Quién es el actor que llegó de Corea y se ganó un lugar en las series de televisión más vistas

Quién es el actor que llegó de Corea y se ganó un lugar en las series de televisión más vistas

Chang Sung Kim llegó al país en 1967. Hacerse de Boca fue su primer acierto para integrarse. Reconocido por su rol en El marginal, también participó en Los simuladores y Graduados.

"¿Che, Ponja, no querés entrar?". Chang no es japonés, tampoco chino. Sus padres fueron de los primeros inmigrantes coreanos que habían llegado a la Argentina en el año '67, cuando  gobernaba la dictadura militar de Onganía, el equipo de José (el Racing Club de Avellaneda) daba la vuelta olímpica en el estadio Centenario de Montevideo y en las radios comenzaba a sonar La Balsa. Tenía siete años y el jugar bien a la pelota y hacerse hincha de Boca como sus compañeros de la escuela le ayudaron para integrarse a esos picados de 15 contra 15 en los potreros del Barrio Rivadavia, en el Bajo Flores: "Yo no era muy bueno con la pelota pero los corría a todos. Eso me hizo un lugar en los picados porque habilidosos había muchos, pero casi todos eran morfones. Y aunque no hablara nada castellano, el fútbol me permitió ser uno de ellos. Eso y decir que era de Boca, fueron mis cartas para integrarme al barrio", recuerda hoy el actor y director de teatro Chang Sung Kim.

Con actuaciones recordadas en Los simuladores, Graduados, Educando a Nina y El marginal, entre otras, revela: "Después fue mi maestra en primer grado, Thelma quien me contuvo mucho para que no me discriminaran y me dejaba siempre una hoja de tareas más que al resto para que aprendiera castellano. Esa era la escuela pública que al igual que la universidad no eran buenas por ser gratis sino por su nivel educativo. Sin esa contención que tuvimos, el destino como hijos de inmigrantes no hubiera sido el de hoy".

Con motivo del aniversario número 50 de la llegada de la primera oleada de inmigrantes coreanos a la Argentina, Kim formó parte del documental 50 Chuseok, dirigido por Tamae Garateguy. El filme muestra el regreso de Kim su tierra natal luego de 48 años y retrata cómo festeja esa fecha la comunidad coreana instalada en nuestro país.

¿Cómo fue esa integración?

Dura, porque no sabíamos adónde veníamos. Nuestro destino era Paraguay, pero nos terminamos quedando acá por consejo de una familia amiga que nos recibió en el puerto y le iba muy bien con la venta de verduras y frutas. Como mi mamá sabía bordar y al ver que acá se usaban muchos los blazers con escudos, empezamos a hacer eso. Mi viejo salía a ofrecer el trabajo pero sufría mucho porque no conocía el idioma, en cambio mi mamá era todo lo contrario. Así que invirtieron los roles: él se puso a bordar y ella salió a vender, y como yo aprendía rápido el castellano la acompañaba como traductor. Íbamos a Once y Villa Crespo y conseguimos nuestros primeros clientes de la comunidad judía. Luego nos empezaron a pedir chombas y mi viejo armó un pequeño taller. Así comenzamos, trabajando día y noche.

¿No sufrieron discriminación?

No es que no la sufrimos, yo tenía dos amigos del colegio que uno era paraguayo y el otro boliviano, con los dos me llevaba muy bien. Y a ellos sí otros compañeros le hacían mucho bullying. ¿Pero sabés qué? No había la intolerancia y la estigmatización que hay hoy. Por eso me da bronca que algún dirigente político mezcle el desempleo, la marginación y el narcotráfico con la llegada de inmigrantes. Es un discurso tramposo, porque una minoría que sí cayó en hechos delictivos no representa a una mayoría laboriosa. Y me duele más cuando hay hasta paisanos míos que, ahora que son propietarios, son más clasistas y se olvidan cómo habíamos llegado nosotros hace 50 años. No es un rechazo al extranjero en sí, si no al pobre, y eso es grave que suceda. También en el mundo: países industrializados que hacen negocios en continentes pobres y cuando esa gente se va de sus países, huye por la necesidad, no la quieren recibir. Es como si estuviéramos retrocediendo 500 años.  

Kim como Walter, el asistente fiel de Clemente (Juan Leyrado) en Graduados

   

¿Qué te volcó a la actuación?

Me atraía todo eso, pero no me animaba a subir a un escenario. Y mi amigo Fernando Orecchio, que ahora enseña teatro, me decía:"No lo tomes como algo serio, el teatro es un juego". Y aunque después tuve que aprender muchas cosas en la escuela de Raúl Serrano, eso me sirvió para romper el hielo. Abrimos el Galpón del Abasto, una de las primeras salas en el barrio de Once, y me empezaron a llamar. El primer trabajo en televisión fue Gerente de familia, con Arnaldo André y Andrea Bonelli, y luego, Buenos vecinos y Los simuladores. Desde ahí no paré.

¿Pudiste vivir del teatro?

Por suerte, sí. Pero no soy un divo de esto, sino un laburante, que peleo desde adentro para que no me llamen solo para hacer del "chino del supermercado". La situación de los actores está difícil porque con este gobierno lo que hay, en mi opinión, es que la cultura les incomoda, y donde se nota mucho más la mano de este modelo es en el cine. Se venían haciendo muchas películas por año y se les daba prioridad a las óperas primas de los jóvenes realizadores que, en general, son autores atravesados por la realidad y que la cuentan sin tapujos. Hay muchos que tienen talento de verdad, pero no les suma porque no muestran el relato que ellos quieren visibilizar. Y ahí recortan.

 Le ves una salida?

Mirá, después de 48 años volví a Seúl y me sentí un extraño, porque Corea está hoy muy bien económicamente y se consume en exceso, los jóvenes se visten todos con primeras marcas y es uno de los principales consumidores de artículos de belleza, en ambos sexos. Es un modelo completamente neoliberal, que para tener éxito tuvo que organizarse, disciplinarse y empezar a producir porque no había riqueza natural, y entender que lo de hoy no es sólo porque "yo lo hice" o "yo me lo gané", sino que antes de todo esto hubo generaciones que la pasaron mal. Acá la industria nacional está en crisis y se estimula mucho el mérito individual por encima del esfuerzo colectivo, pero ojalá todas estas minorías que representan el movimiento de mujeres, los inmigrantes, las nuevas generaciones y los pueblos originarios puedan articular una alternativa para dar batalla a un modelo que no funciona igual en todos los países.

La celebración

El barrio de su infancia era para Chang como el gran patio de una casa de familia. No había calles que separaran a una casa vecina de otra, sino delgados pasillos que apenas enfrentaban a un vecino con otro. Cuando llegaban los viernes a las seis de la tarde, comenzaba a sonar el cuarteto y el humo de las parrillas anunciaba la noche. La gente bailaba en los pasillos y no paraba hasta pasada la medianoche. "Esa imagen que tengo fue una iluminación para mí, yo deseaba ser feliz así, perseguí eso durante mi vida, y me fui dando cuenta de que esa celebración era consecuencia del trabajo, que al irse perdiendo nuestros valores en la sociedad se fueron deteriorando", dice.

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