

Otra vez la presión callejera, ese terreno que siente como propio, se renueva como el recurso predilecto de Hugo Moyano para intentar compensar las fallas que su tiempismo en el espacio político-electoral. Si su construcción de poder en el ámbito gremial se sustentó siempre en cierta capacidad para leer cada situación y reaccionar frente a ella en el momento exacto, su ambición en la arena de la política partidaria justamente adolece de toda sagacidad y efectismo hasta terminar desnudando errores que cada vez parecen costarle más caro.
Tanto empeño en esa idea de reventar las 9 de Julio en el acto de esta tarde busca en gran medida exorcizar la acusación de piantavotos que ya se instaló casi como un temor existencial entre Moyano y los suyos. La demostración de fuerza callejera, sin embargo, no será todo lo completa que el camionero imaginaba: la ausencia de la presidenta Cristina Fernández en el escenario de la celebración le plantea serios límites y un claro mensaje. Moyano no tendrá a su lado al único y verdadero interlocutor de sus reclamos por lugares en las listas de candidatos oficialistas y por garantías de algún freno a la ofensiva judicial que tanto lo desvela.
El mensaje de Cristina parece, además, revelar un objetivo más de fondo vinculado al lugar que el mundo K reserva al camionero. A nadie escapa, en especial a la propia cúpula de la CGT, el nulo entusiasmo y hasta ciertos recelos de la Casa Rosada con las aspiraciones de protagonismo moyanista en la interna peronista y su ofensiva en el terreno electoral. Ningún indicio presume una ruptura presidencial con Moyano, pero es evidente que en la visión oficial no parece viable la alternativa de extender esa sociedad a la pelea por los votos. Cristina prefiere ver sentado al jefe de la CGT en una mesa de diálogo con la Unión Industrial negociando algún compromiso de paz social que garantice un tránsito sin problemas hasta octubre.
Moyano recepcionó el mensaje cuando se reunió el martes con la Presidenta. Hoy será el turno de ofrecer una respuesta.
Podrá recuperar ese mítico tiempismo que desde su fortaleza en la arena gremial le permitió convertirse en una de las figuras más influyentes del país. O, embriagado por la multitud en la 9 de Julio, privilegiará su sueño de apostar por ser una especie de Lula a la argentina, aunque con ello pierda la brújula y toda capacidad de reaccionar a tiempo.










