Miércoles  02 de Octubre de 2019

La ciencia ficción llegó a la política

La ciencia ficción llegó a la política

ENRIQUE PARBORELL

Socio de Estratega. Especialista en Estrategia y Transformación Digital

El 4 de julio de 2019, los medios argentinos nos enseñaron que era el “deep fake”, una tecnología que usa algoritmos para generar imágenes humanas realistas y nos hace creer que esas imágenes son reales, en perjuicio del involucrado, en este caso, Patricia Bullrich. Antes fueron la líder demócrata americana Nancy Pelosi, que parecía ebria en un discurso, el ex presidente Barack Obama o el mismo dueño de Facebook, Mark Zuckerberg.

En realidad, esta tecnología de manipulación de imágenes existe hace más de 20 años, pero plataformas como FaceSwap o Fakeapp, entre otras, han acelerado su evolución. A esto hay que sumar, el avance de la Inteligencia Artificial y del procesamiento en la nube para poder cambiar el discurso de alguien en tiempo real sin que nos demos cuenta.

¿Cómo podemos saber si quien nos habla, está diciendo lo que realmente estamos escuchando?

Hace un par de meses, el Instituto de Ciencias de la Información de la Universidad del Sur de California (ISI) desarrolló una herramienta que detecta con 96% de precisión si un video es falso o no, según micro movimientos o gestos.

En la foto expuesta, se ven los rostros reales en la 1er columna, a comediantes personificando a las figuras políticas en la 2da columna, y finalmente, los rostros reales “pegados” a los rostros de los comediantes en la 3ra.

El cambio de caras no es lo más grave, sino su discurso. Tecnológicamente es posible elegir un discurso con un contenido tendencioso y falso, y hacerlo coincidir con los movimientos del rostro, convirtiendo a alguien creíble en un portador de interés manipulador de otros, con la posibilidad de destruir la reputación del involucrado en la imagen o video.

Obviamente, estas herramientas para detectar la falsedad de lo que vemos y escuchamos no están a nuestro alcance, ni de nuestro entendimiento. Entonces, creo, son los dueños de las redes sociales, por ejemplo, Facebook (propietario de Instagram y Whatsapp), Google (YouTube) o Microsoft (dueño de Linkedin), quienes deberían incluir estas herramientas para asegurar que sus plataformas estén aceptando contenido audiovisual veraz y no manipulado.

¿Desconfiamos de lo que leemos o creemos lo que vemos?

La tendencia es que el contenido audiovisual sea preferido al textual, no sólo en Argentina, sino a nivel global. Algunas fuentes afirman que Internet podrá en 2 años contener 80% de su contenido en formato audiovisual, en desmedro de lo textual. Ergo, nos informamos vía videos hoy (diminutos por cierto) e intensificaremos este hábito a futuro. Medios locales han intensificado su contenido audiovisual exponencialmente año tras año.

En las redes sociales, este tipo de contenido es el que más se comparte con conocidos. De hecho, en mi caso, participo en campañas digitales a través de Linkedin o Google o YouTube, donde las mejores prácticas recomiendan el uso de contenido audiovisual para asegurar más visualizaciones y clics por parte la audiencia.

¿Dudamos de lo que leemos? Usualmente podemos preguntarnos quién escribió lo que escribió, si no coincide con nuestros prejuicios. Al contrario, si lo que leemos coincide con nuestros prejuicios, no validamos la fuente.

Pero… ¿dudamos de lo que vemos? Según varios estudios, no. Vemos para creer, usualmente (a diferencia de las personas de fe, que creen para ver…)  Bajo este paradigma, lo que nos llega desde lo visual es nuestra realidad irrebatible que nos lleva a tomar decisiones pequeñas como ver una película u otra, a votar a Trump o a decidir si debe pertenecerse a Europa o independizarse.

¿Puede dirigirse un contenido sólo la realidad de una persona?

Escribimos en Twitter, comentamos al pie en noticias de periodistas con nuestras opiniones, expresando nuestros intereses más profundos a través de nuestra identidad digital. En otras palabras, compartimos nuestras fibras que nos constituyen como ser juicioso.

Cada vez que entramos a un sitio en Internet y nos pregunta…”1) ¿Crea un usuario nuevo? o 2) ¿Usa su cuenta de Google/Facebook?”, respondemos esta última opción, cediendo, sin costo alguno, nuestros datos sociales asociados a la cuenta de Google/Facebook, y adosada a ésta, todas nuestras fibras que nos distinguen como únicos.

Es la sumatoria de estas fibras lo que constituye la realidad que vemos, o sea, nuestra realidad. Estas fibras son el insumo gratuito que las dueñas de las redes sociales o gigantes digitales procesan, analizan y estructuran para cada auspiciante (privado o gubernamental), dispuesto a promover sus productos a través de campañas segmentadas sólo para nosotros. De hecho, muchas veces no sabemos si lo que leemos está auspiciado o no, por su mimetismo con el resto de las noticias. Entonces tampoco distinguimos entre noticias con fines comerciales de los informativos.

El problema viene cuando el auspiciante no tiene lo que llamo una Ética Digital. Nos piden permiso para usar nuestros datos (mediante cookies, por ejemplo), pero no nos dicen cuál es el propósito, o cuando cambia este propósito, o cuando existen terceros que procesan estos datos (llámese Cambridge Analytica con los datos de Facebook). El que vio el documental “Nada es Privado” en Netflix entenderá lo que sentimos al verlo.

¿Qué pasa cuando el auspiciante tiene el poder para generar contenido como memes, videos o entrevistas que incluyen opiniones alineadas a las fibras del lector?

Si soy vegano, y me llegan publicidades de restaurantes veganos, agradecido estaré. Pero…

¿Qué pasa si perdí el trabajo hace poco y me llega contenido falso o verdadero sobre los inmigrantes y como compiten por las fuentes de trabajo locales? ¿O si tengo hambre diariamente y se publica como supermercados tiran alimentos perecederos sin vincularse con un Banco de Alimentos?

Imaginen como podrían alimentarse mis sentimientos contra inmigrantes y supermercados, en base a contenido completamente falso.

Vivimos en un mundo con 6000 millones de realidades. El tema es que ahora pueden crearse tecnológicamente 6000 millones de realidades virtuales para que sean consumidas, y lamentablemente, manipular intereses y decisiones a corto plazo.

La inmediatez de nuestras vidas y la necesidad profunda de pertenecer a grupos opiniones afines a las nuestras, nos llevan a compartir rápidamente (leáse viralizar) rumores o acusaciones infundadas que se transforman en realidad colectiva.

El poder de procesamiento actual en la nube y los avances en inteligencia artificial, permiten diseñar estas realidades en tiempo real. Estas realidades pueden ser interactivas (incluido en el libro Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, ¡¡¡escrito en 1953!!), y pueden aprender de esta interacción, acercándose paulatinamente al 100% de nuestras fibras, quizá nunca expresadas (verbalmente, pero sí digitalmente a través de las redes).

¿La falsedad tiene expiración? Ética Digital, “that is the problem”

El tema es que el contenido nos llega, se fusiona a nuestras fibras desde lo emocional profundamente, y luego llega la “fe de erratas” digital, racional, pero la fusión está terminada, ya hemos juzgado y declarado culpable o inocente, sin importar si fue cierto o no el contenido, para terminar diciendo “algo de cierto debe tener esto…”. El daño está hecho…

Compramos contenido falso para nuestra tranquilidad cerebral, ratificamos nuestros prejuicios, y probablemente, alguien ha sido el blanco de los mismos.

O sea, a prejuicios creados, la “fe de erratas” puede llegar, pero luego de haber tomado decisiones con estos prejuicios. Demasiado tarde. Este es el peligro de la falta de Ética Digital de creadores de contenidos dirigidos a millones de consumidores digitales, pero uno a uno, según la realidad que cada uno donó en cada opinión en la web.

Para el lector con canas, se podrá decir que esto siempre existió en los medios impresos. Pero en los medios clásicos, existen áreas de edición para cuidar la veracidad de lo escrito o publicado, más allá de los prejuicios de los periodistas. Pero en medios completamente digitales, si no incluyen algoritmos de detección automática de contenido falaz o manipulado, serán co-responsables del consumo por parte de la audiencia, y yendo más allá, de las decisiones que las audiencias tomen.

También, somos nosotros los primeros responsables en no chequear lo que recibimos, con una simple búsqueda de Google, revisando datos de historia reciente, entrando a los sitios originales a la cual la noticia hace referencia. La inmediatez de nuestras vidas y la necesidad profunda de pertenecer a grupos opiniones afines a las nuestras, nos llevan a compartir rápidamente (leáse viralizar) rumores o acusaciones infundadas que se transforman en realidad colectiva, y esta sí, no es tu realidad, o la mía, si no las nos envuelve a todos. Argentina es experta en este tipo de comportamientos.

La responsabilidad ante el consumo y difusión de la información empieza en nosotros mismos, luego los dueños de las redes sociales, y finalmente, los auspiciantes o creadores de contenido.

Primero lo primero… nosotros… como siempre fue y será…

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