El viernes el Gobierno festejará el pago final del Boden 2012, el emblemático bono que surgió tras el corralito de 2001. A lo largo de esta década, la Argentina pasó del hiperendeudamiento a un marcado desendeudamiento. En 2001 la deuda representaba el 166% del PBI y hoy equivale al 41%. Si se toman en cuenta sólo las obligaciones con los acreedores del exterior, la reducción es más abrupta: del 95% al 14%.
La persistencia de superávits gemelos (fiscal y comercial) durante la mayor parte de los últimos 10 años impulsó la reducción en la carga de la deuda. El superávit fiscal permitió obtener los pesos para cancelar los vencimientos internos y el superávit comercial produjo los dólares para repagar las obligaciones externas.
Pero el actual del modelo económico dista del que supo generar este proceso de desendeudamiento. El superávit fiscal se fue evaporando paulatinamente de 2008 a la fecha. Y el superávit comercial hoy sería una anécdota de no ser por la férreas trabas a las importaciones que aplicó el Gobierno y que como correlato han afectado severamente la inversión y el nivel de actividad. La madre de todos los desequilibrios es la inflación.
Por eso este viernes, cuando en la Casa Rosada festejen el fin del corralito será con otro corralito vigente: el cambiario. La paradoja en la que ha caído preso el kirchnerismo pasa por restringir la compra de dólares a los ciudadanos de a pie de la Argentina, para poder pagar el viernes los u$s 2.300 millones del Boden 2012, el título que se ha utilizado más profusamente para fugar capitales (a través de la operación denominada contado con liquidación). Tres de cada cuatro tenedores de este bono están en el exterior.
Parece poco para festejar. El presente la economía K dista de su pasado. La persistencia del desdoblamiento cambiario de facto genera crecientes distorsiones a la economía. La brecha entre el dólar oficial y el paralelo alcanzó la semana pasada el 40%. Y la incertidumbre sobre el futuro gana terreno.
En este contexto, algunos analistas ya hablan del índice bautizado como Riesgo Pesificación, emulado al otrora famoso Riesgo País. Es una suerte de indicador de la probabilidad que le asigna el mercado a que el Gobierno abone en pesos deudas acordadas en dólares. Los especialistas advierten que esto es imposible hacerlo con los bonos en dólares con legislación internacional sin caer en otro default. Pero hay dudas sobre su factibilidad en el caso de los bonos en dólares con legislación local.
Un ejemplo de esta creciente incertidumbre es la diferencia entre el rendimiento (el riesgo que perciben los inversores) entre el título público Bonar 2017 (en dólares y con legislación argentina) y el Global 2017 (en dólares, pero con legislación de Nueva York). En octubre (previo a la primera tanda de controles cambiarios) la diferencia entre la tasa de ambos bonos era de 142 puntos básicos (13% vs 11,6%) hoy es de 380 puntos (15,7% vs 11,9%). Así, el riesgo pesificación aumentó 167% en 9 meses.