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Decir que todos pierden en una guerra suena bien, pero es falso. El conflicto en Oriente Medio, que cumple hoy 35 días, está repartiendo costos y beneficios de manera desigual. El discurso de Trump el miércoles por la noche —el primero en cadena nacional desde el 28 de febrero— abortó el sueño de una salida de emergencia y volvió a empujar el precio del petróleo arriba de los u$s 100.
El anuncio de dos o tres semanas más de ofensiva, con la amenaza de destruir la infraestructura energética iraní si no hay un acuerdo, puso en alerta máxima a los países que más están sufriendo la estrategia de la Guardia Revolucionaria de secuestrar el estrecho de Ormuz. Si excluimos del ranking a los estados beligerantes, hay cinco que se están llevando la peor parte.
Qatar
Los ataques iraníes dejaron fuera de servicio al 17% de su capacidad exportadora de GNL, unos 12,8 millones de toneladas anuales, con un horizonte de reparación de tres a cinco años. QatarEnergy calcula una pérdida de ingresos cercana a los US$20.000 millones anuales. El daño ya obligó a declarar fuerza mayor en contratos con clientes como Italia, Bélgica, Corea del Sur y China. Fitch puso además la nota soberana en revisión negativa.
Pero el golpe para Qatar excede lo económico. El emirato perdió reputación como refugio seguro y, sobre todo, eficacia para presentarse como el mediador por excelencia entre Occidente y los grandes representantes del terrorismo global, desde los talibanes hasta Hamas.
Emiratos Árabes Unidos
Sin ser parte de la operación de Estados Unidos e Israel, es el que más proyectiles recibió: más de 1.700 entre misiles y drones. No es casual: es el más cercano a Occidente de los países del Golfo y el único relevante en haber normalizado relaciones con Israel en 2020.
Las columnas de humo sobre el Burj Khalifa y el cierre intermitente del aeropuerto de Dubái pueden ser un golpe letal para su rol como hub financiero, comercial y petrolero mundial. Por eso es el más dispuesto a sumarse a la ofensiva: necesita que el régimen iraní quede completamente diezmado.
Egipto
Todos los países del vecindario la están pasando mal, pero las consecuencias son también muy duras para algunos que están bastante más lejos. Egipto es un caso claro por su dependencia energética. El Gobierno frenó durante dos meses los grandes proyectos estatales que consumen mucho combustible, recortó 30% el cupo de todos los vehículos del Estado, subió hasta 17% los combustibles y aumentó la tarifa del transporte público.
También implementó teletrabajo los domingos para ahorrar energía. El ministro de Finanzas advirtió, además, que los servicios de la deuda subirían otro 5% el próximo año fiscal.
India
El país más poblado del planeta es la mayor potencia afectada. Importa alrededor de 60% del GLP que consume y el shock ya derivó en faltantes y el crecimiento de un mercado negro. La Policía está realizando operativos masivos ante denuncias de cilindros revendidos a u$s 64 contra un precio habitual de unos u$s 23.
El Gobierno respondió bajando impuestos a combustibles, con un costo bruto de alrededor de u$s 752 millones por quincena, y eliminó hasta fines de junio aranceles sobre 40 productos petroquímicos. El gran temor del primer ministro Narendra Modi es que esto se traduzca en un malhumor social con consecuencias políticas imprevisibles.
Corea del Sur
Como Japón, importa cerca de 70% de su petróleo y 20% de su GNL desde Medio Oriente. Pero no tiene las mismas reservas. Por primera vez en casi 30 años, impuso precios máximos para combustibles y fijó la gasolina en unos u$s 1,17 por litro.
También obligó a las refinerías a volcar al mercado al menos 90% del volumen que habían colocado un año antes y aprobó un paquete suplementario de u$s 17.300 millones para amortiguar el impacto. También en Seúl hay preocupación por los rebotes políticos de esta crisis.
El gran ganador
Toda la estrategia geopolítica de Trump tiene un objetivo estratégico: contrarrestar a China, que está mucho más expuesta que Estados Unidos a lo que suceda en Oriente Medio porque de ahí proviene el 50% del petróleo que importa.
Pero a pesar de los sobresaltos, está sufriendo menos que otros porque tiene más reservas, más capacidad estatal y un acceso privilegiado al crudo iraní. No obstante, una energía más cara de forma sostenida va a erosionar las bases del crecimiento chino, que de por sí enfrenta grandes desafíos.
Hay una sola potencia que está ganando de verdad: Rusia. Para un país que está desde hace más de cuatro años en una guerra de desgaste contra Ucrania, en la que ganar depende de tener más recursos que su rival, el aumento en el precio del petróleo y el gas es vital.
Moscú vive de la venta de estos y otros commodities, a los que debía bajarles el precio por las sanciones internacionales. Estas subas compensan ese efecto, con el agregado de las resoluciones del Tesoro estadounidense que aliviaron algunas de esas medidas en nombre de mantener abastecido al mercado mundial.
Es una ayuda que llega en el momento justo, cuando Ucrania había conseguido frenar los avances territoriales rusos y había atacado con éxito varias refinerías y depósitos de combustible. La ventaja no pasa sólo por la mejora en la balanza de recursos. Ucrania, que necesita desesperadamente sistemas de defensa antiaérea, va a encontrar muy poca oferta en el mercado estadounidense, volcado a satisfacer las crecientes demandas del Pentágono.
¿Y Argentina?
En la mitad de la tabla del ranking. Con sesgos favorables en el mediano plazo, pero negativos en el corto. No estamos entre los grandes perdedores, porque el petróleo caro mejora el frente exportador, pero tampoco somos ganadores, porque el gas sigue siendo un punto débil, aunque menos que antes. Eso sí: esta misma guerra hace cinco años podría haber sido devastadora. Hoy golpea, pero no tanto.