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A un mes de la captura de Nicolás Maduro, la Doctrina Monroe vuelve a ponerse a prueba. Esta vez, en Irán.
En 2025 asistimos a una revolución geopolítica. El experimento con el que Donald Trump buscó demostrar que, apalancado en el poder económico y militar de Estados Unidos, podía imponer su voluntad sobre actores clave del orden mundial. La apuesta se concentró en América porque Trump está convencido de que no se le gana la disputa por la primacía a China sin recuperar el control del propio hemisferio. De ahí la recreación, sin pudor, de la vieja Doctrina Monroe.
Pero Washington no renuncia a su rol global. Por lo tanto, no abandona Medio Oriente. Los iraníes lo saben. Ocho meses atrás, Trump aprobó la Operación Martillo de Medianoche: ataques directos contra instalaciones de enriquecimiento de uranio, como cierre de la Guerra de los 12 días entre Israel y el régimen de los ayatolás.
Teherán vuelve al centro porque el problema nuclear no quedó resuelto, porque sigue siendo el mayor escollo para un Medio Oriente alineado con Estados Unidos y porque Trump se puso contra la espada y la pared: amenazó con un ataque fulminante si el régimen masacraba a su población. Eso es lo que está ocurriendo desde hace cuarenta días. Sin embargo, no se decide a atacar.
Baño de sangre
Las protestas del 28 de diciembre fueron el mayor desafío al régimen en sus 47 años. Nacieron del derrumbe del rial y de una inflación asfixiante, con alimentos subiendo hasta 70% anual, pero rápidamente mutaron en desafío político: cientos de ciudades, todas las regiones, millones cuestionando al Líder Supremo.
La respuesta fue terror. Desde el 8 de enero, las fuerzas Basij y la Guardia Revolucionaria ejecutaron una represión inédita, cubierta por un apagón total de internet. El Estado admite más de 3.000 muertos. Human Rights Activists in Iran reporta más de 6.000.
Trump hizo lo que hace cuando la realidad lo aprieta: la reinterpretó. Relativizó la masacre y afirmó —sin evidencias— que los ayatolás frenaron ejecuciones por temor a un ataque estadounidense. En paralelo, ordenó un despliegue naval contundente en la zona, con más de diez buques y el portaaviones USS Abraham Lincoln. La fuerza, por ahora, no es para usarla: es para empujar a Jamenei a la mesa.
Mascate: diálogo al borde del abismo
Si no hay nuevos imprevistos, la cumbre se realiza este viernes en Mascate, Omán. Primer diálogo directo en más de ocho meses. Del lado americano estará Steve Witkoff. Del lado iraní, el canciller Abbas Araghchi.
Trump quería otro formato: en Estambul, con los líderes de Turquía y Qatar en la foto. Una escena tipo Sharm el-Sheikh. Irán se plantó: Omán, sin terceros, y agenda acotada, como en las conversaciones nucleares previas a la Guerra de los 12 días.
Y aun así casi se cae. El martes, un dron iraní se acercó al USS Abraham Lincoln y fue derribado por un F-35. Horas después, lanchas de la Guardia Revolucionaria y un dron Mohajer hostigaron al buque mercante estadounidense Stena Imperative en el estrecho de Ormuz. La amenaza se diluyó cuando el destructor USS McFaul salió a escoltarlo.
Después, Trump advirtió a Jamenei: “Debería estar muy preocupado”, dijo a NBC. Teherán respondió como responde siempre: señalando que también puede escalar. La TV estatal informó el despliegue del Khorramshahr-4, misil balístico de largo alcance.
Witkoff llega con condiciones más duras: cese total del enriquecimiento, restricciones a misiles, freno al apoyo a proxies (Hamás, Hezbollah, hutíes y milicias chiítas en Irak) y un capítulo de derechos humanos.
Irán llega debilitado: economía destrozada, sanciones, costo de vida insoportable. Aliados regionales caídos o reducidos a sombras. Legitimidad interna golpeada por la matanza. Pero no está derrotado: aplastó las protestas, la estructura represiva sigue intacta y asume que, si Trump golpea, lo hará de manera acotada, no con una decapitación tipo Maduro.
Por qué Irán no es Venezuela
Pensar que Estados Unidos puede hacer en Teherán lo mismo que en Caracas —sacar al líder, dejar a la cúpula y gobernar a distancia— es disparatado.
Primero, porque Irán vale más para Rusia y China. Para Moscú es un aliado militar clave; para Pekín, un proveedor energético que gana peso mientras el petróleo venezolano queda bajo órbita estadounidense.
Segundo, porque Medio Oriente no es área natural de influencia de nadie. Una intervención grande de Washington chocaría no solo con Rusia y China, sino con los intereses de aliados como Arabia Saudita, Qatar o Emiratos. Prefieren un Irán débil pero estable a un agujero negro estilo Irak o Siria.
Tercero, porque el diseño del régimen hace probable que, si cae la cúpula, no haya transición sino fragmentación, milicias y guerra civil. Eso obligaría a Estados Unidos a quedarse. Y Trump no quiere eso.
Hay una razón adicional, central en su mapa mental: Ormuz. Por ese estrecho pasa alrededor de una quinta parte del petróleo que se comercia en el mundo y una porción importante del gas natural licuado. Un choque serio con Irán pone en riesgo esas rutas.
En Venezuela, sacar a Maduro abre la puerta a más oferta de crudo. En Irán, tocar Ormuz abre la puerta a una suba del petróleo. No es 1973, pero puede bastar para encarecer la nafta en Estados Unidos y arruinar el sueño de energía barata con el que Trump quiere llegar fuerte a las midterms de noviembre.
Ahí está el dilema. Trump no puede dinamitar su programa económico para ser coherente con una amenaza. Pero tampoco puede permitir que Irán se salga con la suya sin pagar costo, porque eso erosiona su credibilidad ante los únicos interlocutores que le importan: Xi Jinping y Vladimir Putin.