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Un equipo de científicos publicó un estudio que respalda la existencia de un llamado “séptimo sentido”: una percepción espacial inconsciente que permite detectar objetos cercanos sin usar la vista, el oído ni el contacto directo.

Según la investigación, el cerebro interpreta cambios muy sutiles en el entorno, como la presión del aire y la temperatura, para anticipar la presencia de objetos.

Cómo funciona este sentido oculto

Los autores explican que esta habilidad se basa en el sistema somatosensorial. Receptores en la piel y terminaciones nerviosas registran diminutas variaciones en presión y temperatura. Esa información llega al cerebro, donde distintas áreas la integran para construir un mapa inmediato del entorno, en un proceso relacionado con el procesamiento espacial.

El cerebro es capaz de construir un mapa inmediato del entorno.

Para comprobar la hipótesis, los científicos realizaron pruebas de privación sensorial con voluntarios: los vendaron y les colocaron protectores auditivos. Aun así, muchos lograron localizar objetos a menos de 50 centímetros, y varios afirmaron haber sentido que “algo estaba ahí”.

Las resonancias magnéticas mostraron activación en áreas vinculadas al procesamiento espacial, lo que respalda la existencia de este séptimo sentido.

Posibles aplicaciones del hallazgo

Los especialistas creen que este descubrimiento podría transformar la rehabilitación de personas con discapacidad visual. Entender cómo el sistema convierte las variaciones ambientales en señales útiles permitiría diseñar entrenamientos para mejorar la orientación y la movilidad.

El hallazgo también abre la puerta a interfaces que traduzcan la proximidad de objetos en estímulos interpretables por el nervio, lo que potenciaría el desarrollo de ayudas tecnológicas.

Los autores aclaran que no se trata de un fenómeno paranormal, sino de un mecanismo evolutivo hasta ahora poco explorado. El siguiente paso de la investigación será determinar si existen diferencias genéticas o neurológicas que expliquen por qué algunas personas muestran mayor habilidad en esta percepción.

Esa respuesta, señalan, podría aportar claves sobre la percepción humana y sobre cómo el cerebro integra señales multisensoriales en situaciones de baja información.

Los hallazgos también reavivan la búsqueda de tecnologías que se integren de forma natural con la percepción humana, como sensores capaces de traducir cambios de presión o temperatura en señales asimilables por el sistema nervioso.

Los investigadores imaginan aplicaciones de estos avances en dispositivos de asistencia para movilidad urbana y en robótica social.