Aunque la discusión sobre el impacto del nuevo escenario internacional se concentró en los precios de la energía, sus efectos son más amplios y redefinen, en el corto plazo, el balance externo argentino. El shock adelantó debates que se esperaban para dentro de algunos años, cuando maduraran los grandes proyectos de energía y minería.
Los commodities energéticos fueron los más afectados por el viraje internacional. El barril de petróleo supera los 100 dólares, un 50% más que en 2025. Como exportador neto de energía, Argentina se beneficia: el superávit energético se ampliaría en aproximadamente U$S 3000 millones respecto del escenario inicial para el año.
A eso se suma la evolución favorable de los principales productos agrícolas. Si bien la suba de precios en estos segmentos es más moderada, opera sobre una base exportadora mayor y genera un aporte significativo: estimamos unos 4700 millones de dólares adicionales por la suba de precios internacionales. En la misma dirección inciden los incrementos en los precios de los minerales —oro, plata y litio— que elevan el valor de las exportaciones agrupadas como manufacturas de origen industrial.
En conjunto, nuestras estimaciones prevén un incremento del superávit comercial de U$S 9300 millones como resultado de la mejora de precios. Este resultado relaja la restricción externa en el corto plazo y reduce la dependencia de flujos de financiamiento privado que pesaba sobre la programación cambiaria hasta hace pocos meses. Los puntos de tensión estacional, concentrados entre julio y octubre, aparecen ahora más acotados y, en principio, financiables
Desde esta perspectiva, el shock de términos del intercambio constituye una mejora sustantiva en uno de los principales puntos de fragilidad de la economía argentina. Sin embargo, el alivio externo no es neutral desde el punto de vista macroeconómico. La mejora en la disponibilidad de divisas tiende a profundizar desequilibrios en otras dimensiones como resultado del diseño del actual programa económico que no ha sido modificado.
El costo del dólar como ancla
Un rasgo distintivo del esquema actual es la utilización del ancla cambiaria como instrumento de contención inflacionaria. En contextos de shocks de precios internacionales, la apreciación nominal del tipo de cambio permite moderar el traslado a precios de dichos shocks. Sin embargo, en un escenario de inflación aún elevada, esta estrategia deriva en una apreciación real más intensa, que erosiona la competitividad de los sectores transables. Se trata de un proceso que contribuye a amortiguar el shock de precios internacionales, pero que afecta la competitividad y la estructura productiva, introduciendo un sesgo contractivo sobre la actividad y el empleo en los transables.
Argentina se ubica entre los países que convalidaron una mayor apreciación nominal del tipo de cambio en la región, a pesar de ser la economía con mayores niveles de inflación. Dada la magnitud del shock de términos del intercambio, la apreciación nominal observada puede considerarse moderada. No obstante, los costos en términos de competitividad resultan elevados.
En la actualidad el tipo de cambio real se aproxima a los mínimos registrados a finales de 2023, antes de la devaluación de inicios del gobierno de Milei. Dichos niveles resultaban problemáticos incluso bajo un contexto de mayor protección y controles cambiarios. Así, en un nuevo escenario de mayor apertura y con una competencia más intensa de productos asiáticos, los efectos sobre el entramado productivo serán más significativos. El cierre de empresas y el deterioro del mercado laboral ya reflejan las dificultades que enfrentan los sectores que no basan sus ventajas en los recursos naturales.
El riesgo de la enfermedad holandesa sin política industrial
En los hechos, el shock de términos del intercambio adelanta debates que se pensaban para más adelante, cuando la maduración de los proyectos de energía y minería acrecentara la cantidad de dólares vía el aumento de las exportaciones. Hoy la mayor oferta de dólares está sucediendo vía precios, de la mano de un contexto de términos de intercambio más favorable para Argentina
El shock de términos del intercambio pone sobre la mesa, de manera inesperada, los riesgos de lo que la literatura económica llama “enfermedad holandesa”: cuando una economía recibe un flujo abundante de divisas por recursos naturales, su moneda se aprecia, los costos en dólares suben y los sectores industriales pierden competitividad. Solo se mantienen en pie en el sector transable los proyectos vinculados a los recursos naturales.
Entonces, en un contexto de superávit en el mercado de cambios, la discusión sobre el nivel adecuado del tipo de cambio se complejiza: las necesidades de acumulación de reservas -que exige la normalización financiera- ya no se complementan con los requerimientos de competitividad del aparato productivo. La devaluación como instrumento de acumulación de reservas para pagar la deuda externa y generador de competitividad precio para la producción local, puede postergarse bajo el nuevo escenario de precios.
En paralelo, bajo las condiciones económico-políticas de nuestro país, la posibilidad de utilizar el tipo de cambio como herramienta de corrección de los problemas de competitividad se ve contrarrestada por la priorización de la desinflación y los inconvenientes que genera una devaluación sobre los ingresos.
En este contexto, el diseño de una política social, productiva y comercial selectiva, capaz de promover y sostener sectores que, aun sin realizar un aporte significativo de divisas, cumplen un rol estratégico en la generación de empleo y el desarrollo de capacidades tecno-productivas se vuelve cada vez más importante. El vacío del gobierno en este punto resulta preocupante.