El cerco que terminó con la jefatura de Gabinete de Manuel Adorni no se construyó en los juzgados de Comodoro Py, aunque la Justicia haya sido el detonante inicial del escándalo.
Se construyó en el Parlamento, bloque por bloque, semana a semana, hasta que la Casa Rosada quedó sin margen para seguir apostando a la resistencia. Y en ese proceso, nadie jugó un papel más determinante que Patricia Bullrich: la jefa del bloque oficialista en el Senado que primero cuestionó al funcionario en voz alta, luego le canceló el informe de gestión y, finalmente, publicó un mensaje de despedida que no sonó a homenaje.
La secuencia de la última semana fue la más explícita de todas. El jueves, el bloque de La Libertad Avanza no dio quórum en la Cámara Alta para evitar que prosperara el pedido de interpelación. Era un salvavidas, no una solución. Tanto en el Senado como en Diputados, la suerte de Adorni estaba echada: era cuestión de una semana, dos a lo sumo.
La comisión de Asuntos Constitucionales tenía convocatoria para el miércoles 1° de julio, y el resultado le sería adverso. El expresidente Mauricio Macri había adelantado que el PRO iba a votar a favor de la interpelación de Adorni, lo que le daría a la oposición los números para avanzar con la moción de censura. Adorni renunció antes de que ese escenario se consumara.
El Congreso no actuó en bloque ni de manera coordinada. Actuó por acumulación. Ni los opositores más duros del peronismo ni tampoco varios de los aliados o dialoguistas querían avalar a Adorni como jefe de Gabinete en momentos en que no lograba explicar sus gastos en dólares en efectivo.
Pero los bloques del PRO, la UCR y los partidos provinciales adoptaron una postura calculada: presionar en público para que el Ejecutivo resolviera el problema antes de que ellos tuvieran que votarlo. Fuentes de la oposición dialoguista confirmaron que si se abría el recinto habría una mayoría sólida para avanzar con el proceso que terminaría en la remoción del jefe de Gabinete. Nadie quería ser quien lo bajara, pero nadie estaba dispuesto a inmolarse para sostenerlo.
En ese escenario, Bullrich fue el personaje más singular. Jefa del bloque oficialista, fue al mismo tiempo la primera voz interna en exigir que Adorni presentara su declaración jurada, la única senadora de LLA que puso públicamente a disposición su renuncia —rechazada por Milei— y quien terminó administrando el operativo parlamentario que dejó al jefe de Gabinete sin salida institucional.
El vínculo entre Bullrich y Adorni estaba roto: la presidenta del bloque libertario en el Senado fue una de las primeras dirigentes en cuestionar las explicaciones que el jefe de Gabinete dio sobre su situación patrimonial y, desde hacía semanas, mantenía una posición distante respecto de su continuidad política.
El episodio más ilustrativo fue el del martes pasado. Bullrich anunció que Manuel Adorni no concurriría al Senado el 2 de julio para presentar su informe de gestión. Pocas horas después, el propio jefe de Gabinete salió a desautorizar esa decisión a través de sus redes sociales y aseguró que estaba dispuesto a asistir. La descoordinación fue pública, incómoda y reveladora: el jefe de Gabinete y la titular de su propio bloque en el Senado operaban con agendas distintas. Bullrich sostuvo que no tenía sentido hacerlo concurrir para que lo tuvieran ocho horas castigándolo en público. Era su lectura política, no la del oficialismo en su conjunto. .
Cuando finalmente llegó la renuncia, el tono de Bullrich fue distinto al de Karina Milei: la secretaria general acompañó la decisión con respeto y aludió al difícil momento personal de Adorni, mientras que la jefa del bloque escribió que la confianza y la ética son dos elementos fundamentales para profundizar el cambio que impulsa el Gobierno. Era otra forma de decir que Adorni había fallado en ambos. El Presidente retwitteó el mensaje.
La salida de Adorni fue el producto de una sumatoria de factores. Además de la necesidad de reconstruir la imagen pública del Gobierno de cara a las elecciones, los Milei privilegiaron resguardar la relación con Patricia Bullrich, gran ganadora en esta historia, que había advertido hace un mes y medio sobre la necesidad imperiosa de que se fuera.
La paradoja es que Bullrich lo logró sin salirse del bloque, sin romper con el Presidente y sin una sola sesión en el recinto. Operó desde adentro, con paciencia y autonomía, en un espacio político que suele castigar ambas cosas. La pregunta que deja la caída de Adorni no es solo quién ocupa su lugar en el organigrama. Es cuánto poder acumuló Bullrich en el proceso, y qué hará con él.