A comienzos de la Segunda Guerra Mundial, Albania estaba bajo la órbita fascista. La resistencia se dividía en varios fragmentos. El gobierno era controlado por el régimen de Mussolini, aunque buscaba evitar que los alemanes también invadieran el país. Las autoridades se justificaban diciendo que optaban por el mal menor, o sea que aceptaban el fascismo italiano, pero insinuaban que ese era un recurso transitorio para una estructura dominante, fuertemente nacionalista, cuyo lema era Iliria, Iliria sola.

Los colaboracionistas tibios y los conservadores se habían asociado y cuando ya era previsible el triunfo aliado trataron de entenderse con el Partido Comunista, al que no dejaban de reprochar el pacto de 1939 con Adolfo Hitler, que había desalentado a la resistencia.

Los musulmanes turcos ocuparon Albania en el siglo XIV, después de una lucha que duró un cuarto de siglo. En 1468 se consolidó como una lonja del Imperio Otomano. Pero los turcos fueron aliados de Alemania durante la Gran Guerra.

A principios del siglo XX, el alemán Guillermo de Wied había sido regidor de Albania. En poco tiempo, el país pasó de la influencia germana a cierta independencia que coexistía con las luchas internas.

El rey Zogu I impulsó alguna modernización dentro de una fuerte alianza con la Italia fascista, que finalmente ocupó su territorio el 7 de abril de 1939.

Como parte del Imperio mussoliniano, Albania amplió sus fronteras. Los comunistas organizaron el Ejército de Liberación Nacional en julio de 1943, con el apoyo aliado. El compromiso antinazi se deshizo y en octubre de 1944 los comunistas organizaron un gobierno bajo la jefatura de Enver Hoxha.

En esa época, y hasta 1948, la alianza entre los gobiernos comunistas de Yugoslavia y de Albania era muy sólida, pero cuando el mariscal Tito rompió con Stalin, Albania apoyó a la Unión Soviética (URSS). A la muerte de Stalin, Hoxha no aceptó el deshielo, se peleó con Nikita Jrushov, no quiso reconciliarse con Yugoslavia y se acercó a China. En 1968 reforzó su política pro-china e hizo las paces con Tito, pero el nuevo idilio duró apenas hasta 1978 cuando se inició una fuerte colaboración económica entre Washington y Pekín. Rompió entonces su alianza con China, se peleó otra vez con Yugoslavia y confrontó con los griegos, todo al mismo tiempo. A esa altura de las cosas, el gobierno albanés comenzó a insistir en que las mejoras sociales y el desarrollo económico no necesitaban de nadie.

Albania quedó enfrentada al mismo tiempo con el bloque comunista pro-soviético, con la línea China, con todos sus vecinos y, por supuesto, con Occidente. Iliria sola.

Por fin, desde 1991 y 1992 restableció relaciones con los Estados Unidos y admitió cierta confusa democratización.

Aunque se reconcilió también con China y con los países de la Unión Europea. Las relaciones con Serbia y Grecia siguieron siendo muy malas. En el plano interno, una crisis financiera provocó gravísimas convulsiones consecuentes con la quiebra de los fondos de inversión respaldados por el Estado.

Para mayor confusión, resurgieron entonces las tendencias monárquicas.

Quizás uno de los problemas más graves de Albania es que sus gobernantes no comprendieron la imposibilidad de pelearse con todos al mismo tiempo, algo que ni siquiera los imperios ensayan.

El otro error de los albaneses fue no tener nunca nada que se pareciera a una política de Estado, a un conjunto de cuestiones básicas que despertaran confianza por su continuidad a través de los ajetreos políticos. Hoxha, en la apoteosis del autismo, no atendió ni a las señales de la URSS, ni a las de China, ni a las de Occidente, ni a las de sus vecinos. Esta discontinuidad produjo un terremoto social que hoy se estudia como síndrome de Albania.

La lección

Hay que huir de la albanización como de la peste, y nadie puede pelearse al mismo tiempo con todos y permitir la fragmentación y los alborotos cruzados con la ilusión que una disidencia anule a la otra y que el poder solitario se sostenga nada más que en la inercia.

A mediados de mayo existían en Buenos Aires más de treinta colegios secundarios ocupados, en algunos casos por grupos de activistas que no dejaban de empalmar los reclamos de matafuegos con una burda reflexión sobre la culpabilidad de la década del noventa, hasta en la falta de tiza.

Jugando en simultáneas se producen todo tipo de desplantes internacionales, se desatiende a la oposición dura, a la complaciente, y al oficialismo con excepción del hermético círculo de poder. Se ignoran gestos propios de la tradición, no se ocultan las opiniones sobre cuestiones judiciables en curso y se reta al Poder Judicial en pleno, mientras los principales diarios y los canales de aire presentan una homogeneidad de fondo que tiene pocos antecedentes en el mundo contemporáneo. Ni siquiera parece atenderse con cuidado al estado de ánimo de la sociedad, confundiendo la algarabía con la opinión mayoritaria, que si bien no siempre es expresión de la verdad indica el humor colectivo y hasta las perspectivas electorales.

El auto-encierro abre camino a la sospecha de una profunda inseguridad psicológica de los responsables del poder. El ceremonial existe y los desaires a grandes y a chicos es un despropósito. Poder aislado es poder en peligro, y el autismo no es un remedio para las dificultades sino una manifestación de temor.