Donald Trump eligió como candidato a presidir la Reserva Federal a Kevin Warsh, un nombre conocido por los mercados, exgobernador del banco central durante la crisis financiera global y con credenciales que encajan en el modelo de Washington. Para muchos en Wall Street, el alivio inicial fue inmediato. Sin embargo, esa primera lectura resulta superficial dado que el foco exclusivo en el currículum de Warsh corre el riesgo de ignorar lo verdaderamente relevante: el contexto político en el que se produce la nominación y la relación explícitamente conflictiva que Trump mantiene con la independencia de la política monetaria.
Desde la nominación, economistas, exfuncionarios de la Fed y analistas de mercado revisan discursos, artículos y decisiones pasadas de Warsh con una lupa casi forense.
¿Es un halcón inflacionario incorregible o un pragmático dispuesto a virar si las condiciones lo requieren? ¿Defenderá la autonomía del banco central o se alineará con la Casa Blanca?
Las preguntas son legítimas, pero parten de una premisa discutible: que el principal riesgo está en quién es Warsh. En realidad, las cartas ya estaban marcadas desde el momento en que Trump dejó claro, en sus propias palabras, que solo nombraría para la Reserva Federal a alguien que “esté de acuerdo conmigo”. Ese mensaje, repetido sin ambigüedades en redes sociales, condiciona cualquier lectura posterior sobre las credenciales del candidato.
La disputa por el control de la política monetaria
El nombramiento del presidente de la Reserva Federal es, probablemente, la decisión institucional más delicada que toma un presidente estadounidense. No porque el Chair tenga poder absoluto, es apenas uno de los doce votos del FOMC, sino porque simboliza el compromiso del Ejecutivo con la estabilidad macroeconómica de largo plazo por sobre las urgencias políticas del ciclo electoral.
Trump, con sus recurrentes ataques personales a Jerome Powell, ha demostrado reiteradamente que no comparte esa jerarquía de prioridades y que busca someter al banco central a la voluntad presidencial de corto plazo.
En ese marco, la candidatura de Warsh no puede analizarse como un hecho aislado. Forma parte de una ofensiva más amplia que incluyó amenazas de despido, intentos de remover a gobernadores designados por administraciones anteriores y una investigación penal sobre las obras de remodelación de la sede de la Fed.
Esa escalada judicial, percibida por muchos legisladores, incluidos republicanos, como un ataque directo a la independencia institucional, ha generado un efecto búmeran: lejos de allanar el camino de Warsh, amenaza con bloquear su confirmación en el Senado.
El cuello de botella institucional
El proceso de confirmación sera un factor crítico. En el Senado argumentan que no avanzaran con nuevas designaciones mientras continúe la investigación sobre la conducción actual del banco central, lo que introduce un nivel de incertidumbre institucional poco habitual.
No se trata de un rechazo al candidato propuesto, sino de una reacción defensiva frente a lo que muchos interpretan como una amenaza directa a la autonomía de la Reserva Federal. En los hechos, empieza a delinearse un consenso entre ambos partidos para contener una politización considerada riesgosa para la estabilidad de la política monetaria.
Este problema abre, además, una zona gris desde el punto de vista legal e institucional. Si el mandato de Powell expira en mayo sin que su sucesor haya sido confirmado, no está claramente establecido quién tendría la facultad de designar una conducción interina ni bajo qué criterios, por lo que la posibilidad de un vacío prolongado en la presidencia del banco central constituye, por sí sola, un factor de inquietud para los mercados, habituados a marcos de decisión previsibles incluso en escenarios de elevada tensión.
Halcón o paloma
Más allá del laberinto institucional, persiste el debate sobre el perfil monetario de Warsh. Su historial como gobernador durante la crisis de 2008 y sus críticas a los estímulos monetarios agresivos lo ubica en el lado más restrictivo del espectro, lo que alimenta la etiqueta de “halcón”.
Sin embargo, vale mencionar que en los últimos años su discurso ha mutado de forma notoria, alineándose con la narrativa de la Casa Blanca sobre una FED excesivamente rígida frente a una economía con supuestas fuerzas deflacionarias estructurales, como la tecnología y la productividad.
Esta ambigüedad no es casual. Warsh parece haber entendido que, en el contexto actual, la supervivencia política del próximo presidente de la FED depende de una gimnasia discursiva compleja: mostrarse duro ante los mercados para preservar credibilidad, mientras ofrece a Trump la expectativa de tasas más bajas. El problema es que esa alquimia tiene límites. Si la inflación no cede o si las expectativas se desanclan, ninguna retórica podrá evitar un ajuste que choque con los deseos del Ejecutivo.
Qué deberían esperar los mercados
Hasta ahora la reacción de los mercados ha sido contenida. No hubo pánico, pero tampoco entusiasmo. Los inversores parecen apostar a que, llegado el caso, Warsh será más pragmático de lo que sugiere su discurso actual y que las restricciones institucionales como los demás miembros del FOMC, el Senado y el propio mercado, actuarán como freno a cualquier deriva excesivamente política.
En ese marco, un escenario en el que el próximo presidente de la Fed mantenga un sesgo claramente halcón, con tasas de interés elevadas por más tiempo, tiene implicancias bastante directas para la asignación de activos. Tasas reales altas tienden a fortalecer al dólar y a sostener la demanda por bonos del Tesoro, mientras que perjudican al resto de los activos financieros, desde acciones hasta commodities.
Parte de la corrección que mostró el oro en las últimas semanas puede leerse precisamente bajo esta lógica. En un contexto de expectativas de política monetaria más restrictiva y dólar firme, el metal pierde atractivo relativo frente a activos que ofrecen rendimiento nominal positivo, aun cuando persistan riesgos geopolíticos o fiscales. No se trata de un colapso del rol del oro como cobertura, sino de un ajuste consistente con una posibilidad de tasas más altas.
De todas maneras, la verdadera incógnita no es cuán restrictivo será Warsh en términos técnicos, sino si la independencia de la Reserva Federal puede sobrevivir a un presidente que ha demostrado estar dispuesto a tensionarla. En ese sentido, incluso un banquero central técnicamente competente puede convertirse en un problema si su legitimidad queda erosionada por la percepción de subordinación política. Esta es una historia que en la Argentina es bien conocida.
Trump ya vivió la experiencia de nombrar a un presidente de la Fed que luego no le obedeció. Pero también debe saber que una crisis de credibilidad del banco central tendría costos económicos y políticos mucho mayores que cualquier desacuerdo puntual sobre una decisión de tasas de interés. Warsh, si finalmente llega al cargo, enfrentará una tarea exigente: convencer a los mercados de que la Fed sigue siendo independiente, mientras lidia con un presidente que no cree en esa independencia.