Estamos frente a momentos cruciales de definiciones para profundizar la resolución de desequilibrios macroeconómicos acumulados. Las decisiones que se tomen para ello insumirán recursos humanos y financieros y un importante trabajo de diseño y ejecución para alcanzar los objetivos buscados en el menor tiempo posible. Generarlos no será una tarea sencilla. En ese contexto, todo indica que se contarían con determinados recursos económicos que mitigarían parcialmente los costos iniciales de la agenda de correcciones. Provendrían del incremento de ingresos generados por la producción y comercialización de los recursos naturales agrícolas, mineros y energéticos que dispone el país.
Pero, para que estos factores realmente lleguen a contribuir al desarrollo, social y económico, sostenido se requieren decisiones para incentivar el desarrollo del capital humano e incentiven la inversión, teniendo en cuenta las circunstancias externas que nos rodean al posicionarnos como país moderno. No debería demorarse la puesta en marcha de esta parte de la agenda que apunte a los objetivos que permitan a las personas movilizar el potencial que varias veces se declama y mide, pero no se materializa.
La base viene dada por un contexto institucional apropiado y la sanción de marcos legales con normas de funcionamiento que faciliten que individuos y empresas construyan relaciones económicas y contractuales que deriven en ganancias de eficiencia, productividad, competitividad de la economía y que estos beneficios sean sostenibles en el tiempo.
Hay numerosos ejemplos de sociedades y países, incluyendo Argentina, que, a lo largo de su historia, han pasado por momentos de prosperidad seguidos de caídas al estar expuestos al devenir de la disponibilidad y precios de su dotación de recursos naturales. Los ciclos de expansión y depresión estuvieron muy asociados a factores no mayormente controlables por las personas, como puede ser el clima, mayor o menor oferta por descubrimientos o agotamiento de recursos naturales y/o sustitución por productos sintéticos, cambios en los usos y consumos y también por fluctuaciones en los precios ante cambios en el escenario internacional.
Para minimizar los efectos negativos de estos ciclos de mayor o menor duración, es importante que los objetivos de desarrollo no se centren meramente en los productos que hoy pueden generar beneficios inmediatos. En ese sentido, para el ciclo que se inicia en Argentina de importantes decisiones políticas, sería altamente conveniente que el previsible aumento de ingresos de entonces fuera acompañado con la creación o refuerzo de los marcos institucionales requeridos para potenciar las actividades económicas competitivas, incluso -pero no exclusivamente- a las que beneficien directas e indirectas a la producción y extracción de los recursos naturales. A esos efectos, se debe avanzar en el armado de instrumentos legales (leyes, tratados, normativa y entes de supervisión y regulación) que apropiadas para el objetivo. Eso estimulará inversiones y creación de puestos de trabajo de creciente calificación.
Si el andamiaje institucional no es el adecuado, la ventaja proveniente de la disponibilidad de recursos naturales corre el riesgo de transformarse en una trampa mayor de inestabilidad y pérdida de prosperidad en el mediano y largo plazo. Los ingresos y valorizaciones vinculados a esos recursos naturales podrían desatar escenarios de conflictividad entre las distintas partes involucradas en el proceso (sectores de la sociedad más o menos cercanos a los mismos, Estado, sector privado, sindicatos, etc.) por aprovechamiento de los mismos y desigualdades crecientes de oportunidades, entre otros. En ese sentido habría que reconocer los derechos de las partes, incluyendo propiedad, pero dar incentivos para su uso racional y que den lugar a diferenciaciones inadecuadas para el funcionamiento de la economía.
Llegar a ese equilibrio puede ser particularmente más complejo cuando se trata de sociedades con poblaciones numerosas, con acumulación de marcadas discrepancias de ingresos. Por el contrario, de no resolverse adecuadamente habría tensiones que deterioran el clima de inversiones.Entonces, derivaría en que ese recurso natural deje de estar disponible en algún momento o que no se use todo el potencial que puede derramar en beneficio de la sociedad. Con marcos institucionales adecuados, se generan múltiples oportunidades, dando lugar a variadas actividades. En un mundo dinámico las actividades se irían adaptando a lo largo del tiempo en respuesta a circunstancias cambiantes.
A más largo plazo, con una visión más estratégica y habiéndose liberado todo su potencial de desarrollo de los recursos naturales, podría contemplarse la creación de un fondo anticíclico. El mismo permitiría suavizar los efectos de cambios en las condiciones locales o internacionales bajo las cuales operan los sectores en cuestión. También daría la posibilidad de uso parcial de esos recursos a la inversión en términos convenientes.
En definitiva, se trata de continuar corrigiendo los desequilibrios actuales y al mismo tiempo evitar caer en lo que se llegó a denominarla trampa de los recursos naturales. La agenda para el desarrollo llama a considerar el potencial y las necesidades de Argentina con una mirada estratégica, de mediano y largo plazo. Sin dudas las urgencias deben atacarse inmediatamente, pero el 2024 podría abrir una ventana donde las consideraciones estratégicas de mediano y largo plazo también comiencen a ser parte de central de una estrategia comprehensiva. La necesidad de modernizar y flexibilizar la economía es evidente.















