Las elecciones de Brasil me dejaron pensando en algo que va mucho más allá de la política: lo difícil que puede resultar confiar en algo cuando, por alguna razón, queda bajo sospecha.
No hace falta que se compruebe una irregularidad. A veces alcanza con una situación confusa, una explicación que llega tarde o una información que empieza a circular sin demasiado contexto para que aparezcan las dudas.
Brasil utiliza un sistema de votación electrónica que cuenta con mecanismos de fiscalización y auditoría. Sin embargo, durante la jornada electoral surgieron situaciones que generaron confusión, como la decisión de extender el horario de votación en determinadas circunstancias.
Esto no demuestra que haya existido una irregularidad en los resultados. De hecho, las auditorías de integridad realizadas por la Justicia Electoral no detectaron divergencias en los equipos examinados.
Pero… ¿qué sucede cuando una situación, aun siendo legítima, deja dudas sobre su funcionamiento? ¿Alcanza con demostrar que todo se hizo correctamente para recuperar la confianza de quienes empezaron a desconfiar?
Creo que no. Y este fenómeno se repite constantemente en nuestra vida cotidiana.
Imaginemos una empresa que realiza un sorteo entre sus clientes. El procedimiento es completamente legítimo, el ganador fue elegido correctamente y nadie hizo trampa. Pero la empresa no explicó las condiciones, nadie vio cómo se realizó y, para colmo, el ganador resulta ser conocido de uno de los organizadores.
Tal vez no haya existido ninguna irregularidad. Sin embargo, cuando alguien empieza a sospechar, hasta una explicación válida puede parecer una excusa.
La empresa puede mostrar documentos, explicar el procedimiento y demostrar que no hubo ninguna irregularidad. Pero la pregunta que ya quedó instalada es otra: ¿y si estuvo arreglado?
Y esa pregunta puede hacer mucho daño.
Lo mismo sucede cuando una compañía modifica sus condiciones comerciales sin comunicarlas adecuadamente, cuando dos socios descubren que entendieron cosas diferentes sobre un acuerdo o cuando una institución toma una decisión que afecta a muchas personas sin explicar suficientemente sus fundamentos.
Quizás nadie actuó de mala fe. Quizás todo se hizo conforme a las reglas. Pero cuando hay lugar para interpretaciones, la credibilidad puede empezar a deteriorarse.
Y hay algo muy injusto en todo esto: una persona puede haber hecho absolutamente todo bien y, aun así, terminar teniendo que defenderse de algo que nunca hizo.
Demostrar que algo ocurrió es relativamente sencillo cuando existen pruebas. Pero lo complicado es desmentir algo que otros imaginan que pudo haber pasado.
El problema de creer que tenemos razón
Cuanto más se instala una suposición, más difícil resulta cambiar la percepción de quienes ya formaron una opinión.
Esto tiene mucho que ver con nuestra manera de procesar la información. Tendemos a prestar más atención a aquello que confirma lo que ya creemos y a cuestionar con mayor facilidad aquello que contradice nuestras ideas.
Por eso, cuando empezamos a dudar, cualquier detalle puede parecernos una nueva señal de que teníamos razón.
Las redes sociales amplifican este fenómeno. Una acusación puede circular miles de veces antes de que alguien compruebe si es cierta. Y cuando finalmente aparece una aclaración, muchas veces ya no tiene el mismo alcance ni despierta el mismo interés.
Pero también hay que tener cuidado con el extremo opuesto. Que una sospecha pueda ser injusta no significa que debamos dejar de hacer preguntas. Las dudas legítimas, las investigaciones y la posibilidad de exigir explicaciones son fundamentales para que cualquier sistema funcione correctamente.
La diferencia está en entender que algo nos parezca sospechoso no significa necesariamente que sea falso. Una cosa es tener motivos para dudar y otra muy diferente es convertir esas dudas en certezas.
Quienes administran empresas o instituciones que afectan a otras personas deberían entender que no alcanza con actuar correctamente. También es necesario establecer procedimientos claros, comunicar las decisiones y permitir que puedan ser verificadas.
La transparencia permite despejar dudas, evitar interpretaciones equivocadas y reducir el riesgo de que la falta de información termine alimentando acusaciones infundadas.
También necesitamos aprender a no transformar nuestras sospechas en verdades simplemente porque nos resultan convincentes.
Nos estamos acostumbrando a formar opiniones definitivas sobre situaciones de las que conocemos apenas una parte y, una vez que decidimos qué creer, nos cuesta aceptar información que contradiga nuestras conclusiones.
La confianza es algo extraordinariamente valioso porque nos permite convivir, hacer negocios, construir relaciones y participar de sistemas que nunca podríamos controlar individualmente en su totalidad.
Pero también es frágil.
El daño que no se borra
Podemos pasar años construyendo una reputación y verla cuestionada en cuestión de horas por una versión que nadie se tomó el trabajo de verificar.
Y aunque después aparezcan todas las pruebas necesarias para aclarar lo sucedido, eso no garantiza que las personas vuelvan a creer. Hoy podemos cancelar a alguien en cuestión de horas, pero ¿quién se ocupa de devolverle su reputación cuando se demuestra que la acusación era falsa?
Quizás deberíamos ser tan responsables con lo que ponemos en duda como exigentes con aquello que pretendemos que nos demuestren.
Y tener presente que detrás de cada reputación hay personas, historias y años de trabajo que una sospecha puede destruir, pero que una disculpa difícilmente pueda reconstruir.