

El mundo está lleno de desigualdades y la arena laboral no es la excepción. Para una mujer, la maternidad puede convertirse en una señal de menor disponibilidad, reducir sus ingresos, dificultar su contratación y limitar su crecimiento. Para un hombre, en cambio, la paternidad suele interpretarse como señal de estabilidad, responsabilidad y compromiso. El fenómeno tiene incluso un nombre en la literatura económica: motherhood penalty y fatherhood premium, penalización por maternidad y prima por paternidad.
Uno de los estudios más conocidos sobre el tema es el de Shelley J. Correll, socióloga de Stanford especializada en género y trabajo, junto con Stephen Benard e In Paik. En experimentos con candidatos igualmente calificados, y luego con solicitudes ficticias a vacantes reales, encontraron que las madres eran penalizadas en la percepción de competencia, el salario inicial recomendado y las probabilidades de recibir una llamada. Los padres no sufrían el mismo efecto; incluso podían beneficiarse de que se supiera que tenían hijos.
La evidencia no se limita a Estados Unidos. En México, una investigación de El Colegio de México encontró que el sueldo de las mujeres con hijos es 40% menor que el de los hombres con hijos. La brecha tampoco es solo salarial: la posibilidad de conseguir un empleo formal es de 70% tanto para hombres como para mujeres sin hijos, pero tras el nacimiento baja a 63% entre ellas y sube a 80% entre ellos.
No hace falta un jefe que diga abiertamente que prefiere contratar hombres con hijos. Basta con que opere la expectativa cultural de que el hombre con hijos es proveedor y la mujer con hijos es cuidadora. Sobre esa base, las empresas interpretan disponibilidad, compromiso y capacidad para asumir responsabilidades.
Que estos roles sean construcciones sociales no los vuelve naturales ni justos. La crianza no es una tarea femenina que los hombres puedan asumir o no según las circunstancias: es responsabilidad de ambos padres. Que históricamente haya recaído en las mujeres no la convierte en una obligación exclusivamente suya.
Aun así, en México la distribución real de esas tareas sigue lejos de ser equitativa. Según la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC) 2022, de quienes cuidan a niñas y niños de 0 a 5 años, 96% son mujeres y apenas 4% hombres; entre quienes cuidan a menores de 6 a 17, ellas representan 90.3% y ellos 9.7%. Ellas dedican en promedio 38.9 horas semanales a estas tareas, frente a 30.6 de ellos.
La práctica confirma que las mujeres siguen concentrando la mayor parte del cuidado. Pero también han surgido nuevas masculinidades que buscan una relación más cercana con los hijos y una participación más responsable en la crianza. Vale preguntarse: si los padres se hicieran cargo como deberían, ¿dónde quedarían frente a sus empresas?
Un hombre puede anunciar que acaba de ser padre y ganar en percepción de estabilidad. Pero, ¿qué pasa si ese mismo hombre dice que debe salir a las cinco por su hijo? ¿O que no puede viajar porque su pareja estará fuera esa semana? ¿O que quiere tomar su permiso parental, o trabajar con más flexibilidad algunos días?
Un padre que cuida deja de encajar en la idea del trabajador siempre disponible, un modelo que la tecnología digital ha vuelto cada vez más extenso —trabajar desde cualquier lugar, a cualquier hora— y sobre el cual muchas organizaciones construyeron sus reglas. Ese modelo parece neutral, pero depende de algo que rara vez se considera: que alguien más recoja a los niños, los lleve al médico o se quede con ellos cuando están enfermos. Se sostiene en que esos hombres están disponibles porque hay una red de cuidados detrás de ellos, sostenida históricamente por mujeres.
Los datos mexicanos muestran la magnitud de esa desigualdad: según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 del INEGI, las mujeres dedicaron en promedio 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario, frente a 18.2 de los hombres —una diferencia de 21.5 horas.
Una investigación publicada en 2026 ayuda a explicar qué ocurre cuando los hombres se salen de ese modelo tradicional. Carla Brega, investigadora especializada en género, trabajo y cuidados, encontró que la masculinidad hegemónica encaja con facilidad en el estereotipo del trabajador ideal: disponible, comprometido y cuya principal responsabilidad es proveer.
Cuando los padres asumen tareas de cuidado y usan esquemas de flexibilidad para hacerlo, pueden enfrentar la resistencia de compañeros y empleadores, cayendo en lo que se conoce como “el estigma de la flexibilidad”: la percepción de que usar estas medidas hace parecer a un trabajador menos comprometido.
El concepto resulta revelador en el caso de los hombres, porque la flexibilidad puede ponerlos frente a expectativas contradictorias. La empresa puede ofrecerles formalmente salir temprano, trabajar desde casa o ausentarse para cuidar a sus hijos, pero la cultura laboral puede seguir premiando al hombre que demuestra que no lo necesita.
Como señala el estudio de Brega, los hombres que usan la flexibilidad para ser padres involucrados enfrentan la contradicción de asumir responsabilidades familiares sin parecer menos comprometidos: una lucha que las mujeres han librado durante décadas.
Desde hace años, las mujeres pagan un costo profesional por asumir responsabilidades que la sociedad esperaba de ellas. Ahora que algunos hombres empiezan a asumirlas también, descubren que el mundo laboral no ha cambiado necesariamente sus expectativas, y que cuidar puede seguir leyéndose como señal de menor compromiso. Las empresas hoy valoran que los hombres sean padres, pero tendrían que permitirles ejercer ese cuidado sin pagar un costo social.
La verdadera corresponsabilidad, entonces, también tiene que llegar a las empresas. No basta con que los hombres estén dispuestos a cuidar más que antes: tienen que poder hacerlo sin que eso los convierta, ante la organización, en trabajadores menos valiosos. Una empresa que sigue premiando a quien nunca necesita salir temprano, rechazar un viaje o ausentarse para cuidar a un hijo, todavía no ha entendido que el trabajador disponible las 24 horas siempre necesitó que alguien más cuidara por él. Y que ese “compromiso” 24/7 sea, quizá, una verdadera falta de responsabilidad.

















