

Donald Trump no capturó a Maduro solo para llevarlo a un tribunal. Capturó un símbolo. El símbolo de una región que durante años se creyó autónoma, multipolar, capaz de jugar a varias puntas. Y al hacerlo, dejó una señal mucho más inquietante: el mundo ya no discute liderazgo; lo reparte.
La pregunta ya no es si Estados Unidos violó o no la soberanía venezolana. Esa discusión, legítima, quedó vieja en tiempo real. Hacia adelante, el punto es otro ¿estamos frente a un acuerdo tácito entre las grandes potencias para dividirse el planeta por zonas de influencia? Si la respuesta es “sí”, aunque nadie lo firme ni lo anuncie, ¿dónde queda Argentina en ese nuevo mapa?
La hipótesis no es descabellada. Estados Unidos reafirma su control sobre América. China consolida Asia. Rusia mantiene su peso en Europa oriental y zonas clave del continente. No hay declaraciones conjuntas, no hay comunicados oficiales, pero hay algo más contundente: no hay choques directos entre ellos. Hay condenas discursivas. Hay declaraciones altisonantes. Pero no hay ruptura real. Cada uno parece moverse dentro de su perímetro.
Venezuela fue, en ese sentido, una demostración. Trump actuó con una contundencia que no se veía desde hace décadas en la región. Y lo hizo sin pedir permiso, sin negociar mediaciones, sin aceptar intermediarios. Lo preparó al detalle durante meses. Lo vimos todos durante estos días. Brasil lo había intentado. Lula quiso jugar el rol de estadista global, de puente entre mundos, de garante del diálogo. No funcionó. No lo llamaron. No lo escucharon. No fue parte. No lo logró.
Ahí aparece un dato político clave en el arranque del año: Brasil perdió centralidad regional. Y Argentina, contra todo pronóstico, la ganó.
Javier Milei no se movió con ambigüedades. No habló de soberanía vulnerada. No pidió diálogo. No condenó. Se alineó. Y ese alineamiento, que muchos leen solo como ideológico, tiene una lectura más profunda: en un mundo de esferas de influencia, la neutralidad no existe. O estás adentro, o quedás afuera.
Mientras Brasil quedó atrapado en una retórica que ya no ordena el poder real, Argentina decidió jugar sin matices. Y eso tiene consecuencias. La primera: Washington empezó hace un tiempo a mirar a Buenos Aires con otros ojos. No como un socio incómodo, no como un actor imprevisible, sino como un aliado confiable en el sur del continente.
América Latina podría verse como el patio trasero de Washington, pero con matices. Ya no se trata solo de imponer decisiones, sino de construir alianzas con gobiernos que se muestran afines. Argentina aparece como un socio ideal: un país con peso simbólico, con un presidente que no oculta su admiración por Estados Unidos y con una voluntad política de diferenciarse de Brasil.

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¿Eso convierte a nuestro país en líder regional? No necesariamente. Pero sí en una pieza muy importante dentro del esquema estadounidense para la zona. Energía, recursos estratégicos, alineamiento diplomático, narrativa política. Todo suma.
El dato no menor es que esta ganancia relativa de Argentina no se da por acumulación de poder económico, que claramente no existe, sino por mayor claridad política, al menos en el posicionamiento internacional. En un mundo que se ordena por bloques, la indefinición se paga cara. Brasil quiso ser mediador en un conflicto que ya no admitía mediadores. Argentina eligió bando. Y en este contexto, eso pesa.
De todos modos, esto puede tener costo, claro. Ser parte del área de influencia de una potencia no es gratis. Implica límites, condicionamientos y renuncias. Con el tiempo, sabremos si Argentina podrá transformar este lugar ganado en una estrategia de desarrollo propio o si quedará reducida a ser un socio obediente.
Si el mundo se reordena como ocurrió en la Guerra Fría, aunque sin ideología explícita y con más pragmatismo brutal, el margen para los países medianos se achica. Mucho. Y ahí está el verdadero desafío del gobierno de Milei: poder sacarle ventaja al alineamiento, y no quedar limitado a la dependencia.
La agenda internacional del Presidente marca en el arranque del año una coherencia con esto. El 18 de enero, Milei volverá a Davos por tercer año consecutivo. No es un dato menor. Davos ya no es solo un foro económico mundial; es un termómetro político del capitalismo global. Volver una y otra vez implica insistir con un mensaje: Argentina quiere ser parte del núcleo duro de los países que defienden reformas de mercado, reglas claras y alineamiento con Occidente.
En este contexto global, Davos funciona como una vidriera y como un filtro. Milei no va a buscar consenso; va a reafirmar identidad. Y lo hará justo después de que Estados Unidos dejó en claro que en América manda él. El mensaje es lineal: Argentina se muestra como socio ideológico y económico en el nuevo orden.
La secuencia se completará en marzo, con el viaje previsto a Estados Unidos. Washington y Nueva York no son solo destinos protocolares. Ambos puntos son el corazón político y financiero del sistema que hoy vuelve a ordenar el mundo. Allí, Milei buscará reforzar la relación bilateral, hablar con empresarios, ofrecer oportunidades de inversión y consolidar un vínculo que está lejos de ser retórico.
La detención de Maduro marca algo más profundo que el fin de un régimen. Marca el regreso explícito de la lógica del poder duro. Y en ese regreso, América Latina vuelve a ser escenario, no árbitro. La diferencia es que, por primera vez en mucho tiempo, Argentina jugó públicamente primero.
Si bien en los hechos concretos eso aún no significa nada, es sabido, que en política internacional, estar en la mesa, aunque sea en un lugar chiquito y medio de costado, siempre es mejor que mirarla de afuera.















