El llamado fenómeno therian comenzó a ocupar espacio en redes sociales, encuentros juveniles y debates públicos. Jóvenes que caminan en cuatro patas, usan accesorios de animales o imitan comportamientos de perros, lobos o felinos generan sorpresa —y en muchos casos preocupación— en adultos y especialistas.
Según explica la psicóloga Anabella Serventi (MN 76890), la llamada theriantropía existe desde los orígenes de la humanidad: aparece en mitologías antiguas, en rituales de pueblos originarios, en tótems espirituales y en figuras híbridas humano-animal que simbolizaban fuerza, coraje o protección.
Hoy, esa conexión simbólica con lo animal reaparece atravesada por un contexto sociocultural marcado por la exposición permanente, la búsqueda de visibilidad y la construcción de comunidad a través de plataformas digitales.
¿Qué significa ser therian?
A diferencia de los furries —que participan desde el fandom y el cosplay usando disfraces inspirados en personajes ficticios—, los therians aseguran sentir una identificación profunda con un animal real, principalmente mamíferos.
Esa conexión puede ser espiritual o psicológica, aunque Serventi aclara que es más preciso hablar de identificación y no de identidad: estas personas siguen viviendo como humanos, usan ropa convencional, se comunican con lenguaje humano y respetan, en general, los códigos sociales.
Incluso ellos mismos describen momentos específicos llamados “shift”, en los que pasan de comportarse como humanos a adoptar conductas del animal con el que se identifican.
¿Es una identidad válida?
Desde la psicología, no se trata de una identidad en términos formales. La identidad implica una condición humana, normativa y jurídica. En este caso, estamos frente a una identificación parcial y momentánea.
El hecho de que no se mantenga durante todo el día y que exista conciencia de la propia humanidad refuerza esta mirada: no hay una transformación literal, sino un modo de expresión.
¿Por qué cada vez hay más jóvenes therian?
El crecimiento del fenómeno está íntimamente ligado a las redes sociales. La rápida replicación de contenidos, la creación de grupos, encuentros presenciales y la cobertura mediática potencian su expansión.
Para Serventi, resulta poco probable que miles de personas desarrollen simultáneamente la misma autopercepción sin la influencia de la viralización.
Sin embargo, hay un factor clave: muchos adolescentes encuentran en estas comunidades un espacio sin juicios, especialmente aquellos que atraviesan aislamiento, bullying o dificultades para vincularse. Allí aparece el sentido de pertenencia, algo fundamental en esa etapa.
¿Es una moda pasajera o llegó para quedarse?
La adolescencia es una etapa marcada por la búsqueda de identidad. Esa crisis suele resolverse al ingresar en la adultez, pero hoy se ve atravesada por la inmediatez digital y la necesidad constante de mostrarse.
Por eso, la especialista evita hacer pronósticos. El crecimiento actual está muy mediado por la exposición en redes y el componente performativo del fenómeno. Solo el paso del tiempo permitirá saber si se trata de una fase transitoria o de un movimiento más estable.
¿Cuándo debe intervenir un profesional y qué pueden hacer los padres?
La aparición de este tipo de conductas no surge de un día para otro. Como ocurre con cualquier síntoma, hay procesos previos que conviene explorar.
En diálogo con El Cronista, Serventi advierte sobre dos extremos: patologizar automáticamente (“están delirando”) o romantizar sin límites. Señala que cada joven tiene motivaciones distintas para ingresar a estas comunidades.
Lo que más le preocupa no es la identificación en sí, sino el debilitamiento de los llamados “diques culturales”: normas básicas de convivencia como respetar el espacio personal, cuidar el propio cuerpo y reconocer los límites.