

Madrid cambia incluso para quienes la convirtieron en un mito de la pantalla grande. La ciudad que un día fue territorio creativo también puede volverse ajena cuando el turismo masivo, la presión inmobiliaria y la transformación del centro alteran la vida cotidiana. En este contexto, Pedro Almodóvar volvió a hablar de esa distancia con una frase que no pasó inadvertida.
Participando del podcast “La pija y la quinqui”, el director manchego lamentó el estado actual de la capital: “Madrid ahora es una pena, hace años que no voy a [Puerta del] Sol. Siento que, en efecto, nos la están robando poco a poco”.
Sus palabras reabrieron un debate que lleva años creciendo en la ciudad: quién puede vivir, pasear y reconocerse todavía en el centro de Madrid.

Pedro Almodóvar lamenta cómo ha cambiado Madrid
La relación entre Pedro Almodóvar y Madrid no es circunstancial. El director llegó a la capital siendo joven y la convirtió en uno de los territorios centrales de su cine. Sus películas fijaron una memoria visual de calles, bares, plazas, portales y barrios que acompañaron la transformación democrática, la Movida y la modernización cultural de España.
Esa huella sigue siendo tan reconocible que la ciudad promociona rutas vinculadas a su filmografía. La propuesta Madrid, chica Almodóvar reúne 272 localizaciones de 23 películas del director, con espacios como Plaza Mayor, Gran Vía o Atocha dentro de un mapa urbano que presenta la capital como un escenario cinematográfico vivo.
Por eso, sus críticas tienen una carga simbólica especial. Almodóvar no habla como un visitante ocasional, sino como alguien que hizo de la ciudad una materia narrativa. Cuando afirma que hace años que no va a la Puerta del Sol, habla también de una pérdida de familiaridad con el centro, de una incomodidad que ya no pertenece solo al terreno sentimental.
Por qué el centro de Madrid está en el foco del debate urbano
El malestar al que apunta el cineasta coincide con una discusión pública sobre el peso del turismo en la vida residencial. El Ayuntamiento reconoce que las viviendas de uso turístico aumentaron de manera significativa en Madrid, que ese crecimiento se produjo de forma irregular y que impacta en la convivencia vecinal, el turismo y la reducción de vivienda residencial, con especial efecto en la desertización del centro.
La capital también vive cifras históricas de actividad turística. En 2025, el gasto turístico internacional alcanzó los 17.900 millones de euros, un máximo histórico, con un crecimiento del 11% respecto de 2024 y del 71% frente a 2019, según datos municipales. Ese impulso económico convive con una pregunta cada vez más visible: cómo sostener el atractivo global de la ciudad sin expulsar la vida cotidiana de sus barrios.
En el podcast, la conversación no se limitó al turismo. Una de las intervenciones señaló que el problema también estaba en “el propio entramado urbano”, en fachadas y publicidades que hacen sentir a quienes viven allí que la ciudad se está transformando en otra cosa. Almodóvar recogió esa idea y la llevó a una frase más amplia: “Siento que en efecto nos la están robando poco a poco”.
Qué dijo el director sobre su vínculo con la ciudad
Almodóvar no rompió con Madrid. Al contrario, matizó su queja desde una forma de apego profundo. “El hecho de sentirte que perteneces a este lugar, que este lugar te guste, pase lo que pase”, afirmó después de escuchar que uno de sus interlocutores seguía enamorado de la ciudad.
Luego usó una comparación íntima para explicar esa fidelidad urbana: “Es como si en una relación las cosas no van bien, pero uno está profundamente enamorado y sigue”. La frase ayuda a leer su crítica con más precisión. No hay rechazo, sino una incomodidad nacida de la pertenencia.
El director también cargó contra ciertos símbolos instalados en el espacio público. “Los que vivimos a Madrid y estamos muy arraigados aquí, estamos profundamente enamorados de la ciudad. Por mucho que la hacen o por muchas meninas que pongan que no nos dicen nada”, dijo. Cuando la conversación derivó hacia esas figuras decorativas, Almodóvar fue tajante: “Ya es profundamente kitsch”.
Ese comentario suma otra capa al debate. No habla solo de turistas, sino de una ciudad convertida en decorado, en objeto de consumo rápido, en una postal que puede resultar extraña para quienes la caminan desde hace décadas. También dejó una broma reveladora cuando le preguntaron si habían hecho una menina almodovariana: “No, no, si hubieran pedido permiso no se hubiera permitido”.

El comentario llega, además, en un momento de alta exposición para el cineasta. En Cannes presentó Amarga Navidad, película que recibió una ovación cercana a los nueve minutos, y allí explicó que no piensa retirarse. “No me despido”, dijo, antes de aclarar que tiene escrito su siguiente guion. También reconoció: “Estoy harto de mí mismo. Y estoy buscando alguien con quien escribir, que me traiga nuevos mundos”.
La ciudad que Almodóvar filmó durante décadas sigue ahí, pero bajo capas nuevas de turismo, negocio, decoración urbana y tensión residencial. Su frase sobre Madrid funciona porque no habla solo de nostalgia: toca una pregunta incómoda sobre qué ocurre cuando una capital admirada por todos empieza a resultar menos habitable para quienes la hicieron propia.














