Como se afirma siempre que se debate sobre comunicación, cuando alguien tiene buena imagen, no puede quedarse cruzado de brazos. La buena imagen es algo que tiene que ganarse todos los días. Esa realidad a lo largo del tiempo va a redundar en una óptima reputación.
¿De qué sirve tener una buena reputación? De mucho. Para una empresa o un dirigente político puede ser el crédito necesario que separe el hecho de mantenerse a flote o hundirse inexorablemente.
La fórmula de una reputación satisfactoria estaría conformada por una buena imagen proyectada en el tiempo. Esto significa que si yo dono alimentos una sola vez en la vida, este hecho será visto como un buen gesto aislado, pero si lo hago habitualmente, es muy probable que sea visualizado como una persona solidaria y comprensiva.
El diario ‘El País’ de Madrid, España, es uno de los diarios de mayor prestigio en el mundo de habla hispana. Tuvo una destacada actuación en la divulgación de los cables de Wikileaks, sobre todo en el área de América latina; sin embargo con la publicación de una fotografía falsa que no tenía al jefe de Estado venezolano como protagonista, vio seriamente golpeada su credibilidad y aún no sabemos cuál será su alcance.
El descomunal error es inexplicable. Los motivos de porqué no funcionaron los filtros necesarios, es muy probable que tengan que ver con la ansiedad de tener una primicia relacionada con el tema y con la poca información reinante; pero aún así, la publicación de ese material no puede ser justificada de ninguna manera, porque no sólo es una fotografía falsa y adulterada, sino que si fuera en verdad del presidente Hugo Chávez, tampoco sería ética su publicación.
Hay muchos ejemplos de papelones de medios prestigiosos a la hora de divulgar una supuesta primicia.
Por ejemplo, el Washington Post conoce el tema. Lo vivió en 1981 con el Caso Janet Cooke, cuando otorgaron uno de los Premios Pulitzer de ese año a una nota absolutamente falsa e inventada. El Washington Post venía de su pasado glorioso con el Caso Watergate, sin embargo tuvo que desarrollar una estrategia de comunicación intensiva con sus lectores.
La decisión de su entonces director periodístico, Ben Bradlee, fue que el mismo medio, en sus ediciones habituales, explicara donde había estado la falla, que analizara todas las alternativas de lo sucedido y para esto apeló a la figura del defensor del lector, un profesional fuera de la redacción.
La ventaja del Post fue que en esa época no existía internet. El Diario El País no tuvo esa suerte y en pocos minutos se viralizó el tema.
Resumiendo: la publicación sin chequear de un material tan sensible es una aberración y hacerlo con una persona indefensa es repudiable del punto de vista ético; sin embargo creo que estamos en condiciones de reflexionar en el hecho de que cada vez que se oculta o tapa información, no se logra el silencio, sino que por el contrario, el mutismo potencia la ola de rumores, especulaciones e informaciones de dudoso origen.
En Venezuela, nadie sabe a ciencia cierta qué sucede con la salud del presidente Hugo Chávez y todo se vuelve más extraño cuando se observa que la sede simbólica del poder, en estos momentos está en La Habana, Cuba, en lugar de residir en Caracas.
Lo acontecido con el Diario El País es un dislate que no se puede comprender, pero también es verdad que para que no tengan eco este tipo de atropellos a la lógica de la información, los gobiernos de todo signo, tienen que ser cultores de una comunicación democrática, transparente y eficaz con todos los ciudadanos.