Potter, pero honrado

Axel Kuschevatzky. Periodista

Para quienes no siguieron el camino de Harry Potter a lo largo de siete novelas y (hasta ahora) seis películas, el fenómeno es incomprensible. ¿Por qué tanto ruido? ¿Por qué existe tanta fascinación por este personaje? ¿Dónde y cuando pasó de ser una oscura referencia cultural a una marca conocida y finalmente a un icono mundial?

Una clave es pensar en las aventuras de este chico mago como la crónica de un crecimiento, el reflejo de un nene abandonando la adolescencia y entrando en un mundo desconocido. Quizás la magia es una metáfora de las responsabilidades de los adultos, o hasta de la sexualidad.

Potter comienza en su primera novela y su primera película como un chiquito despreciado por los adultos que es llevado a una academia de magia. En la mitología creada por la escritora J. K. Rowling, los padres de Harry eran poderosos magos que fueron asesinados tratando de proteger a su bebé de un hechicero dedicado a las artes oscuras. Esta figura misteriosa, conocida como Lord Voldemort, sólo logró dejarle una marca en la frente al nene, cuyos poderes los convirtieron en el elegido. Criado finalmente por unos tíos que lo detestan, Potter es reclutado por Dumbledore, el director de la escuela de magia de Hogwarts. Pero en la academia también tiene que enfrentar prejuicios y discriminación por ser de una clase social baja, mientras trata de reafirmarse día a día.

La literatura, el teatro y el cine británico tienen una fascinación extrema por las diferencias de clases y sus choques. Es muy fácil encontrar novelas británicas explorando ese terrero, desde ‘Oliver Twist’ hasta ‘El Diario de Bridget Jones’. El cine no es menos y los films de realizadores tan diversos como Ken Loach, Terence Fisher, Tony Richardson o David Lean hacen foco en esta tensión constante. Por ejemplo, en las películas de terror que Fisher dirigió en los años 50 y 60, como ‘La Revancha de Frankenstein’ (The Revenge of Frankenstein, 1958), el científico representaba a una burguesía que utilizaba a los pobres para armar una criatura que finalmente se volvía inmanejable. ¿Quién era el monstruo? Para Fisher, claramente los miembros de la clase alta que solo veían en el proletariado carne sin sentimientos, un recurso explotable y nada más.

Potter no escapa de esta tradición y en Hogwarts es acosado por Draco Malfoy, un chico de esa misma clase más alta que ve en Harry una combinación entre rival y parásito social. Los amigos de Potter son los desclasados, los que tienen más vínculos con el mundo de los humanos y menos con la realeza del mundo de la magia. Draco y sus fieles seguidores, a la inversa, pertenecen a la nobleza del universo de lo oculto.

Entonces está claro que la saga es un producto 100% inglés. Las novelas y los films son hoy el corazón de la industria editorial y fílmica británica y en términos generales también expanden ideas nostálgicas acerca de su cultura y su lugar en el mundo. Al Reino Unido le ha costado mucho tiempo elaborar su cambio de posición global, el haber pasado de Imperio a una tierra donde la recesión está presente. Por eso también es fascinante ver cómo las películas de Harry no escapan a esa suerte de melancolía por los tiempos pasados que ya no volverán. Es claro: el mundo de Potter no hace referencias a la cultura pop, nadie escucha la música que está de moda y no hay televisores ni radios. Los personajes no tienen acceso a la información del mundo humano y no usan celulares ni navegan por Internet. Parece como si todos estuvieran aislados del paso del tiempo y como si las historias pudieran ocurrir en 1920, 1953 o 1966. Esta es una postal de una era lejana, donde Britannia regía los destinos del mundo, plagada de nostalgia. El congelar a los habitantes de Hogwarts en una época indefinida también preserva a Rowling de tener que tomar posiciones políticas o aceptar que Inglaterra no es un lugar idílico donde reinan los hechizos, si no una sociedad más compleja que no puede escapar del tic tac del reloj.

En contraste, el paso del tiempo sí se manifiesta de alguna forma en este universo: los protagonistas van desarrollándose frente a nuestros ojos. De hecho, una de las cosas más interesantes es ver a los actores crecer película tras película. No es algo común en la historia del cine y solo se me ocurre otro solo ejemplo en el mundo de la ficción. Entre 1959 y 1979 el director Francois Truffaut filmó una serie de films contando el crecimiento de un chico llamado Antoine Doinel: ‘Los 400 Golpes’ (Les Quatre Cents Coups, 1959), ‘Antoine y Colette’ (un episodio del largometraje ‘El Amor a los Veinte Años’ - L’amour À Vingt Ans, 1962), ‘Besos Robados’ (Baisers Volés, 1968), ‘Domicilio Conyugal’ (Domicile Conjugal, 1970) y ‘El Amor en Fuga’ (L’Amour En Fuite, 1979) En esas cuatro películas y un mediometraje este nene de 13 años se volvía un adulto frente a nuestra mirada.

Antoine (interpretado por Jean-Pierre Leaud) era claramente una criatura autobiográfica que compartía con Truffaut millones de detalles personales. Como el realizador, Doinel era hijo de un hogar fracturado, había sido delincuente juvenil, desertor del ejército y un obsesivo de las mujeres. Así lo vimos dejar atrás parte de su inocencia y transformarse en un adulto. Disfuncional, pero adulto. Esa es la maravilla del cine, en algún punto Potter y Doinel son iguales, protagonistas de ficciones transformadas involuntariamente en documentales.

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