A lo largo de toda su vida laboral, la mayoría de los trabajadores piensan en el día de su jubilación. Sin embargo, la realidad puede ser muy distinta para ciertas personas. Así lo cuenta un jubilado que, tras trabajar por más de 35 años en la gerencia media de una compañía de seguros, descubrió que abandonar su vida laboral podría traer una crisis de identidad.
“Recuerdo que, apenas tres semanas después de jubilarme, estaba en el garaje ordenando los contenedores por colores como si fuera lo más importante del mundo”, explica el hombre al narrar su historia para el medio Global English Editing. En ese momento, un vecino pasó por allí y, sorprendido, le preguntó si estaba preparando una venta de garaje. “Le respondí que no, que solo estaba organizando. Me miró con esa expresión que dice más que mil palabras”, relata.
Esa misma mirada la vio después en su propia casa. “Un día mi mujer me encontró colocando el especiero por orden alfabético a las dos de la tarde de un martes. Me miró igual, como preguntándose qué estaba pasando”, recuerda.
La historia del jubilado que perdió su propósito tras retirarse
Durante años, su trabajo marcó buena parte de su identidad. Tenía responsabilidades, reuniones y problemas que resolver cada día. “Durante 35 años supe exactamente quién era: tenía tarjetas de presentación, reuniones que me necesitaban y decisiones que tomar”, explica. Pero todo cambió el día en que se jubiló. “De repente, todo desapareció de un día para otro”, asegura.
Al principio, reconoce que la jubilación fue agradable. “Los primeros días son fantásticos: duermes más, tomas el café con calma y lees el periódico completo en lugar de solo los titulares”, comenta.
Sin embargo, esa sensación dura poco. “Al cabo de un tiempo empiezas a preguntarte qué día es. Miras el teléfono constantemente aunque nadie te esté llamando. Incluso te inventas recados solo para tener algún sitio al que ir”, afirma.
El hombre también enfatiza que el dinero no siempre soluciona el problema. “Me jubilé con más dinero del que jamás imaginé tener cuando empecé a trabajar. Pero la seguridad financiera no te da un propósito en la vida”, reconoce.
La depresión durante la jubilación
Con el paso de los meses, la situación empezó a afectarle emocionalmente. “Hacia el sexto mes de jubilación me golpeó algo que no esperaba: la depresión”, explica.
Recuerda especialmente una mañana en la que no encontraba fuerzas para levantarse. “No era porque estuviera cansado. Era porque no encontraba ninguna razón para empezar el día”, afirma.
En ese momento, quien le ayudó a mantener cierta rutina fue su perro. “Mi golden retriever, Lottie, fue quien me sacó de esa etapa. A los perros no les importa si eres gerente o jubilado: necesitan su paseo a las seis y media de la mañana”, cuenta.
Esos paseos diarios acabaron convirtiéndose en un pequeño salvavidas. “Todos los días seguíamos la misma ruta, saludaba a los mismos vecinos y los martes el barista de la cafetería ya sabía lo que iba a pedir”, recuerda.
Según explica, fueron esos pequeños rituales los que le ayudaron a reconectar con la vida cotidiana. “Esos detalles me mantuvieron conectado con el mundo cuando sentía que estaba completamente perdido”, concluye.