Como en el pasado, cuando los mexicanos están distraídos —ya sea por la fe, por días de descanso o por la simple necesidad de desconectarse—, así como si nada, se deslizan datos económicos. Sin ruido, sin debate público real, sin demasiadas preguntas incómodas. Porque claro, nada mejor que publicar proyecciones optimistas cuando nadie está mirando con suficiente atención.
En México ya perfeccionamos un deporte nacional: prometer crecimiento que nunca llega. Los Precriterios Económicos 2027 lo confirman. Otra vez mismo guion, misma narrativa y, sobre todo, misma fantasía: un PIB que avanza con disciplina suiza… pero únicamente dentro de los documentos oficiales.
Desde que inició el régimen de la llamada “4T”, hay una constante que ni la inflación ha logrado superar: el incumplimiento sistemático de las proyecciones de crecimiento. Año tras año, la historia se repite. Se proyecta un México dinámico, resiliente, en expansión. Y la realidad se encarga de ajustar las expectativas… hacia abajo.
No es un error técnico. Es un patrón.
Los Precriterios 2027 vuelven a plantear un crecimiento moderado pero “sostenido”. Una frase elegante para decir: no vamos a crecer mucho, pero queremos que suene bien. El problema es que ni siquiera ese crecimiento modesto ha sido consistente en la práctica. Se proyecta con optimismo, se ejecuta con mediocridad y se reporta con resignación.
Aquí es donde el discurso oficial empieza a rozar lo absurdo. Porque si algo ha quedado claro en estos años es que el crecimiento económico no responde a decretos ni a buenas intenciones. Responde a inversión, productividad, certeza jurídica y confianza. Cuatro elementos que han tenido una relación tensa con la política económica reciente.
El gobierno proyecta crecimiento como si el país estuviera operando en condiciones normales. Pero no lo está. La inversión pública se ha concentrado en proyectos emblemáticos de dudosa rentabilidad. La inversión privada ha navegado en un entorno de incertidumbre regulatoria. Y la confianza —ese activo invisible— se ha erosionado con decisiones erráticas.
Aun así, se insiste en proyectar.
Es como ese alumno que reprueba sistemáticamente matemáticas, pero cada semestre asegura que ahora sí sacará diez. No cambia el método, no corrige errores, pero mantiene intacta la expectativa. Y el problema no es la esperanza; es la negación.
Porque mientras en el papel el país crece, en la realidad apenas se arrastra.
El dato incómodo es este: México no ha logrado consolidar un crecimiento sostenido por encima del 2% en este periodo cuatrotero. Y cuando lo ha hecho, ha sido más por rebotes estadísticos que por una expansión estructural. Es decir, no se crece porque la economía esté fuerte, sino porque venía de estar débil.
Y aun así, los Precriterios 2027 vuelven a vender la idea de una trayectoria ascendente.
El riesgo aquí no es sólo el optimismo. Es la desconexión. Porque cuando la política económica se construye sobre supuestos que no se cumplen, las decisiones que derivan de ella también se vuelven frágiles. Se presupuestan ingresos que no llegan, se comprometen gastos que no se sostienen y se construye una narrativa que no resiste el paso del tiempo.
Mientras tanto, otros indicadores cuentan una historia distinta. El crecimiento potencial sigue estancado. La productividad no despega. La informalidad continúa siendo la válvula de escape de una economía que no genera suficientes empleos formales. Y el crédito —con tasas altas— limita la expansión de empresas y consumo.
Pero en los documentos oficiales, todo luce ordenado.
Aquí es donde aparece otro dato que se menciona poco y se dimensiona menos: la deuda. Los propios Precriterios anticipan que el saldo histórico de los requerimientos financieros del sector público continuará creciendo y rondará niveles cercanos al 50% del PIB hacia 2027. No es un nivel catastrófico, pero sí una señal clara: México está gastando más de lo que crece.
Y más preocupante aún, el costo financiero de esa deuda —los intereses— se ha convertido en uno de los rubros de mayor presión presupuestaria. Cada peso destinado a deuda es un peso que no se invierte en desarrollo. Es dinero que no construye futuro, sólo paga pasado.
Dicho de otra forma: el país no sólo crece poco, sino que además se endeuda para sostener esa mediocridad.
El tipo de cambio fuerte se presenta como símbolo de estabilidad. Sin embargo, es una estabilidad sostenida por tasas elevadas que encarecen el dinero y frenan la economía. Es como mantener un paciente estable… pero sedado.
El ajuste fiscal, por su parte, se vende como disciplina. Pero sin una reforma fiscal de fondo, termina siendo un recorte disfrazado que compromete el crecimiento futuro. Menos inversión pública, menos capacidad de reacción y más presión sobre una economía ya limitada.
Y así se va formando el verdadero problema: no una crisis explosiva, sino una erosión constante.
México no está al borde del colapso. Está en algo más incómodo: una trampa de bajo crecimiento. Una economía que no cae, pero tampoco avanza. Que resiste, pero no prospera.
El tamaño de esta crisis no se mide en una caída del PIB, sino en años perdidos. En oportunidades desaprovechadas como el nearshoring. En la falta de condiciones para que la inversión se traduzca en crecimiento real.
Y mientras tanto, seguimos proyectando.
Porque eso sí, en el papel México siempre crece. Siempre converge. Siempre mejora. Es un país impecable… en Excel.
La salida, aunque incómoda, es evidente. Dejar de proyectar lo que no se cumple y empezar a construir las condiciones para que el crecimiento ocurra. Incentivar la inversión privada, apostar por infraestructura productiva y recuperar la credibilidad.
Porque en economía, la confianza no se decreta. Se gana.
Y México hoy no sólo está creciendo menos de lo que promete: también se está endeudando más de lo que reconoce. Y esa combinación, tarde o temprano, siempre pasa factura.
*Es una opinión personal del autor que no refleja la postura de El Cronista México o sus dueños. El autor es director de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR México). Colaborador en Radio Colima en el Noticiero con Max Cortés: Datos con Valor. X e Instagram @Aivc2, TikTok @2aivc.