En los últimos años, el uso del término “sin precedentes” se ha vuelto, paradójicamente, algo habitual. Analistas y políticos afirman con frecuencia que determinados acontecimientos económicos o políticos nunca antes habían ocurrido.
Más allá de esa tendencia a la exageración, en 2026 la Reserva Federal de Estados Unidos podría adentrarse realmente en terreno desconocido al recortar las tasas de interés pese a una economía sólida y un dólar debilitado. Esta combinación de condiciones monetarias y económicas no se ha dado en la historia económica moderna del país. Los inversores deberían preparar sus carteras para lo que podría ser un escenario muy poco familiar.
La economía estadounidense se muestra actualmente bastante fuerte. El PIB nominal en el último trimestre reportado superó el 8%, el crecimiento más sólido en 20 años si se excluye el período posterior a la pandemia. Esta cifra no contempla los ajustes por inflación incluidos en los datos oficiales de crecimiento. Según las estimaciones de la Reserva Federal de Atlanta sobre el PIB actual y las expectativas de inflación implícitas en los bonos del Tesoro protegidos contra la inflación a un año, el PIB nominal en los próximos uno o dos trimestres parece encaminarse a superar el 7%.
La Reserva Federal solo ha recortado las tasas en contadas ocasiones cuando el crecimiento nominal superaba el 8% y la mayoría de esos casos se dieron en la década de 1970. Inversores y economistas coincidirían en que la política monetaria actual no debería replicar las decisiones adoptadas en aquel período caracterizado por una elevada inflación.
Sin embargo, la Fed podría bajar las tasas a pesar de la reciente debilidad del dólar. El dólar, medido por el índice DXY, ha caído alrededor de un 10% en el último año. Aunque el Departamento del Tesoro ha reiterado su intención de mantener la histórica política de “dólar fuerte”, reducir tasas cuando la moneda ya se está depreciando implicaría la adopción de un nuevo régimen de “dólar débil”.
Algunos sostienen que el crecimiento de la productividad vinculado a la inteligencia artificial neutralizará la inflación y respaldará al dólar. No obstante, estas previsiones optimistas parecen ignorar los efectos inflacionarios de la desglobalización y de las restricciones comerciales y laborales.
Por ejemplo, algunos indicadores adelantados de inflación, como las encuestas sobre intención de precios entre pequeñas empresas de la Federación Nacional de Empresas Independientes, siguen mostrando una tendencia al alza. La IA puede estar reemplazando programadores y empleados de servicios de menor rango, pero no puede producir bienes que no se fabriquen en Estados Unidos, cuyos precios podrían aumentar si el dólar continúa debilitándose.
Los inversores estadounidenses no han tenido que preocuparse por un dólar persistentemente débil en casi dos décadas. Los inversores en acciones disponen de diversas estrategias para diversificar sus carteras y aprovechar este contexto. Las acciones internacionales son una opción evidente.
Las divisas pueden ser una fuente relevante de rendimientos, pero los inversores estadounidenses mantienen una ponderación significativamente inferior en acciones fuera de Estados Unidos, muy por debajo del aproximadamente 40% que representan en el índice MSCI All-Country World.
Además, las acciones internacionales ofrecen hoy un crecimiento de ganancias competitivo y, al comparar el MSCI ACWI ex US con el MSCI US, presentan el doble de rendimiento por dividendos (2,5% frente a 1,2%). También cotizan con valoraciones considerablemente más bajas, con múltiplos precio/beneficio de 18 veces frente a 26 veces en el caso de las acciones estadounidenses.
Las acciones de “menor duración” constituyen otra alternativa a considerar en el entorno actual. El término duración suele emplearse para describir la sensibilidad de los instrumentos de renta fija a las tasas de interés, pero también resulta relevante para las acciones. Si la inflación termina siendo más alta que el consenso actual, las tasas de interés de largo plazo podrían subir y tanto los bonos como las acciones más sensibles a esos movimientos —las de mayor duración— podrían rendir por debajo del promedio.
Una de las formas más sencillas de medir la duración en renta variable es el rendimiento por dividendos. Las acciones que no pagan dividendos tienden a ser más sensibles a cambios en las tasas que aquellas que sí los distribuyen. Muchos inversores, impulsados por el auge de la inteligencia artificial, han priorizado las acciones de crecimiento por sobre los dividendos, pero la capitalización de estos últimos ha sido históricamente una de las vías más simples para construir patrimonio. De hecho, el rendimiento total del índice S&P Dividend Aristocrats en los últimos 25 años ha sido comparable al del Nasdaq —de fuerte peso tecnológico—, pero con una volatilidad considerablemente menor.
En lo que podría convertirse en una economía verdaderamente inédita, las acciones internacionales y las que pagan dividendos parecen estar mejor posicionadas para los inversores.
