En 2025, Darío Amodei - cofundador de Anthropic y ex vicepresidente de OpenAI - aseguró que la Inteligencia Artificial podría duplicar la esperanza de vida en los próximos cinco años, con el potencial de llevarla hasta los 150 años en promedio. Lo dijo en el Foro Económico Mundial y la afirmación sacudió a la opinión pública.
Independientemente de las conjeturas de los tecnólogos hay una verdad concreta: la integración de tecnologías avanzadas en el ámbito sanitario marcó un punto de inflexión en la demografía global, permitiendo que la esperanza de vida se extendiera significativamente. Si repasamos los datos que ofrece Our World In Data - publicación afiliada a la Universidad de Oxford - desde 1900 hasta 2023, la esperanza de vida global promedio pasó de 32 años a 73. Entre las razones: la medicina moderna.
El aspecto más positivo de este fenómeno no es solo la cantidad de años ganados, sino la mejora sustancial en la calidad de vida. Gracias a la precisión de las herramientas innovadoras, el sistema de salud evolucionó de un modelo reactivo a uno predictivo y personalizado, optimizando las intervenciones para maximizar las probabilidades de éxito.
Este cambio es tangible: en las últimas décadas, la tecnología permitió convertir diagnósticos que antes eran fatales en condiciones crónicas controlables. Stephen Powis, ex director médico del sistema de salud británico, lo resumió recientemente con una frase contundente: muchos tipos de cáncer ya no son una sentencia de muerte. Y comparó los avances con los que, hace 40 años, cambiaron para siempre el tratamiento del VIH.
En la actualidad, uno de los mayores desarrollos es la medicina de precisión. Antes los tratamientos eran genéricos, hoy, mediante el análisis de datos moleculares y genéticos, se aplican terapias dirigidas que actúan con “precisión quirúrgica” a nivel celular. Esto permite ajustar cada intervención a la biología única de cada persona, logrando que muchos pacientes superen de forma significativa las expectativas de vida de hace apenas una década.
Como en cada etapa de cambios, es natural sentir escepticismo ante la Inteligencia Artificial, pero en medicina representa la culminación de décadas de progreso. No obstante, la premisa es clara: lejos de reemplazar al profesional, la IA funciona como un copiloto inteligente con capacidades claves que transforman el diagnóstico.
Esta tecnología permite una evaluación de alta precisión al analizar imágenes médicas y biopsias con la capacidad de detectar patrones minúsculos, y así identificar patologías en etapas tan tempranas que las probabilidades de cura se tornan drásticamente mayores. Asimismo, su capacidad de análisis masivo le permite procesar billones de datos en segundos para encontrar patrones y evaluar riesgos antes de que aparezcan los síntomas, ayudando a reducir los errores de diagnóstico. Incluso en el desarrollo de fármacos, la IA predice estructuras biológicas en días, acortando procesos de años y permitiendo que nuevos tratamientos lleguen a las personas en una fracción del tiempo habitual.
El éxito de la herramienta siempre dependerá de la habilidad humana para supervisar el proceso, la IA es efectiva sólo en función de la información que recibe. Por eso, el gran desafío no es solo tecnológico, sino cultural y ético. Para que un diagnóstico sea fiable, los datos deben ser completos, precisos y veraces. Información fragmentada o sesgada conduce a conclusiones equivocadas, y en salud, ese margen de error no es aceptable. La integridad del dato es la base de la seguridad del paciente.
También es clave evitar que los algoritmos reproduzcan prejuicios históricos vinculados al género, el origen o el nivel socioeconómico. Si los datos del pasado están cargados de desigualdades, el riesgo es que la tecnología las amplifique en lugar de corregirlas. La digitalización debe ser un puente hacia una atención más equitativa, no una nueva barrera de acceso.
En este escenario, la regulación ocupa un rol central. La tecnología médica tiene que diseñarse para humanizar la atención sanitaria: delegar en las máquinas las tareas mecánicas de procesamiento y devolverle al médico lo más valioso de su práctica, que es el tiempo de calidad con el paciente. El verdadero progreso no está en reemplazar personas, sino en permitir que ejerzan mejor su rol.
La discusión de fondo ya no es si la tecnología va a transformar la medicina. Eso ya ocurrió. La pregunta es cómo aseguramos que ese avance esté al servicio de la vida, reduzca desigualdades y llegue a tiempo. La respuesta - como siempre - va de la mano con la supervisión ética y la experiencia de los profesionales.
