

Septiembre está acá. Y aunque la superstición nunca es buena consejera, muchos en el mercado ya empiezan a ponerse nerviosos. En el variopinto repertorio de mitos y leyendas al que suelen recurrir los operadores cuando ya no queda mucho más de qué agarrarse, hay una maldición que está entre las más temidas y es el “efecto Septiembre .
Puede que dejen el “efecto Superbowl sólo para entretenerse, cervezas mediante, en una charla con amigos (después de todo, quién puede creer que el resultado de la final afecte a los mercados). Hasta es posible que se rían por lo bajo de los que adhieren al “efecto Enero , según el cual las primeras cinco ruedas del mes dictan la fortuna de la bolsa para todo el año. Pero hasta los más descreídos respiran hondo cuando arranca septiembre.
Fue en septiembre que el colapso de Lehman Brothers dejó al mundo financiero de una pieza el año pasado. Y fue, por supuesto, en septiembre que los atentados a las Torres sacudieron a los mercados del mundo en 2001. Pero también la crisis financiera de 1998, que arrancó a fines de agosto, se sintió de llenó en septiembre, que fue a su vez el peor mes de la Gran Depresión (1931), cuando el Dow Jones retrocedió 30%. Aunque los gatos negros no lo inmuten ni se moleste por esquivar escaleras, la evidencia histórica quizás lo haga pensar dos veces.
Según un estudio de la universidad de Dartmouth, desde 1926, los inversores han perdido en promedio 1% durante septiembre, el único mes con un retorno promedio negativo en la serie. Pero más allá de lo que parecen sugerir las estadísticas, nadie sabe a ciencia cierta cuál es el comportamiento detrás de este fenómeno. Hay académicos que han llegado a plantear la teoría de que la gente sencillamente se vuelve más adversa al riesgo y proclive a vender cuando los días empiezan a hacerse más cortos en el otoño del otro hemisferio.
Claro que los que se mofan de semejantes supercherías también tienen sus argumentos: vale decir, por ejemplo, que en el período de 2004 al 2007 septiembre dio ganancias. También es cierto que los que este año siguieron la máxima popular de “sell in may and go away (venda en mayo y salga corriendo), se han perdido un rally de 15% en el S&P500, el mejor verano para la bolsa desde 1987. Pero si tal como enuncia este principio, los mejores retornos se obtienen de noviembre a abril, puede ser prematuro aventurar un veredicto este año teniendo aún dos meses por delante.
De hecho, no todas las catástrofes caen en septiembre pero sí se ajustan bastante bien a una suerte de calendario supersticioso. El Gran Pánico de 1907 no fue en septiembre sino en octubre. Lo mismo que el famoso crash de 1987, cuando la bolsa se desplomó 23% en un día. Y también la gran debacle de 1929. En estos casos -dirían desde la defensa - todo queda explicado por otra leyenda escabrosa: el “efecto Halloween . Cuando la maldición de septiembre pasa de largo, todavía hay que atravesar octubre, un mes con una carga igual de fatídica en el acervo de las creencias bursátiles.
¿Teorías descabelladas? Quizás. Lo cierto es que en los últimos días varios informes empezaron a advertir que los mercados tienden a tocar sus máximos en esta época del año, por lo que no sería de extrañar una corrección de 15-20% en los meses de otoño. Después de todo, quizás lo mejor sea dar un paso al costado. Al menos hasta noviembre. Por las dudas.










