La promesa era seductora: derribar las paredes, juntar a todos en un mismo espacio y dejar que la magia de la colaboración hiciera el resto. Las grandes tecnológicas la adoptaron, las startups la convirtieron en identidad y las empresas tradicionales la copiaron para parecer modernas.
Hoy, una investigación de la Universidad de Linköping, en Suecia, publicada en la revista Occupational Health Science, le pone números a lo que muchos trabajadores ya sentían pero no podían demostrar: las oficinas abiertas no solo no mejoran la productividad, sino que aumentan significativamente el riesgo de acoso laboral.
El estudio que incomoda a todos
El trabajo, liderado por el profesor Michael Rosander, analizó las condiciones laborales de más de 3300 empleados y comparó distintos tipos de ambientes de trabajo: despachos individuales, oficinas pequeñas compartidas por pocas personas, el modelo open office clásico de filas de escritorios y las llamadas oficinas basadas en actividades, donde no hay puestos fijos y los trabajadores eligen dónde sentarse según la tarea del momento.
Los resultados son difíciles de ignorar: quienes trabajan en espacios abiertos tienen un riesgo claramente superior de sufrir o ejercer bullying laboral en comparación con quienes tienen un despacho propio o comparten un ambiente pequeño. La exposición constante y sin escape, concluyen los investigadores, convierte pequeñas fricciones cotidianas en conflictos sostenidos.
Por qué la falta de paredes escala los conflictos
El mecanismo que describe el estudio es relativamente sencillo, pero con consecuencias profundas. En un espacio compartido sin divisiones, cada hábito de cada colega se vuelve visible —y audible— para todos: el tono de voz en una llamada, la música que se escapa de los auriculares, la forma de respirar, de comer, de reírse. Lo que en otro contexto sería simplemente “la forma de ser” de alguien, en un open office se convierte en una fuente potencial de irritación acumulada.
En una oficina privada, esa tensión tiene válvulas de escape naturales: el trabajador puede cerrar la puerta, tomar distancia física, procesar el estrés antes de reaccionar. En la oficina abierta, ese territorio personal desaparece. Según Rosander, ante la ausencia de reglas claras sobre el espacio compartido, se genera una lucha implícita por el control del ambiente que con frecuencia termina en el aislamiento o el hostigamiento de ciertos individuos.
Lo que cambia este estudio respecto de la conversación habitual sobre bullying laboral es que no lo trata como un problema de personalidades difíciles o culturas tóxicas, sino como un fallo de diseño estructural. El entorno físico no es neutro: moldea los comportamientos sociales.
El modelo “activity-based” tampoco es la solución
Frente a las críticas al open office tradicional, muchas empresas adoptaron en los últimos años el modelo de oficina basada en actividades: sin puestos fijos, con distintas zonas para trabajo concentrado, reuniones informales o llamadas privadas. La idea es ofrecer flexibilidad sin caer en el caos.
Sin embargo, el estudio de Linköping arroja un dato que complica este relato: aunque este formato no incrementa el riesgo de acoso de la misma manera que el open office clásico, las intenciones de abandonar la empresa son igual de altas que en los espacios abiertos tradicionales.
Los investigadores observaron que la rotación constante de lugar y la falta de un puesto propio generan en los trabajadores una sensación de pérdida de identidad dentro de la organización. No tener “tu silla”, “tu rincón”, “tu vista” puede parecer un detalle menor desde afuera, pero desde adentro opera como una pérdida de pertenencia. La conclusión es incómoda para los arquitectos corporativos de moda: ni el open office ni su versión flexible están promoviendo satisfacción laboral ni retención de talento.
El costo oculto que no aparece en el balance
Hay una racionalidad económica detrás del modelo de oficina abierta que sigue siendo difícil de rebatir en las reuniones de directorio: ocupar menos metros cuadrados por empleado reduce el costo de alquiler de manera significativa, especialmente en ciudades donde los precios del metro cuadrado comercial son elevados. En Buenos Aires, por ejemplo, el valor del m² en oficinas premium de Catalinas o Puerto Madero puede superar los u$s 30 mensuales, lo que convierte cada escritorio en un gasto concreto y medible.
El problema es que los costos del malestar son más difíciles de poner en una planilla. Las bajas por estrés, el ausentismo, la rotación de personal —que en sectores como tecnología o servicios financieros puede representar entre seis meses y un año de salario por empleado perdido— y la caída en la calidad del trabajo de quienes se quedan pero están desenganchados.
El estudio sueco propone justamente esa lectura: lo que se ahorra en alquiler de metros cuadrados tiende a perderse, con intereses, en productividad caída y talento que se va.
Qué dice la psicología sobre los espacios de recuperación
La investigación de Rosander se apoya en un corpus más amplio de psicología ambiental y del trabajo. Estudios anteriores —como los de la psicóloga organizacional Kim Peters en la Universidad de Queensland o los de los investigadores Ethan Bernstein y Stephen Turban en Harvard— ya habían documentado que las oficinas abiertas, paradójicamente, tienden a reducir la interacción cara a cara genuina, mientras aumentan la comunicación por mensajería interna. Las personas aprenden a construir “burbujas invisibles” para sobrevivir en espacios sin privacidad, lo que resulta en más Slack -plataforma digital popular para la comunicación laboral- y menos conversación real.
A esto se suma lo que la psicología social describe como restorative spaces: espacios de recuperación sensorial donde el sistema nervioso puede desactivar el estado de alerta. Cuando el entorno de trabajo no ofrece ninguno de esos espacios —o los ofrece solo en teoría, porque las salitas de concentración siempre están ocupadas—, la carga cognitiva y emocional acumulada no se procesa, y eso tiene consecuencias biológicas medibles: mayor nivel de cortisol, peor calidad de sueño, mayor irritabilidad.
¿Qué pueden hacer las empresas y los empleados?
El estudio no propone volver masivamente al modelo de oficinas individuales para todos —algo económicamente inviable para la mayoría de las organizaciones—, sino que subraya la necesidad de reconocer que el diseño del espacio es una variable de gestión del talento y de salud laboral, no solo una decisión de facilities.
Algunas medidas que la literatura especializada sugiere como paliativas incluyen establecer protocolos claros de convivencia en espacios compartidos, garantizar acceso real —no solo nominal— a zonas de trabajo concentrado y permitir cierto nivel de personalización del entorno aunque no haya puestos fijos.
Para quienes trabajás en un open office y reconocés síntomas de malestar crónico —irritabilidad, dificultad para concentrarte, sensación de estar siempre “expuesto”—, los especialistas recomiendan nombrar lo que está pasando con el equipo y, si el contexto lo permite, plantear el tema a recursos humanos con el respaldo que ahora ofrece la evidencia científica.
La creatividad, recuerda este estudio, no nace del ruido constante ni de la exposición permanente. Nace de tener, al menos por momentos, un lugar propio.