A fines de los años 90, cuando Alejandro Cané hacía la residencia de pediatría en el Hospital de Niños de Buenos Aires, internaba todos los días un chico con meningitis por neumococo. De cada 100 casos, 15 morían aunque el tratamiento fuera el correcto, y otros 15 a 20 quedaban con secuelas para toda la vida: sordera, retraso madurativo, convulsiones.

Hoy, con 20 años de carrera encima y como Global Head of Vaccine Medical Affairs de Pfizer, Cané dice que si le preguntamos a un residente de pediatría en cualquier hospital mexicano cuántos casos de meningitis por neumococo, la respuesta va a ser cero.

Esa desaparición no fue espontánea. Es el resultado de casi dos décadas de un calendario de vacunación contra esa bacteria que México sostuvo con una disciplina que hoy lo distingue en la región, y es también la razón por la que Pfizer está sentada con el gobierno mexicano negociando algo que va bastante más allá de una vacuna.

Esta semana Cané está en nuestro país en reuniones de alto nivel con el sector salud para hacer una alianza con el gobierno para producir en conjunto la vacuna más avanzada contra el neumococo.

Pfizer lleva 75 años operando en México y desde planta en Toluca hace el empaque final de sus vacunas para todo el país.

Lo que quiere ahora el laboratorio estadounidense es aprovechar los antecedentes de la pandemia, como respaldo a su intención de ser el mejor socio del gobierno mexicano.

En 2021, cuando el mundo entero se peleaba por cada dosis de vacuna COVID 19, Birmex (el laboratorio estatal) y Pfizer firmaron un acuerdo que incluyó transferencia de tecnología, intercambio de datos en tiempo real y condiciones más favorables para que nuestro país tuviera acceso a la vacuna.

En su paso por la CDMX, Cané me explica que la idea que hoy se discute es replicar este modelo con la nueva generación de vacunas contra el neumococo, la misma que ya cubre a los chicos y adultos mayores del país.

Y las conversaciones ocurren en un momento nada casual, con el Plan México levantando la bandera de la “soberanía en salud pública” y con el T-MEC en pleno proceso de renegociación bajo la intensa lupa de Washington.

La condición que pone Pfizer es justo en este track, porque la intención de ahora es que haya transferencia de tecnología pero “anclada al desarrollo de ciencia local”, sumando a investigadores mexicanos en la cadena de valor real.

Es el mismo debate que hay sobre otros insumos como los famosos semiconductores o litio, solo que aquí ‘la soberanía’ no se mide con aranceles sino con camas de hospital libres y en muertes evitadas. Y las cifras acompañan porque según el cálculo que maneja Pfizer, dos décadas de vacunación contra el neumococo en México, desde el primer esquema que se incorporó al calendario en 2007 hasta la fórmula actual, ahorraron MXN $32,000 millones al sistema de salud.

Cané también repite, casi como un mantra, un dato del economista de Harvard David Bloom: cada dólar invertido en vacunas agrega cuatro dólares al PIB per capita, porque una población que no se enferma tampoco falta al trabajo. Es el argumento que convierte lo que parecía una discusión de calendario de vacunación infantil en una discusión de política industrial.

El brote de sarampión previo al Mundial encendió las alarmas e instaló la sensación de que como país, habíamos bajado la guardia en materia de vacunación pero, según Cané, el diagnóstico que hace la Organización Panamericana de la Salud sobre el sistema de inmunización mexicano es totalmente opuesto.

Porque, mientras la región de Latam hay un retroceso de casi 30 años en cobertura de vacunación tras la pandemia, y la tercera dosis del primer año de vida (el indicador que usa la industria para tomarle el pulso a un sistema vacunas) cayó a entre 60% y 70% en buena parte de la región, México se mantuvo en 80% durante la pandemia y hoy está en 85%, segundo lugar continental después de Brasil.

“Ese desfase entre percepción y realidad es curiosamente a causa de las vacunas que son presas de su propio éxito. Cuando una enfermedad desaparece de la vista, la gente deja de temerle y empieza a temerle más a la vacuna que a la enfermedad que evitó. Un brote puntual, incluso uno real y preocupante como el de sarampión, alcanza para instalar la sensación de que todo el sistema falló”.

Esa distancia entre el susto puntual y el desempeño real es, en el fondo, la carta que México tiene para jugar en esta negociación y no es poca cosa que un gobierno pueda sentarse a discutir transferencia de tecnología con el argumento de que su sistema de salud cumple, entrega a tiempo y vacuna bien, mientras media región todavía está reconstruyendo la confianza que perdió con la pandemia.

¿Habrá humo blanco entre Pfizer y Birmex? Alejandro Cané cerró la charla con cuidado diplomático, “no depende de mí, pero ojalá que sí”.