

Sólo el tiempo podrá decir hasta dónde llegará el cambio de actitud de Cristina Kirchner frente al Papa Francisco.
Hubo un notorio giro de la presidenta al verse cara a cara con Jorge Bergoglio en el Vaticano y era imposible no asociar las dos caras de la moneda.
Después de todo, era la misma Cristina que rechazó una y otra vez a Bergoglio, como presidente del Episcopado (dos veces) o como Arzobispo de Buenos Aires.
No es un secreto que ella y Néstor Kirchner no lo podían ni ver, lo consideraban un enemigo y lo llegaron a catalogar como jefe de la oposición.
Cada homilía de Bergoglio dónde se preocupaba por los pobres, por la desocupación, por los efectos de la inflación, por la desigualdad de clases, la falta de justicia y la corrupción, provocaba el profundo enojo de los Kirchner.
En esto hay que buscar el cambio de ciudad para presenciar el Tedeum del 25 de Mayo. Le dieron la espalda a Bergoglio y a la Catedral Metropoliana.
Pero Bergoglio ya no es solo el jefe de la Iglesia Argentina sino el Papa Francisco y Cristina está obligada a cambiar y con ella todo el gobierno.
Por eso llamó al asombro la actitud de la presidenta durante su encuentro con Bergoglio, quien rápido de reflejos lo primero que hizo, antes de asumir sus funciones, fue invitarla a un almuerzo privado.
Muy amable, verborrágica, ansiosa y llena de gestos. Así se la vio a través de la televisión. Y luego llegó a emocionarse cuando saludó a Bergoglio, ya Papa, en la Basílica de San Pedro.
Sin embargo, habrá que ver qué mensaje bajará la presidenta a los sectores más duros del kirchnerismo/cristinismo.
Por ahora deja hacer sin importar el grado de virulencia en las palabras de sus seguidores contra Bergoglio.
Se trate del periodista Horacio Verbitsky, el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González o el ex piquetero Luis DElía.
O el gesto de los legisladores, como ocurrió en la Cámara de Diputados, cuando se negaron a un cuarto intermedio para escuchar el primer discurso de Bergoglio o en la legislatura porteña, donde no asistieron a un homenaje al Papa.
El caso de Verbitsky es especial, porque detrás de las denuncias del periodista contra Bergoglio, por su actitud frente al secuestro de dos sacerdotes jesuitas durante la dictadura, se encolumnaron los ataques al Papa.
Es más, otro periodista, Román Lejtman, denuncio en su investigación para El Cronista, que los escritos de Verbitsky sirvieron para que la redacción de un Dossier contra Bergoglio que se hizo llegar a Cardenales en el Vaticano con el fin de evitar que su llegada al trono de San Pedro.
Poco sirvió, Bergoglio entró Cardenal y salió Papa. Y el Vaticano no quiso desmentir nada de ese informe.
Fue el involucrado en la maniobra, el embajador ante la Santa Sede, Juan Pablo Cafiero, quien negó la maniobra, por una orden de la Casa Rosada.
En medio de todo esto, los miembros del gabinete nacional se llamaron a silencio. Algunos por estar de acuerdo con la designación de Bergoglio y otros a la espera de una señal de la Presidenta.
Porque la vuelta al país de Cristina servirá para eso, para saber cómo actuar frente a Bergoglio y cada vez que haya un pronunciamiento del Papa que pueda ser adaptado a la política doméstica.
Y también cómo seguirá la relación con la Iglesia Católica Argentina, que tiene como presidente de la Conferencia Episcopal a Monseñor José María Arancedo.
Si bien no se vive la tensión de la época de Bergoglio, la relación está lejos de ser la ideal.
Hay cuestiones que separan al gobierno de los obispos argentinos: el matrimonio igualitario, la muerte asistida y la salud reproductiva, entre otras cuestiones.
Aunque hay un tema mucho más duro aún que es muy probable que duerma el sueño de los justos en el Congreso. Se trata del aborto.
Por lo que se ve, no hay ninguna intención de Cristina Kirchner de permitir que esa iniciativa avance por el camino que lleva a los proyectos a convertirse en ley.
Mientras tanto, el kirchnerismo está atravesando por una división interna que no es frecuente por Bergoglio.
El ala más peronista y tradicional que sigue a Cristina no duda en apoyar al nuevo Papa mientras que los sectores involucrados en una militancia dura y los llamados intelectuales, están furiosos con el giro a favor de Bergoglio.
Son estos quienes esperan una señal de la Presidente sobre cómo actuar, pero es probable que no llegue ninguna orden concreta. Simplemente tendrán que ver y escuchar a Cristina para saber por dónde caminara.
Y no parece tener otra alternativa que seguir las huellas de Francisco, sobre todo en un año electoral.









