mostrarla un poco. No mucho, porque si no pasa una amistad de lo ajeno y se queda con lo que es de uno.
Día 15. No estaría encontrando que me convenza. Cuando paso por un local que vende celulares me quedó mirando algo embobado. No puede ser que un aparatito me ponga así: cuando tenía el Blackberry no me pasaba ni de casualidad, me decían "¿y si comprás un iPhone?" y me daba urticaria. Ahora, los observo con mucho cariño. Pero no, no voy a ir por ahí, todo ese ecosistema cerrado (y ese precio demente, al menos acá) es mucho.
Ya se lo preguntó el camarada Lenin: qué hacer. Al final, el capitalismo resultó ser el opio de los pueblos.
Día 21. Ya se lo preguntó Lenin: qué hacer. Las manos me transpiran y la cabeza me da vueltas cuando la ansiedad le gana a la inteligencia y me doy manija para comprar ese maldito celular de una buena vez. Sí, son muchas cuotas y es mucha plata, pero es uno de los pocos gustos que realmente me doy: no fumo, no tomó café, nada. Al final, el capitalismo resultó ser el opio de los pueblos. Ese momento posterior a efectivizar la compra, pero antes de sentirse culpable por todo lo gastado, es mágico: somos parte de un engranaje vital.
Día 28. Me siento como Mónica Geller en el capítulo de "Friends" cuando tiene que comprar su vestido de novia, algo que quiso toda la vida. Todo esto porque me decidí pero caí en la cuenta que el smartphone que quiero no abunda en la Argentina. Así que tendré que ganarles a todos los demás.
Día 30. Listo, lo compre. Es muy lindo pero ahora se viene el próximo objeto de deseo. ¿Qué me compro? Uf, qué ansiedad.
--Imagen de apertura: Pixabay.