Hay una escena conocida: un grupo de personas observa sombras proyectadas en una pared y las toma como la realidad. La imagen aparece en La alegoría de la caverna, y hoy interpela más que lo que explica. ¿Qué vemos cuando creemos estar viendo? ¿Qué parte de lo que circula frente a nosotros es experiencia directa y qué parte es recorte, edición o proyección?
Las redes sociales organizan buena parte de la conversación pública en un formato donde la información pareciera que simplemente “se manifiesta”. Se cuela entre un video, un meme, una discusión, un perrito que pide pan en la panadería de un pueblo. Todo convive en el mismo plano y compite por el mismo segundo de atención.
Pero hay algo (mucho) más. Las redes son, sobre todo, un espacio de activación emocional. Están diseñadas para generar reacción: un like, un comentario, un gesto, una toma de posición. Y los algoritmos acompañan ese pulso. Amplifican lo que despierta adhesión o rechazo inmediato.
Hace tiempo que para la política, la discusión dejó de ser si hay que estar o no en redes, la pregunta es otra: desde dónde. Cómo se construye una voz en un entorno que tiende a reforzar recorridos conocidos, donde cada interacción va moldeando lo que aparece después.
En ese circuito, donde la política encuentra un espacio de disputa, se instalan temas, se construyen climas, se fijan posiciones. El vínculo con la información se vuelve fragmentario. Un titular, una imagen, una reacción, scroll, scroll, scroll. Entender el ágora de esta época se parece menos a una lógica ordenada y más a ese “te amo, te odio, dame más”: más voces, más intervención, más circulación, más ruido, más superposición, más dificultad para distinguir.
En ese contexto, la construcción de una voz propia se vuelve más exigente, pero no menos posible. Hay algo en la imperfección humana que sigue siendo valioso. En la búsqueda, en la duda, en ese proceso menos eficiente donde se forma una mirada. La imaginación (como capacidad de pensar lo posible) es parte de ese recorrido para construir narrativas públicas que sostengan credibilidad, que den contexto, que expliquen decisiones.
¿Qué pasa cuando ese proceso se terceriza? ¿Qué queda de una voz cuando todo pasa por el filtro del patrón del habla del chat GPT? ¿Qué se prioriza cuando todo compite por atención? ¿Hay disposición a escuchar? ¿Qué tipo de liderazgo puede habitar este entorno sin diluirse en su lógica?
Sigo teniendo mas preguntas que respuestas, y creo que esa es una buena noticia: qué vemos, cómo lo vemos, desde dónde podemos abrir una pausa, y en esa pausa, encontrar una ventana de oportunidad: la de acompañar y potenciar liderazgos públicos capaces de moverse en este entorno sin perder profundidad, con herramientas para entender la tecnología, y al mismo tiempo, con la sensibilidad necesaria para sostener una voz propia aunque sea menos viral.
Ahí, más que una respuesta, empieza un trabajo compartido. Uno que involucra a quienes comunican, a quienes lideran, a quienes construyen tecnología y a quienes, desde una pantalla, también moldean lo que circula.