Este año se cumplirá el 150 aniversario de la designación de Otto von Bismarck como ministro-presidente de Prusia. Sin experiencia administrativa y sólo con el antecedente burocrático de embajador ante Rusia, esta extraordinaria figura logró la hazaña de unir Alemania y de contribuir a la reorganización de Europa Central. Unificar 39 estados independientes, preservar el balance de poder existente siempre amenazado por las intenciones hegemónicas de Francia y Rusia, además de neutralizar la adquisición de Luxemburgo por parte de la nación gala, supone, según el historiador Jonathan Steinberg, el mas significativo logro diplomático y político en los dos últimos siglos.
Los logros del Canciller de Hierro, si bien no son ajenos a la tradición cultural de un pueblo que ha sabido descollar en la historia europea en múltiples aspectos, sobresalen en la realización de una gestión política magistral. La misma está en sintonía con las contribuciones germanas a la literatura y la música que se han enseñoreado en el viejo mundo primero y en el globo enseguida. El hombre no sólo ha sido un precursor tempranísimo de la seguridad social, sino también un firme sostenedor del sufragio universal como legítimo expediente electoral.
El desafío no fue sencillo. No sólo la atomización política, los recelos territoriales, su juventud y las eternas rivalidades conspiraban contra el personaje. No siendo militar de carrera adoptó, sin embargo, la indumentaria castrense, seguramente como expresión de firmeza en un mundo todavía influenciado por la imagen de aquel Bonaparte que maravilló nada menos que a Beethoven y a aquel Hegel proclamador del fin de la historia. Excelente imagen, convincente prosa y realizaciones políticas e institucionales sobresalientes, configuran la triada invencible a la hora de valorar imparcialmente una gestión en la historia. Vale la pena recordarla, entonces, como testimonio irrefutable de lección política.
La realidad alemana actual en un contexto de escalofriante desorden europeo y si se quiere mundial, amerita preguntarse y responder porque Alemania y hoy Angela Merkel desempeñan otra vez mutatis mutandi un papel singular en la escena mundial, además, con un poder de arbitraje tanto más destacable cuanto recordamos que ello ocurre después de la derrota de 1945 y de una costosa unificación de la mano de Kohl. No hay misterio. Un encomiable y decidido esfuerzo nacional que no puede explicarse como resultado de ayudas o privilegios de dudosa utilidad, es la razón de ser de una enorme empresa nacional ajena a los extravíos que tienen en vilo al resto del mundo sin significativas excepciones.
En otra atmósfera dominada por gravosos problemas, le toca a Alemania y a la Canciller en ejercicio restablecer el orden, las jerarquías y las ambiciones expresadas paulatinamente en Europa durante casi medio siglo, por cierto no sin contratiempos recurrentes. El viejo continente se animó a proclamar, a veces tímidamente pero con firmeza, su autonomía frente a los poderes centrales contemporáneos, sean los EE.UU., Rusia y ahora China y algún emergente con apetitos de encumbramiento. Este capítulo se clausuró. Ahora hay que barajar y dar de nuevo pero bajo la impronta de otras reglas que se acomoden a las nuevas y ostensibles realidades. En esta tarea parece empeñada Angela Merkel de la mano de un pueblo que parece entender y ratificar la fórmula de Bismarck: trabajo y disciplina, conocer no para copiar sino para entender y operar.
Trabajo y disciplina política, social y empresarial marcan las diferencias. La pujanza de posguerra no es ajena a transparentes objetivos compartidos. Un claro e histórico sentido estratégico aleja a Alemania de angustias energéticas y la fuerte penetración en la economía internacional maximiza y estimula la innovación y la fortaleza de sus sectores externo, fiscal y monetario-crediticio. En el campo laboral, los sindicatos han entendido los nuevos desafíos y admitido, de ser necesario, recortes horarios y de remuneraciones. El estado, por su parte, participa de subsidios limitados que buscan menguar el impacto en los bolsillos de los trabajadores.
Desde hace tiempo rige el sistema de trabajo de quince horas semanales como una manera de que las pausas no perjudiquen las habilidades, entre otras cosas. La disciplina fiscal es en serio. No se trata de gastar menos sino de gastar mejor y de recaudar según capacidades contributivas comprobadas. El crédito para producir y generar empleo y no para apalancamientos deportivos a costa de ahorristas y del Erario, explica la solvencia y la alta calificación financiera del país al igual que los aportes para que los autistas no se caigan.
Estas observaciones deberían hacernos reflexionar a los argentinos para concentrarnos y discutir objetivos realistas y alcanzables. Si Alemania con menos territorio y recursos y más población, básicamente adulta, vuelve a congregar la atención mundial, parece necesario subrayar que deberíamos pensar y definir sin nostalgias ni hostigamientos estériles que hacer en un escenario global como el presente. Más política de la verdadera que no es ajena a la internacional y enfoques prácticos menos dependientes de lealtades intelectuales cautivantes pero desalineadas parece recomendable. Bismarck hace un siglo, y Merkel ahora, no descubrieron la pólvora. Se ocuparon de influir en el destino de su país y de ganar respetabilidad mundial independizándose de quimeras de derecha o de izquierda. Fueron a las cosas como nos aconsejó Ortega en Meditación del Pueblo Joven en 1922, hace exactamente 90 años. Pasó mucho tiempo. Esperemos que seamos capaces de arroparnos con tan buenas ideas.