Vuelta de la democracia: ¿36 años no son nada?

El país recuperó la institucionalidad con Alfonsín. En cada aniversario es evidente la necesidad de mayor madurez política.

El 30 de octubre de 1983 quedará grabado en mi memoria para siempre. Tenía solo 9 años, pero mi fascinación por la política se había despertado de manera tan asombrosa como abrupta gracias a la recuperación de la democracia. Venía de una familia paterna muy politizada. Cualquier domingo de aquellos podías entrar en la casa de mis abuelos y escuchar que desde el tocadiscos sonaba la marcha peronista. Sin embargo, mi ventana al mundo de la política fue en la vereda de enfrente, con la UCR.

Me guardé en silencio la decisión de ser radical: no quería dar explicaciones y tampoco tenía tan claro por qué me gustaba ese signo político. En definitiva, para qué iba a abrir el paraguas si a esa edad no tenía la posibilidad de votar. De haber podido lo hubiera hecho por Raúl Alfonsín, y no por Ítalo Luder.

Con los años entendí que lo que me movía, más allá de la convicción, era esa corriente imparable que significaba recuperar la soberanía, que el pueblo pudiera participar en las decisiones y que dejara de sentir esa energía oscura de la dictadura militar. Pero había más: podía quedarme horas hipnotizada con ese hombre de bigote extenso y voz rasposa. Me alucinaba ver cómo entrelazaba sus manos en el centro y las llevaba hacia el costado izquierdo casi emulando el ademán que se hace para invitar a bailar a alguien.

Vale recordar que el año y pico previo a ese momento de algarabía no había sido nada fácil. La guerra de Malvinas no era sólo algo de lo que me pedían que dibujara en el colegio. Mi tío Daniel -segundo hermano de mi papá- había sido protagonista in situ de esa guerra. Y aunque no tenía muy en claro qué hacían esos hombres vestidos de verde, los odiaba por la sencilla razón de que eran los responsables de gran parte de las angustias de mi familia. El conflicto bélico había, finalmente, acelerado la salida del poder de los militares que gobernaban desde el '76.

Ya pasaron 36 años de democracia. Cómo olvidar la noche del 30 de octubre cuando se coronó a Alfonsín como presidente y nos fuimos en familia a festejar a la 9 de Julio. Pero el hombre de Chascomús, que arrasó con un 51,7% de los votos, no vivió tiempos fáciles. El objetivo principal de los seis años que duró su gobierno fue consolidar ese sistema político amenazado constantemente por el resabio militar que no aceptaba su destino. El levantamiento carapintada del '87 nos mantuvo en vilo. Exigían la finalización de los juicios que el mandatario radical había iniciado en el '86 con la promulgación de la ley de Obediencia Debida y el Juicio a las Juntas. Hubo un festejo de Pascua tenso que terminó con el Presidente hablándole a la multitud desde el balcón de la Rosada. "La casa está en orden, pueden ir en paz", dijo después de largas horas de espera.

El gobierno de la UCR no logró concluir su mandato y en marzo de 1989, agobiado por una economía incendiada, pactó su salida. Pero la vida política del padre de la democracia no perdió protagonismo. En el '94 fue convocado por Carlos Menem, su sucesor, para avanzar con la  reforma constitucional y sellar el Pacto de Olivos.

Del '83 hasta ahora ya pasamos 9 veces consecutivas por las urnas para elegir presidente. La última, hace tres días. El ganador y quien asumirá a partir del 10 de diciembre es Alberto Fernández, el ex ministro de Gabinete de Néstor Kirchner. Con más del 48% de los votos, le sacó a Mauricio Macri la ilusión de la reelección.

Vuelve a cerrarse otro de los capítulos difíciles en la historia de los argentinos. Pero algo aprendimos. Por estos días, Macri y Fernández intentan delinear una transición sin sobresaltos, pese a que después de las elecciones PASO esa inestabilidad que cada tanto se apodera de nosotros amagó con complicar nuevamente las cosas. La democracia, el único sistema posible para las generaciones que no llegan a los 40, reclama cada vez más madurez y agudeza.

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