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Todos estamos hablando del impacto de la IA en el mundo del empleo. Hay buenas razones para eso: para finales de 2026, el 37% de los líderes empresariales planea sustituir a los trabajadores por IA, y el 20% de las grandes organizaciones utilizará la IA para eliminar más de la mitad de los puestos directivos intermedios, según Gartner. Un poco más adelante, para 2028, Goldman Sachs estima que habrá 300 millones de puestos de trabajo afectados en todo el mundo, con una pérdida neta de 1 millón de puestos de trabajo en Estados Unidos en un solo año.

Ya para 2030, se prevé que entre 85 y 92 millones de puestos de trabajo desaparezcan en todo el mundo, aunque se espera que surjan entre 97 y 170 millones de nuevos puestos que requieran conocimientos avanzados de IA de acuerdo con lo estimado por el Foro Económico Mundial y McKinsey. Pero este no es el principal problema.

El problema de fondo de la IA: no estamos listos para un mundo automatizado

Si bien es cierto que la IA ya está impactando el empleo —reflejado en los datos recién mencionados—, hay una cuestión mucho más profunda y sistémica de trasfondo: ¿Qué tipo de sistema económico intenta eliminar el trabajo humano sin reemplazar el ingreso, esperando que el mundo siga funcionando igual?

Cualquier sistema económico moderno funciona bajo un mecanismo circular donde el trabajo genera salarios, los salarios se convierten en ingresos, los ingresos impulsan el consumo, y el consumo genera ingresos para las empresas, que a su vez pagan por más trabajo. Si se rompe un solo eslabón, el sistema entero deja de funcionar. Este ciclo, parece, pero no es una ley de la naturaleza si no un sistema construido que ahora está siendo reorganizado y desafiado por la innovación tecnológica.

Cada vez más tareas están siendo automatizadas por inteligencia artificial.Fuente: ShutterstockShutterstock

Los mercados son excelentes asignando recursos escasos mediante precios, pero pésimos asegurando que la gente pueda vivir. La razón por la que el sistema sobrevivió en el siglo 20 fue porque “parcheamos” los mercados en contenedores de gobierno: salarios mínimos, leyes contra el trabajo infantil y sindicatos. El capital busca eliminar el trabajo porque el ser humano es “biológicamente inconveniente” y costoso frente a la tecnología, máxime hoy en día con el desarrollo de la IA. Pero al eliminar el trabajo, elimina el ingreso, y sin ingreso no hay consumo. Si nadie tiene dinero, ¿quién compra lo que producen los nuevos obreros, de metal y código?

Hoy existen varias soluciones en danza. La primera es mantener la conversación centrada en el ingreso y no en el trabajo. Los líderes querrán hablar de “reentrenamiento” o “nuevas habilidades”, pero eso es irrelevante si no hay una forma de obtener dinero para comida y techo. El trabajo es solo un mecanismo de entrega de ingresos; debemos preguntar directamente: ¿Cómo conseguirá dinero la población mientras esto ocurre? A esto se suma otro factor peligroso: las transiciones disruptivas suelen empujar a la gente hacia el autoritarismo y las soluciones drásticas; algo que ya estamos viendo -aunque por otros motivos- en la política global. Hay quienes sostienen que es momento de ralentizar el progreso y preparar el campo para la revolución que se viene.

El problema real del que casi nadie habla no es la pérdida de tareas, sino la ruptura del flujo económico que permite la vida en sociedad.