ANÁLISIS

El Presidente y la macro en su laberinto

El resultado electoral de este domingo despierta varios interrogantes acerca de lo que puede pasar de acá hasta las elecciones generales de noviembre, sobre lo que hará el Gobierno para intentar cambiar su suerte y sobre lo que puede pasar una vez que se confirme (o no) lo acontecido en las PASO.

Es una derrota dura que confirma que a los oficialismos se les hace cuesta arriba mantener el poder o el control parlamentario. El surgimiento de nuevos espacios, o figuras políticas nuevas provenientes de otros ámbitos, y la buena elección de los candidatos de izquierda, muestra que la gente está cansada y siente fatiga frente al fracaso en materia económica, de gestión de la pandemia y de lucha contra la inseguridad. Parafraseando a Jorge Asís, muchos votantes quieren darle la oportunidad de fracasar a otros porque los anteriores y que tenían experiencia política o de gobierno previo ya fracasaron.

Pero el Gobierno no va a bajar los brazos y va a pelearla hasta noviembre. Le quedan dos meses para buscar más votos, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. Y para ello lo más probable a nuestro juicio es que mantenga los lineamientos de política económica sin cambios, profundizando todo aquello que consideren que fue "insuficiente" para satisfacer las demandas de los votantes que le dieron la espalda.

El Presidente sostuvo que "algo habremos hecho mal para que la gente no nos acompañe", lo que deja flotando en el aire la idea de que no está muy convencido de la necesidad de un cambio drástico de rumbo. De hecho terminó su mensaje de la noche del domingo reafirmando sus convicciones, dando a entender que el camino a seguir no es otro que el actual.

En este marco, más allá de que se puedan producir algunos cambios de gabinete, lo más probable es que las políticas en marcha se profundicen en estos dos meses. Más controles, más prohibiciones y más gasto social aparecen en el horizonte como la receta más a mano para el Gobierno. Y por diversas razones:

1. Porque responden al código genético de toda la coalición gobernante.

2. Porque el empecinamiento prescriptivo ha sido una de las características más salientes de todas las administraciones kirchneristas.

3. Porque la posibilidad de revertir el resultado del domingo pasa por recuperar los votos perdidos en los distritos que más demandan o se identifican con el populismo/clientelismo kirchnerista.

Y en noviembre, con los resultados definitivos en la mano, la pregunta será la misma de estas horas: ¿habrá algún cambio? Lamentablemente, aún si se confirmara la derrota sufrida este domingo, no prevemos que se produzca un cambio significativo de las políticas.

El presidente Fernández enfrenta el dilema de romper la coalición e intentar otro camino o bien aceptar que se profundice su dependencia política del resto de la coalición, especialmente de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner y de la Cámpora. Pero la primera opción enfrenta varios obstáculos: no le quedan muchos actores dentro del peronismo a los que pueda acudir para buscar respaldo; las derrotas electorales de varios gobernadores e intendentes importantes del conurbano bonaerense lo dejan desprovisto de potenciales aliados con suficiente poder con quienes rodearse para enfrentar una ruptura. Al mismo tiempo, no cuenta con suficiente tropa o recursos humanos propios como para gestionar un cambio ostensible de políticas que indiquen que el divorcio es verdadero. Y, tampoco parece factible que pueda convocar nuevos equipos y funcionarios que por fuera de la coalición aporten nuevas ideas y políticas y que por sí mismos sirvan como señal inobjetable de un cambio de actitud y de rumbo de parte del Presidente.

Por el momento, lo más probable resulta que el Gobierno intente repetir la fórmula del "vamos viendo" allende las elecciones de noviembre. Lo acontecido entre 2013 y 2015 puede ser visto como un antecedente y fuente de esperanzas de que se podría evitar una fase final de aceleración nominal y corrección macro, y eventualmente llegar a las elecciones presidenciales con alguna chance de éxito.

Pero la situación económica de hoy es mucho más frágil, y la disponibilidad de instrumentos (al menos de aquellos preferidos por las autoridades) es también más reducida. Un acuerdo con el FMI podría ayudar a comprar algo más de tiempo; pero, dado todo lo anterior, es improbable que por sí solo produzca inequívocamente un antes y un después en materia de credibilidad y expectativas.

Así las cosas, la percepción de un gobierno con el "boleto picado", sin credibilidad, con muchas tensiones internas y escasa gobernabilidad, puede traducirse en una pérdida de efectividad de las políticas de intervención y control macro que son los pilares del programa oficial para "tranquilizar la economía". Recordemos que las grandes correcciones nominales (fogonazos inflacionarios y devaluatorios) lo experimentaron presidentes débiles luego de perder elecciones parlamentarias. Así que la dinámica macro de corto y mediano plazo puede terminar siendo muy distinta de la que genera la expectativa de recambio presidencial que se abriría hacia 2023.

La reacción inicial de los mercados fue positiva, al sopesar más dicha expectativa de recambio, y la posibilidad de que el Gobierno se encamine a tener minoría en ambas cámaras del Congreso, que las incertidumbres que se plantean a más corto plazo. Los resultados electorales no cambian por sí mismos ninguno de los desequilibrios ni flaquezas macro de la Argentina; y, tal como lo sostuvimos arriba, lo más probable es que lejos de reducirse, estos se agraven en el futuro más inmediato.

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