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Los servicios basados en el conocimiento están en un momento clave a nivel global. Durante los últimos meses, hablando con empresas del sector, hay una sensación que se repite. No es euforia, pero tampoco es incertidumbre. Es otra cosa: la percepción de que estamos frente a una oportunidad concreta, medible, casi tangible. Una de esas ventanas que aparecen de forma concreta para un ecosistema como el de la economía del conocimiento.

Desde Argencon, lo vemos tanto en los datos como en las decisiones empresariales: compañías que siguen apostando a exportar, que sostienen sus operaciones globales desde Argentina y que, incluso en un contexto más exigente, proyectan crecer.

En un mercado donde la competencia es cada vez más inmediata, que, según la encuesta de Argencon, 9 de cada 10 empresas prevean sostener o aumentar sus exportaciones refleja un potencial estructural concreto. Los números refuerzan esa tendencia: en 2025, el sector alcanzó exportaciones por US$ 9.685 millones y se consolidó como el tercer complejo exportador del país. En un contexto global marcado por la incertidumbre geopolítica y la aceleración tecnológica, la economía del conocimiento no solo muestra resiliencia, sino también capacidad real de expansión.

Ahora bien, entender el momento requiere ir más allá del dato. El verdadero termómetro está en la dinámica competitiva global. Hoy, los clientes internacionales comparan en tiempo real talento, costos y productividad entre países. Y en ese tablero, la competitividad de costos aparece como el principal driver, señalado por el 72% de las empresas como factor clave de crecimiento.

Ahí es donde aparece la tensión central: tenemos el talento, tenemos la capacidad exportadora, pero necesitamos sostener condiciones que nos permitan competir. El costo salarial en dólares, la evolución de la inflación y el tipo de cambio, y la estabilidad normativa siguen siendo variables críticas. No son obstáculos nuevos, pero sí determinantes en un mercado donde la decisión de contratación puede cambiar de país en cuestión de semanas.

A esta ecuación se suma un segundo vector que redefine todo; la inteligencia artificial. No como amenaza, sino como acelerador. La IA está modificando la productividad de los servicios basados en el conocimiento, ampliando mercados, pero también elevando la vara. Las empresas ya no compiten solo en calidad, sino en su capacidad de integrar tecnología para escalar eficiencia. Esto explica, en parte, por qué el mercado global sigue creciendo y por qué la demanda de talento argentino continúa vigente.

En este contexto, la inteligencia artificial introduce una transformación en los perfiles laborales. La complejidad de los servicios que caracterizan a la economía del conocimiento argentina se consolida como un activo diferencial.

Más que una destrucción de empleo de calidad, lo que se observa es una moderación en su ritmo de crecimiento respecto de la última década.

El re-skilling será clave, para capitalizar nuevas oportunidades y promover el crecimiento de la base de empleo de este sector. El desafío pasa por la formación y actualización de habilidades, clave para capitalizar nuevas oportunidades y sostener la expansión del sector.

En este punto, comienzan a aparecer algunas alertas amarillas estructurales, especialmente en materia de formación de talento, que requieren atención para no limitar el potencial de crecimiento.

Según la encuesta de Argencon, el 80% de las empresas prevé cambios moderados en sus dotaciones, con predominio de estructuras estables. Esto habla de un sector que crece, pero que también se vuelve más selectivo y sofisticado.

Entonces, ¿dónde está la oportunidad?

Está en entender que la economía del conocimiento no es un sector más, sino una plataforma de desarrollo. Es uno de los pocos complejos exportadores que no depende de recursos naturales, que genera empleo calificado y que puede escalar sin las restricciones tradicionales de la economía física. Es, además, profundamente federal porque el talento está distribuido en todo el país.

Pero para que esta oportunidad se materialice, necesitamos consistencia. La buena noticia es que hay señales positivas y el 82,5% de las empresas reconoce mejoras en la previsibilidad del entorno de negocios respecto al año anterior. La mala es que eso no alcanza si no se sostiene en el tiempo.

El desafío es construir una agenda que combine estabilidad macroeconómica, incentivos a la exportación, formación de talento y reglas de juego previsibles. No se trata de elegir ganadores, sino de potenciar un sector que ya demostró su capacidad.

Argentina tiene historia en encontrar oportunidades y también en desaprovecharlas. La economía del conocimiento nos pone frente a una de esas encrucijadas. La diferencia es que esta vez el mundo demanda exactamente lo que podemos ofrecer.

La pregunta ya no es si podemos ser protagonistas. La pregunta es si vamos a generar las condiciones para serlo.