

El mercado internacional de deuda ha encendido los focos rojos sobre las finanzas de México. Lo que durante años representó un modelo de disciplina fiscal en América Latina, reportó la agencia de noticias Bloomberg, atraviesa un escalado deterioro crediticio, llevando a los bonos soberanos mexicanos a pagar tasas de rendimiento comparables, e incluso superiores, a las de naciones con menor calificación crediticia como Guatemala y Panamá.
De acuerdo con un reporte elaborado por la agencia Bloomberg, el núcleo de la presión financiera radica en los constantes y millonarios rescates que el gobierno federal ha inyectado a Petróleos Mexicanos (Pemex) para evitar su colapso. En total, el respaldo estatal acumula una cifra sin precedentes que supera los u$s 130,000 millones, distribuidos entre los 80,000 millones otorgados durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador y más de 50,000 millones canalizados por la administración de Claudia Sheinbaum.
Esta transferencia de capital no solo ha duplicado el déficit presupuestario del país, sino que traslada el riesgo crediticio de la petrolera directamente a la hoja de balance del soberano. Agencias como Moody’s y S&P han reaccionado situando la calificación de la deuda mexicana al borde del grado especulativo (“basura”) y colocando la perspectiva en terreno negativo.
En mayo de este año, Moody’s Ratings se pronunció bajando la calificación y México perdió un escalón en su nota crediticia soberana, pasando de Baa2 a Baa3, la calificación más baja dentro del grado de inversión.
Detrás del recorte hay tres grandes culpables: una deuda pública en escalada, un crecimiento económico raquítico y el peso muerto de Pemex, la petrolera estatal que consume miles de millones de dólares en rescates sin mostrar señales reales de recuperación.
En palabras de la propia calificadora, “otras prioridades políticas, incluyendo la soberanía energética y un modelo de gasto redistributivo, han debilitado los anclajes de la política fiscal”.
En la práctica, esto significa que cada peso que se inyecta en Pemex es un peso que no se destina a reducir el déficit ni a estabilizar la deuda. La situación de la empresa es crítica. Pemex acumula compromisos de pago con proveedores que fueron diferidos hasta 2033 por falta de liquidez, pese a los apoyos ya recibidos. Eso convierte a la petrolera no solo en una carga para el presupuesto actual, sino en una hipoteca sobre las finanzas públicas de la próxima década.
Los analistas destacan que el presunto rescate funciona solo como un paliativo temporal que enmascara deficiencias operativas profundas. Pemex se mantiene como la petrolera más endeudada del mundo, mientras que su producción cayó a niveles no vistos en décadas (menos de 1.7 millones de barriles diarios). A esto se suma su ineficiencia laboral: produce apenas 13 barriles diarios por trabajador, sustancialmente por debajo de pares regionales como Ecopetrol (36 barriles) o Petrobras (50 barriles).
Ante la perspectiva adversa de los mercados, según hemos reportado en El Cronista, la postura oficial del Ejecutivo defiende que los fundamentales del país se mantienen sólidos apoyados en niveles récord de inversión extranjera directa y una fuerte balanza comercial. Asimismo, la estrategia del gobierno apuesta por esquemas mixtos con la iniciativa privada para devolverle la autosuficiencia operativa a la petrolera hacia 2027.
Sin embargo, para los inversionistas globales, el alto costo fiscal de sostener la empresa estatal continúa pesando más que los discursos oficiales, arrastrando la economía hacia niveles ínfimos.















