Se me viene a la mente una palabra de moda para ilustrar los antagonismos en las que solemos incurrir como sociedad. Hablo de la grieta.
Esa que se usa para trazar la separación inexpugnable del kirchnerismo y el anti kirchnerismo, a la que aludió la división argentina entre peronismo o antiperonismo; entre azules y colorados; unitarios o federales.
Desde patriotas o vendepatrias, pasando por los porteños o los del interior, también -por qué negarlo- en todas las facetas futboleras, hasta los verdes o celestes en el debate necesario del aborto.
La lista parece interminable. Pero con esa palabra me surgió la duda sobre cuál será el antagonismo más antiguo en el que estamos metidos los argentinos. A mi entender, debe ser el que opone al campo y a la ciudad.
Recuerdo un chiste pueblerino en el que se mofan de que los porteños creen que los pollos son eso que ven limpio y congelado en la góndola del supermercado o que la leche sale del sachet. Es un extremo grotesco, pero evidencia una suerte de desconocimiento de las grandes ciudades a lo que se genera la cadena agroalimentaria.
En realidad, de las 31 cadenas agroalimentarias lo que suele englobarse cuando se habla de campo. Esas cadenas son las responsables del 10,5% del PBI total anual; de poco más del 10% del empleo nacional y de casi el 60% de las exportaciones. En términos de producción de bienes, el sector trepa al 29% del PBI anual y al 31% del empleo.
En parte por esta Argentina ciclotímica, con sus eternos círculos viciosos, esa grieta aparece como difícil de zanjar.
Hace 11 años, en medio de las protestas de cuatro meses por las retenciones móviles, el sector rural logró hacer escuchar sus reclamos, mientras Cristina Kirchner hablaba de los piquetes de la abundancia como si se tratase solo de ricos que se oponían a poner su parte en pos del bienestar general.
Tras el voto no positivo de Julio Cobos, en la madrugada del 17 de julio de 2008, el sector que logró sumar algunos hombres propios al Congreso con una fuerza que de a poco se fue desdibujando.
Aunque persiste el mensaje de que lo que viene de la tierra, lo que consumís en tu mesa, se da gracias al trabajo que se hace a diario, con esfuerzo, en ese no tan lejano campo.
Todo cuando, necesidad fiscal mediante, con el retorno de las retenciones, vuelve a alimentar, cual vaca a sus terneros (o a los hijos de humanos) a la insaciable sociedad que todos, campo y ciudad, conformamos.