El enfrentamiento entre el oficialismo y la oposición por una eventual reforma de la Constitución Nacional ya está en marcha y no se detendrá.

El propio cristinismo / kirchnerismo adelantó todos los tiempos y puso sobre la mesa la discusión para habilitar a la presidenta por la re-reelección.

En realidad, no se diferencia mucho del espíritu menemista que buscó un tercer gobierno ante la imposibilidad de encontrar un delfín que garantice la continuidad de un proyecto político que después se hizo añicos con la llegada de la Alianza al poder, en 1999.

Carlos Menem hizo un guiño a su gente en el 98 para que encuentren una forzada interpretación de la Constitución Nacional. Pero, como ahora nadie pone en duda el texto constitucional, el cristinismo va directamente por la Reforma.

Hoy no hay nadie que pueda tomar la posta de Cristina Kirchner ya que Amado Boudou parece haber quedado al margen de esa carrera, a pesar de haber prometido ser el mejor vicepresidente de la historia.

La causa judicial por la ex Ciccone lo está llevando hacia otros horizontes menos venturosos y llenos de nubarrones, a pesar de que él sigue con su sonrisa gardeliana, dice que no pasó nada y vuelve a desenfundar su voz para cantar rock en actos oficiales.

Por esa razón, las primeras voces que aparecieron casi en forma aislada a favor de un nuevo mandato de CFK, hoy mutaron en múltiples declaraciones de gobernadores, intendentes, diputados y senadores cristinistas.

Algunos, por su propio interés, como el gobernador de Mendoza Francisco Pérez que necesita modificar la Constitución provincial para poder tener la reelección ya que solo puede estar en el poder por un mandato.

Y otros, porque están entre la espada y la pared, como el bonaerense Daniel Scioli que después de haber dicho que quería ser candidato a presidente en 2015, salió a dar un guiño al proyecto K al decir que si se logra la reforma, él mismo apoyara la re-re.

Si fuese por el oficialismo ya modificarían la Constitución, pero como los números no les dan, apuestan a las elecciones legislativas del año próximo y a la necesidad de lograr el control de ambas cámaras del Congreso, para lograr los dos tercios de los votos en Diputados y en el Senado, que permitan declarar la necesidad de la Reforma.

Para eso el kirchnerismo apuesta a superar con creces el 40 % de los votos para diputados, donde renueva los legisladores que entraron en la peor elección de la era K, en 2009.

En el Senado, en cambio, la realidad es otra. CFK necesita 48 de los 72 votos para lograr el apoyo a la reforma y hoy con los aliados apenas supera los 40.

Se renuevan tres senadores en Capital, Chaco, Río Negro, Salta, Santiago del Estero, Neuquén, Entre ríos y Tierra del Fuego. 2 por la mayoría y uno por la minoría. Por eso ya están pensando en presentar, en algunos distritos, por lo menos un par de listas K que le permitan llevarse los 3 senadores. Una tarea por demás complicada.

Pero, como para las legislativas todavía falta mucho y debe correr mucha agua bajo el puente, la estrategia cristinista pasa, por ahora, con instalar la idea de que la reforma de la Constitución Nacional es posible.

Y se apela a un discurso similar al menemista de fines de los 90. Sin Cristina lo único que le espera al país es poco menos que el caos.

Aunque hay más lazos con el menemismo, porque los cristinistas van por otra reforma, la del Código Electoral para que voten los menores de 16 años, casi un millón y medio de votos.

Jorge Yoma, un símbolo del menemismo de los 90, es hoy uno de los principales impulsores del voto a los 16, acompañado por la diputada ultrakirchnerista Diana Conti y el senador Aníbal Fernández.

Lo cierto es que con reforma o sin reforma, el oficialismo tiene en claro que las próximas listas de candidatos serán mucho más cristinistas / kirchneristas que las anteriores. Esto quiere decir que los gobernadores e intendentes tendrán poco lugar para su gente. Todo será armado, como el año pasado, en la residencia de Olivos o en El Calafate. Además, los jefes distritales tienen poco margen de maniobra, por la obra pública o por la asistencia social, tienen un cordón umbilical que los une a la Casa Rosada. Sea con Julio de Vido o con Alicia Kirchner.

La oposición, en tanto, sigue buscando un lugar en el mundo pero todavía no pudo ubicarlo. Tiene un discurso en común, oponerse a la reforma y a la re reelección de Cristina Kirchner, pero las alianzas todavía están dispersas.

Mauricio Macri no quiere arriesgar su pellejo y sigue husmeando entre peronistas disidentes y radicales y fuerzas políticas provinciales para tejer un armado político fuera del PRO.

El jefe de gobierno porteño, que piensa en el traje presidencial de 2015 no debiera perder de vista que primero están las legislativas de 2013 y la Reforma y no puede, como en otras oportunidades, quedar en un segundo plano para no desgastar su figura.

Los radicales saben que el crecimiento o la caída del oficialismo en las próximas elecciones es directamente proporcional a lo que le ocurra a ellos. En la UCR las opiniones están divididas entre los que consideran que deben recuperar su identidad perdida hace muchos años y presentarse solos en las elecciones, los que creen que el mejor negocio puede ser un pacto político con el Frente Amplio y Progresista, el FAP, que lidera el socialista Hermes Binner, y unos pocos que miran con simpatías un acuerdo con el PRO.

Tampoco la tiene fácil el peronismo disidente que todavía no sabe como curar las profundas heridas abiertas entre Francisco de Narvaez y Felipe Solá, ni cómo salir del retroceso que le significó apostar a la candidatura presidencial de Eduardo Duhalde.

Con este panorama, el gobierno impone otra vez el debate que más le interesa, la continuidad de Cristina, sin importarle los costos que tenga que pagar. Aunque, a veces, suelen ser muy caros.