Hace unos días The Economist publicó un artículo sobre el auge de los pasatiempos de abuelas en las nuevas generaciones. Lo bautizaron el granny core. En medio de la locura de la inmediatez, las redes, la IA hay un resurgimiento de la atención a lo simple, a lo manual, a lo lento que requiere de plena atención. El regreso de los hobbies de los baby boomers a las manos de la Generación Z, sin dudas, funciona como un antídoto al infinito de pantallas y a la persecución temática de los algoritmos.
Siempre me gustaron las manualidades. Cuando era niña, de no más de cuatro años, para entretenerme en las largas tardes de verano de mi pueblo, mi hermana me enseñó a tejer. Me fabricó un mandil con bolsas en las que colocaba los estambres y venían conmigo a todos lados. Primero era con dos agujas, luego a crochet, más tarde bordados en cañamazo, en suéters y telar.
México mide su PIB al centavo, pero no sabe cuántas personas tejen para calmar su ansiedad.
Mis tías Anderson -Betty, Lydia, Clyde- todas tejían y se pasaban días enteros compartiendo nuevos puntos, lanas, texturas y porque no ingresos. Cada una de ellas había encontrado en ‘lo hecho a mano’ una salida laboral. De ellas heredé ese placer de tardes alrededor de una mesa, tomando mate y compitiendo por quien ‘sacaba de ojo’ alguna prenda vista en una foto de revistas. Siempre tuve conmigo una bolsa con ovillos y agujas y conozco el poder de ‘meditación’ que genera estar sólo mirando un punto a la vez, contando hileras y limpiando el cerebro como en una clase de yoga manual. Los hobbies no son solamente una manera de entretenerse; son un mecanismo para aumentar la agilidad mental y de cultivar el ocio creador, que termina creando arte e innovaciones.
En el artículo de The Economist se mide el aumento en las clases de tejido y bordado, tienen calculado cuántas personas han dejado de lado sus celulares para hacer rompecabezas o para aprender a hacer arreglos florales o alfarería.
¿Y en México? No hay manera de saberlo a ciencia cierta. La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) fue diseñada en los 90 por el INEGI a partir de la Conferencia de Beijing, básicamente para hacer visible el trabajo no remunerado de las mujeres. Cumple con ese objetivo. Pero en lo que respecta a ocio o hobbies, hay una sola categoría que mide “juegos y aficiones y pasatiempos”, sin preguntar en ningún caso qué actividad realiza cada persona, con qué frecuencia, ni tampoco el impacto en el bienestar de quien lo practica.
Hay solo un dato: los mexicanos destinan en promedio 6.1 horas a la semana a ‘entretenerse’ , mientras que las mexicanas solo 4.1
Hace unos años los investigadores del INAH publicaron un estudio sobre cómo las políticas públicas mexicanas retoman la idea del ocio en la vida cotidiana. La Red de Investigadores sobre Deporte, Cultura Física, Ocio y Recreación llegó a la conclusión que prácticamente no lo hacen. El tiempo ‘no productivo’ de la población no aparece como un objetivo, meta ni indicador dentro de los planes de desarrollo.
Y en las administraciones de la 4T, cómo olvidar lo dicho por el inefable y defenestrado Marx Arriaga, director de Materiales Educativos de la SEP, quien afirmó en 2021 que “leer por goce es un acto de consumo capitalista”, argumentando que la lectura debe ser un acto crítico y emancipador, no individualista o de simple entretenimiento.
En pocas palabras: no se mide lo que no se valora políticamente. Si no produce, no cuenta. México mide el trabajo, la producción, la pobreza, el acceso a servicios. No mide el florecimiento. La ENUT captura el tiempo libre casi como categoría residual, lo que sobra después del trabajo. En estos tiempos de alto uso del término ‘bienestar’, no hay un enfoque hacia el bienestar que genera usar el tiempo para ‘desenchufarse’. No son pocas las investigaciones que señalan que tener hobbies o practicar manualidades reducen los síntomas de ansiedad y depresión al estimular la concentración, con un efecto similar al de la meditación. Algo que se agradecería en nuestro país donde han aumentado las condiciones de salud mental como la depresión, que ya es la principal causa de discapacidad en mujeres.
Creo, que la ausencia de datos no es inocente sino que deja al descubierto la jerarquía de lo que se considera digno de conocer. México mide su PIB al centavo, pero no sabe cuántas personas tejen para calmar su ansiedad. Mide la inflación de la canasta básica, pero no el valor de una hora haciendo crochet para una mujer que cargó la casa toda la semana.
Y con todas estas justificaciones de estudios y encuestas, a mi me sigue dando cierta culpa dejar de producir para centrarme en terminar un bordado estilo Tenango que comencé en la pandemia y que solo avanza de a pocas puntadas a la semana. Tal vez sea ‘cultural’, como decía aquel expresidente.