Las complicaciones de varios países europeos llaman a trazar paralelos con las experiencias de América Latina en la década desde 1982, o en particular de la Argentina en 2001/2, cuando enfrentaba serios problemas también manifestados en pérdida de crédito y búsqueda de soluciones que abarcaban replanteos contractuales con las deudas. Particularmente, si observamos la situación de recesión, desempleo, tensiones sociales y deterioros políticos podemos encontrar muchas similitudes en indicadores y actitudes con lo que fueron nuestras vivencias.
En ese contexto, es grande la tentación de aplicar "ingeniería financiera" sin detenerse lo suficiente en analizar causas y, en especial, qué y cómo se hace para superar la situación que dio lugar a los problemas. Bien podemos argüir que los ejercicios de adaptación de los datos de deuda son subsidiarios a las acciones que se tomen para establecer una situación de solvencia sostenible a lo largo del tiempo.
De la comparación de las situaciones surgen los siguientes elementos:
* Causas desencadenantes: en América Latina, sobre una situación de fragilidad y rigideces, las crisis fueron generalmente desencadenadas por cambios abruptos en las condiciones externas. El deterioro de los términos de intercambio o un freno repentino en el flujo de capitales hacia mercados emergentes, movimientos en las tasas de interés de los Estados Unidos con o sin impactos sobre la paridad cambiaria del dólar podían dar lugar a un nuevo cimbronazo macroeconómico. En ciertos países de Europa, sin embargo, hay una persistente acumulación de desequilibrios a lo largo de años que fueron más fáciles de financiar gracias a la percepción de mejoras por la membrecía en la Comunidad e incorporación del euro como moneda. El cambio se produce cuando aparece una recesión y saltan los ya muy elevados (y crecientes) índices de deuda que reflejan los déficits, tanto fiscales como de cuenta corriente, junto con cuestionamientos sobre la solvencia de los emisores de esos papeles.
* Dinámica de salida: más allá de la eventual reversión de las condiciones externas que mejore la situación de ingresos de los países afectados en América Latina (como suba de precios de los productos de exportación), el desequilibrio fiscal y externo, y el stock de deuda eran mucho menores que los que observamos en esos países europeos. Incluso, en nuestra región, la misma dinámica demográfica y tecnológica dan un potencial adicional que no vemos allá. Por ejemplo, la Argentina en 2001 tuvo, como porcentaje del PBI, un superávit primario del 0,5%, un déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos del 1,2% y una deuda del sector público del 53%. Grecia, por su lado, mantuvo por más de 10 años un déficit fiscal primario, que en 2010 registró un déficit del 9%, una cuenta corriente con resultado negativo equivalente al 10,5% y una deuda del sector público del 142%. Aquí, la pérdida de competitividad fue corregida con flexibilidad cambiaria y luego los ingresos crecieron ayudados por los términos de intercambio. No se ve el equivalente en Grecia. Incluso si allí se hiciera el ejercicio de sacarle los servicios de deuda, tendría que ver cómo afrontar las erogaciones netas derivadas de su déficit. En ese sentido, la continuación del funcionamiento operativo está cuestionada porque el acceso a financiamiento voluntario parece vedado en la práctica y las ventas de activos para generar caja conlleva dificultades de tiempos y sustancia.
* Uso del tiempo, financiación y efectos colaterales: en los meses recientes, en el tratamiento aplicado en Europa, comprar tiempo está teniendo una importancia primordial. Aún cuando distribuir los costos de correcciones en un período largo disminuye las dificultades de adaptación y da flexibilidad para cambios, hoy puede decirse que está resultando en una proposición costosa que no atiende los problemas fundamentales a la vez que frustra oportunidades, especialmente para los más jóvenes. Solo en el caso de Grecia, con 11 millones de habitantes, los fondos provenientes de organismos multilaterales suman 110 mil millones de euros -u$s 150 mil millones- comparados con los u$s 9 mil millones que habían sido puestos a disposición para Argentina con 37 millones de habitantes en 2001/2. Aún con pobres resultados en cuanto a revertir la situación económico-social que aflige a los países europeos, no parecen tener resuelto "el día después" a una interrupción en los contratos de deuda, ni cómo enfrentar los eventuales problemas de solvencia en su sistema bancario. Además surgen los eventuales efectos de contagio sobre otros países de esa región y sobre los balances de los bancos acreedores. En ese sentido, no queda claro que el tiempo juegue a favor de disminuir las tensiones ya que las razones que llevan a la interrupción de acceso a crédito existen en varios casos. En otros la situación es llevadera si se plantea con transparencia la estrategia de sostenimiento y superación de inconvenientes. De esa manera se gana credibilidad en un ambiente de sospecha que abarca desde determinadas estadísticas hasta cómo se podría recuperar crecimiento y oportunidades.
En suma, se pueden tomar lecciones a partir de la situación de América Latina durante lo que se llamó la "década perdida" de los 80 y también surge una comparación con la rigidez cambiaria adoptada por la Argentina y los integrantes débiles del euro. Sin embargo, trayectorias comparables no indican que las salidas sean tan similares. No sólo porque las causas originales y los desequilibrios acumulados difieren, sino porque el armado de decisiones políticas y los recursos financieros están también en un marco diverso. En Europa, la moneda única representa un valor para muchos integrantes, pero hay muy diferentes velocidades de adaptación de las economías a circunstancias cambiantes. Más aún, se producen fricciones ya que la defensa de la integración monetaria implica transferencia de recursos entre países miembros con mecanismos de toma de decisiones fiscales y competitividad que hoy están fundamentalmente bajo las jurisdicciones nacionales. Sin llegar a llamarlo una década perdida, el camino de resolución de este tipo de incompatibilidades no dejará de ser largo y complejo con un final de armado institucional bastante distinto al punto de partida. z we