

Donald Trump empezó a construir su legado. Al inaugurar el Consejo de la Paz en Washington D.C. puso la piedra fundamental de ese edificio. La apuesta es doble, política y personal. Crear una institución que sobreviva a su gobierno y que sea la traducción organizacional del orden mundial que está redefiniendo. Y garantizarse un lugar a sí mismo en ese orden cuando ya no sea presidente. Por eso se declaró secretario vitalicio del organismo.
El Consejo de la Paz tiene la impronta grandilocuente y selectiva de Trump. De los 50 países que invitó, 25 aceptaron sumarse como miembros fundadores, otros 10 mostraron interés y los 15 restantes declinaron participar. Estos desaires no preocupan demasiado a alguien que será recordado como el que pinchó definitivamente la ilusión del multilateralismo.










