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Tal como cuando en una familia numerosa se empieza a lotear la herencia con el que se va todavía respirando, el peronismo bonaerense se mueve hoy bajo una máxima de pura supervivencia: quien no asegura su territorio, se queda a la intemperie. Sin rupturas dignas de teatro pero en redes ni portazos ruidosos. Los movimientos actuales del PJ se rigen por las leyes de la física subacuática donde la presión es máxima abajo, pero en la superficie apenas se notan las olas.

El Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, ya tomó una decisión que obligadamente reordena el mapa: va a ser candidato a Presidente en 2027. Lo hará, sin embargo, con una mochila incómoda: tras más de seis años de gestión provincial, su vitrina de logros concretos —indicadores sociales, seguridad, empleo— luce más bien magra, y buena parte de su construcción política descansa más en la administración de la caja que en resultados tangibles. De todos modos, sabe, por experiencia ajena y necesidad propia, que el motor más importante para traccionar en una elección nacional es el conurbano bonaerense.

Sin los intendentes alineados, cualquier proyección es pura fantasía. Los jefes de los municipios del Gran Buenos Aires no se mueven por amor a la doctrina ni por discursos encendidos contra el modelo libertario de la Casa Rosada; se alinean con realidades tangibles como la gestión, cajas institucionales y lugares reales de poder.

Por eso, en los últimos días, en la mesa de la gobernación hubo repartos quirúrgicos. El ejemplo más paradigmático y fresco de estas horas es el del desembarco del histórico exintendente de Ituzaingó, Alberto Descalzo, en el holding del Banco Provincia para tomar el control operativo de Provincia Seguros, una de las cajas más importantes del universo del Grupo. Un premio directo para uno de los principales armadores de su proyecto nacional.

Desde que dejó su lugar en el municipio, después de 28 años, a manos de su hijo (si, leíste bien), el ex jefe comunal no había logrado quedar bien parado en ninguna lista para ocupar una banca en la legislatura. Ahora su líder político se lo reconoció.

La lista de contención es larga y no es inocente. Gabriel Katopodis (jefe político de San Martín a pesar de ya no ser el cacique municipal) es el ministro de Infraestructura de la provincia y hoy se transformó en una especie de escudo y dinamizador de la obra pública bonaerense frente al apagón de fondos nacionales. Leonardo Nardini, intendente de Malvinas Argentinas opera en la misma sintonía. Fue el más votado en las elecciones bonaerenses del año pasado. Sacó el 68% de los votos y supero por casi el 46% a su rival.

El despliegue de figuras como Silvina Batakis en Hábitat y Desarrollo Urbano o Martín Marinucci, hombre de Morón, en Transporte responde a la misma lógica: blindar económicamente a los distritos o las carteras amigas para exigir, a cambio, la fidelidad de los aparatos municipales a través del incipiente armado nacional del “Movimiento Derecho al Futuro”.

Este esquema de billetera provincial se vuelve indispensable en épocas de asfixia. Ante la eliminación de las transferencias directas de Nación, el Banco Provincia (BAPRO) y ARBA se convirtieron en los respiradores artificiales de los intendentes para pagar sueldos y aguinaldos por la reorientación de partidas de asistencia financiera a municipios bonaerenses. Es un pacto de mutua necesidad: los intendentes cuidan la recaudación y la gobernación garantiza la paz social.

Axel Kicillof en Parque Leloir con el intendente Alberto Descalzo y su hijo y precandidato Pablo Descalzo

Sin embargo, este despliegue de Kicillof colisiona de frente con la jefatura vertical de siempre. La tensión con Cristina Fernández de Kirchner y el líder de La Cámpora, Máximo Kirchner, si bien es conocida, de a ratos se modera, por necesidad. La expresidenta observa con recelo este proceso de autonomización que prescinde de su centralidad, mientras que Máximo da batalla en el plano que mejor domina: su mirada sobre lo que será el armado de las legislativas intermedias.

La puja subterránea actual ya no es ideológica, es puramente instrumental. Controlar los primeros lugares de las listas provinciales en la Primera y la Tercera sección electoral que renovarán en el 2027, es una parte de los objetivos de La Cámpora para condicionar el presupuesto de quien sea el próximo gobernador si no resulta propio y garantizarse, por las dudas, el poder de veto.

La pelea por la sucesión en PBA

El segundo interrogante de esta ecuación electoral tiene que ver justamente con quién se queda con el sillón de Dardo Rocha Al no tener opción de reelección, Kicillof necesita coordinar su campaña nacional sin que la provincia se le transforme en el “lejano oeste” por la sucesión. En el entorno más cercano al gobernador, la terna se reduce hoy a tres nombres bien definidos: Katopodis, Julio Alak y Jorge Ferraresi.

Katopodis corre con la ventaja de ser el gran articulador. Su perfil técnico-político y su alta valoración entre sus pares lo posicionan como un candidato natural de consenso. Encarna un mix de experiencia en la gestión y el diálogo con los sectores más distantes del kirchnerismo duro. La semana pasada encabezó una protesta por el cierre de pymes, contra el Gobierno Nacional claro, como si el ministerio de Producción bonaerense a cargo de Augusto Costa estuviera exceptuado del deber de dar respuesta a las pequeñas y medianas empresas provinciales.

Julio Alak aporta el peso institucional e histórico. Haber recuperado hace casi 3 años la capital provincial, La Plata, para el peronismo, le otorgó una centralidad renovada. Alak no solo conoce al detalle los pliegues de la administración por su paso por el gabinete, sino que representa una opción de máxima confiabilidad doctrinaria y solvencia para el interior de la provincia, que generalmente mira con recelo el peso del Gran Buenos Aires. Ya tuvo reuniones con Miguel Ángel Pichetto, Emilio Monzó y Diego Bossio, el mismo círculo que frecuentan Ferraresi y Katopodis. Esa foto ya funciona casi como un rito de iniciación en la carrera por la Gobernación.

Esta semana aceleró fuerte el tercero de los lanzados, el intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi. Hace unos días inauguró una Unidad Básica junto a una de las Madres de Plaza de Mayo y la agrupación La Patria No Se Vende. El cartel del local fue lo más elocuente: “Axel Presidente, Ferraresi Gobernador”. También como decíamos se juntó con el bloque de Miguel Ángel Pichetto, Emilio Monzó y Nicolás Massot, con el exgobernador Felipe Solá y recibió el apoyo público del ministro Andrés, “el cuervo” Larroque, quien dijo en abril que el jefe comunal de Avellaneda “se merece” ser el próximo gobernador.

Ferraresi viene construyendo un perfil de alta confrontación interna y autonomía territorial, se presenta como el garante de un peronismo de bases capaz de resistir las presiones de las estructuras cerradas del espacio, distanciándose explícitamente de la conducción camporista. Su lanzamiento temprano agita las aguas, pero marca la cancha: la sucesión provincial requerirá de un volumen político que solo quienes tengan territorio propio o validación de gestión podrán sostener.

El riesgo para Kicillof es el factor tiempo. En distintos sectores del PJ bonaerense ya brotan advertencias subterráneas sobre los peligros de un armado excesivamente anticipado mientras la realidad golpea a la provincia. La viabilidad de su hipótesis de repartir poder en el conurbano para asegurar la presidencia y delegar la provincia en manos de gestores probados, se pondrá a prueba cuando empiece a discutirse la estrategia legislativa clave y la posibilidad técnica de un desdoblamiento electoral bonaerense para aislar la suerte del PJ de los vaivenes nacionales.

Con una reforma política demorada en el Congreso Nacional, aunque el Gobierno intentará que no suceda, la Provincia evalúa adelantar aún más las elecciones en el distrito, para que no funcionen como la última vez como una especie de primera vuelta electoral. Los intendentes buscan asegurarse con este pedido al gobernador retener sus distritos.

En el vertiginoso tablero de la provincia, los actores mueven sus fichas con la certeza de que el tiempo apremia. En la distribución de cargos actuales se juega la subsistencia de los intendentes; en la definición de la candidatura provincial se juega el destino del último gran bastión territorial del justicialismo. El problema es que, en este juego de la política, Kicillof busca cerrar el círculo con los jefes municipales para asegurarse su lealtad, pero todavía tiene que resolver la convivencia en una casa donde la lapicera histórica se resiste a jubilarse.