La historia de la humanidad y de las hegemonías nacionales suelen registrar caminos paralelos. Si partimos de Roma, sólo para abreviar, lo comprobaríamos, aunque el perfil de cada experiencia es exclusivo. Lo que subrayan las diferencias son los aportes culturales, productivos e institucionales, además de las experiencias bélicas y de los alborotos sociales que las acompañan. El imperio romano implantó el derecho y testimonios invalorables de evolución política como la monarquía y la república, sin pasar por alto revueltas identificadas con aspiraciones democráticas y desobediencias, dictaduras y otras violencias entendibles, como por ejemplo, aquellas célebres entre Cicerón y Catilina.

Sin subestimar el largo medioevo, el Imperio Español, el Británico o inclusive el Soviético, a pesar de su brevedad, las menciones son válidas para aproximarnos al mundo actual, sobre todo desde las contribuciones culturales y estéticas que distinguen a cada experiencia imperial. El cuestionado imperio español trajo al nuevo mundo instituciones jurídicas y políticas, enseñanzas religiosas y hábitos de trabajo agrícola como riego y manejo de la tierra que modificaron la vida productiva delos nativos. El comunismo, a pesar de sus frustraciones, impuso un estilo de gobierno, de sociedad y de producción diferentes a Rusia, aun cuando, según Hobsbawn, la empresa estaba condenada al fracaso.

Bien, ¿qué pasa con los EE.UU. y con su actual rival? Para algunos el desenlace no tiene secretos y el tigre oriental prevalecería en un par de décadas .Otros lo niegan. Según ha planteado ahora Robert Kagan en enriquecedora obra sobre el mundo a la norteamericana, The World América Made, cualquier caída o debilitamiento parecen improbables, no sólo por invulnerabilidades actuales en términos de capacidad productiva, científica y tecnológica, sino también y esto es lo importante, porque el mundo actual gira en torno de hábitos de matriz norteamericana. La afirmación no es ideológica. Se apoya en la observación de la vida política, económica, financiera y cultural, por lo menos, aunque no todas resulten provechosas. Esto cambia los términos del planteo, despejando el camino para entender la cuestión. Si se conjeturara que un orden multilateral cambiaría las cosas, tal espejismo no las variaría habida cuenta que el multilateralismo siempre resulta efímero por su propia naturaleza y alcances.

El orden internacional siempre depende de ciertas presiones en contextos de evolución y de crisis recurrentes. Los poderes dominantes influyen mediante arbitrajes diversos o imposiciones, cuya duración no depende sino de aptitudes y capacidades para defender la hegemonía conquistada. En esa inteligencia, vale la pena comparar los aportes de los EE.UU. al mundo actual y su potencial económico para aproximarse al tema. Luego, podremos hacer pronósticos sólidos para evitar el triunfo de la esperanza sobre la experiencia como diría el Dr. Johnson, célebre amigo de Adam Smith, sin que de la mención deba deducirse el fin o congelamiento de la historia.

La consolidación, con muchas distorsiones e inclusive arbitrariedades, del régimen democrático y del sufragio universal, el postulado de igualdad de oportunidades, la implantación del liberalismo económico flexible según circunstancias, junto con la libertad de elección, de culto, de oficios, de sistema político, de tránsito y emigración, permiten identificar las características distintivas de las instituciones y normas que el poder norteamericano apoyó y difundió, a veces caprichosamente, en el mundo. Parecería quimérico suponer que ese orden podría remplazarse sin el concurso de una alianza de reformas y proposiciones aceptadas como las que lideraron los cambios históricos. Si China se inclinara por adoptar o tolerar la americanización de algunas de sus instituciones como parece vislumbrarse, seguramente tendrá éxito, pero ello no supone sustituir automáticamente el liderazgo de los EE.UU., al menos por un tiempo según se desprende de algunas referencias.

China adoptó exitosamente una suerte de capitalismo mixto con fuerte participación gubernamental y con relativa participación de firmas privadas tipo occidente. Los resultados denuncian un drástico cambio en las reglas de juego heredadas que sin embargo no acortan distancias cuantitativas. El PBI per cápita según Kagan sólo representa el 10% del estadounidense. Se estima que en 2030 recién se aproximaría a la mitad del mismo y se aproximaría a los registros actuales de Eslovenia y Grecia. Sin desmerecer el espectacular ascenso, en el medio parece haber una suerte de espejismo. El PBI global chino resulta espectacular pero en cierta medida se desvanece cuando consideramos la gigantesca población y otras variables útiles para formular el diagnóstico correcto. Ahora bien, todo ello no descalifica ni subestima la hazaña productiva encarada en las últimas décadas y que apuntalaron vigorosamente al país.

Apelar a la filosofía para cerrar una nota de otro contenido puede resultar provechoso, máxime en temas difíciles de encarrilar. Es que su tratamiento está expuesto a diferentes sensibilidades que a veces hacen perder objetividad. En esta inteligencia acudo Jacques Maritain, quien formuló hace décadas una valiosa distinción respecto de los extraordinarios cambios que revolucionaron la vida de las naciones. Para el pensador francés triunfaron y duraron los que trajeron al mundo cambios que los pueblos con mayor o menor conciencia esperaban o demandaban. En esta inteligencia, nadie puede apostar a la perpetuación del modelo estadounidense y de su manera de vivir y de hacer, pero el american way of life salió ileso de otros desafíos como supieron ser la Rusia Soviética y la Unión Europea hasta hace poco tiempo. Ciertamente, China está en camino y la bipolaridad puede ser conveniente como esperanza equilibradora, pero antes tiene que afirmarse en el camino empedrado que conduce hacia ella.