Los acontecimientos obstructivos que afectan el comercio y las inversiones internacionales siguen sucediéndose. Después de la seguidilla de varios obstáculos de los últimos años, aparecen ahora acontecimientos bélicos que afectan las cadenas de suministro.
Dice el español José María Peirá Silla que hay 4 dimensiones en el ambiente de los negocios que deben ser consideradas por la empresa: el grado de simplicidad o complejidad del ambiente (si los factores de ese ambiente son pocos o muchos), el grado de estabilidad (si los factores del ambiente permanecen en una misma condición o si cambian regularmente), el grado de aleatoriedad (si los factores del ambiente se alinean entre sí de modo ordenado y previsible o -contrario sensu- de modo desordenado) y el acceso a recursos.
Está claro que en los últimos tiempos los 4 factores vienen haciendo menos sencillo el escenario.
Ya antes del inicio de la guerra en Medio Oriente el World Economic Forum publicó su Global Risks Report 2026 anticipando los escenarios más probables incertidumbre, inestabilidad, turbulencia y convulsiones.
Las dificultades, además, se conectan entre sí: lo militar afecta precios y cotizaciones, esto impacta en niveles de satisfacción en economías domésticas y en el funcionamiento de cadenas de suministro, los movimientos financieros se ven impactados y el cortoplacismo se renueva.
La afección en el ámbito de los negocios, además, no está dada solamente por los acontecimientos geopolíticos sino, además, por la revolución tecnológica en curso (según MIT Economics, vivimos la “sexta ola de innovación” de la historia en la que la inteligencia artificial, el internet de las cosas y la robotización prevalecen sobre tecnologías pasadas).
Dice The Economist (“Trade in Transition. Global Report”) que las empresas están apoyándose crecientemente para sus negocios internacionales en soluciones tecnológicas que les permiten abordar la complejidad, y -entre esas soluciones- se destacan la inteligencia artificial, el cloud computing, las plataformas digitales y la cada vez más poderosa conectividad.
Algo que está muy afectado es el funcionamiento de las cadenas de valor internacionales. Lo que es muy significativo: según OCDE, más del 70% del comercio internacional total en el planeta sea realiza dentro de las cadenas internacionales de valor.
El comercio y las inversiones internacionales están crecientemente dirigiéndose hacia el “friendshoring”, lo que consiste en el comercio y las inversiones entre países aliados en detrimento de los intercambios entre adversarios.
Esto está haciendo que las cadenas de valor internacionales cambien sustancialmente; se apoyan más en el desarrollo de intangibles que son los que crean valor (tal como lo explican Jonathan Haskel y Stian Westlake).
Al punto que explica Stan Shih (en la gráfica de su célebre “smiling curve”) que ahora en las cadenas el valor se genera en el inicio (innovación, propiedad intelectual, diseño, modelos de organización, capital intelectual) o en el final relacionado directamente con el cliente (servicios al consumidor, marketing), pero no en el medio (manufacturación tradicional).
Dice el World Economic Forum que, ahora, las cadenas de valor están pasando de “globales” a “multilocales” conectadas suprafronterizamente, están actuando en un cambio desde el “doing” digital hacia el “being” digital, están pasando desde el apoyo en economías de escala hacia economías de conocimientos aplicados (from economies of scale to economies of skills) y están pasando de un modelo de eficiencia en reducción de costos hacia uno de innovación basado en desarrollo de valor.
Y, agrega el WEF en “Global Value Chains Outlook 2026”, que ahora son imperativos para actuar en las cadenas de valor internacionales la adecuada orquestación, la creación de valor, el desarrollo de capacidades adaptativas y la capacidad de construir ecosistemas.
Precisamente, la conversión de cadenas de valor en ecosistemas (una especie de “cadenas de valor 2.0”) es un imperativo de la época. Los “ecosistemas de empresas” son hoy el fenómeno más poderoso del capitalismo global: son alianzas activas, dinámicas, multisectoriales e internacionales para la generación de valor compartido entre diversos actores económicos; y hacen confluir planificación, inversión, producción y comercio internacionales de modo sistémico (y no ya separado).
El capitalismo internacional está afianzando los ecosistemas como modo de generar espacios comunes supranacionales (comunes, pero no estatales).
Que son algo parecido a lo que el profesor John Kay (en “Fundamentos del éxito empresarial”) llamó las “arquitecturas” vinculares: redes de diversos actores integrados espontáneamente que conforman auténticas comunidades productivas (muchas supranacionales) para lograr la evolución ante las dificultades crecientes de un mundo cada vez más exigente.
Y una de las manifestaciones de la nueva economía de los ecosistemas es la plataformización, y sobre ellas han destacado Robert Atkinson y Aurelien Portuese que, así como emergieron en su tiempo las dos mayores transiciones -primero el crecimiento de las grandes corporaciones en los inicios de los 1900; y luego la llegada de las “managerial corporations” tras la segunda guerra mundial- ahora ha llegado el crecimiento de la economía de las plataformas (platform economy).
Las cadenas internacionales de valor, así, cambian. Los acontecimientos de los últimos tiempos aceleran ese cambio. La inserción externa argentina depende de una mejor participación en ellas (tenemos una baja participación en cadenas internacionales de valor). Hay un desafío pendiente.