En Santa María Aztahuacan, en la alcaldía Iztapalapa, las piñatas no son solamente objetos que cuelgan del techo durante una posada. Para la familia Cervantes representan cuatro décadas de trabajo, aprendizaje y una tradición que se niega a desaparecer.
En la Cooperativa Piñatas Calletano, ubicada en la Calle del Llano, la historia comenzó con una pequeña olla de barro. María de los Ángeles Cervantes recuerda que fue su madre quien comenzó con el oficio hace alrededor de 40 años. Al principio, las piezas eran pequeñas, pero con el paso del tiempo la familia fue aumentando su producción.
“Mi mamá tiene como 40 años que empezó a hacer la piñata...”, dijo María de los Ángeles Cervantes.
Aquellos primeros años exigían incluso trasladarse para conseguir la materia prima. La familia llegó a comprar grandes cantidades de ollas de barro para transformarlas en las tradicionales figuras que, durante generaciones, han acompañado las fiestas decembrinas.
“Empezaban con la ollita de barro, la chiquita y ya después se fueron creciendo las ollas, más que nada para ir haciendo más y más”. Y el crecimiento no solo ocurrió en el tamaño de las ollas. También aumentó la cantidad de piezas que podían producir. “Antes iban por camiones de ollas para comprar la olla de barro”.
Del barro al cartón: así se construye una piñata
Aunque las tradicionales piñatas de barro forman parte de la memoria de la familia, el oficio también se adaptó a otros materiales. El cartón permitió continuar con un procedimiento artesanal que conserva buena parte de la esencia original.
“Las piñatas se hacen de barro, también se pueden hacer de cartón y es el mismo procedimiento que llevan”. El proceso comienza con una base sobre la que se coloca papel periódico utilizando engrudo. Una capa tras otra permite darle resistencia a la estructura hasta conseguir la forma de una olla.
“Se hace así, es agarrar la base que tenemos ahí y empezar a pegarle el papel periódico con engrudo y ponerle las capas necesarias para hacer una olla”.
Después viene uno de los momentos más característicos: unir las piezas que darán forma a la estrella. “Se juntan y se le pegan igual con periódico y con engrudo para que se unan las ollas”.
El trabajo no termina cuando la estructura queda lista. Hay que esperar a que seque para comenzar con la parte que convierte una simple estructura de papel en una piñata.
“Ya después de que se seca la olla, se le ponen los conitos con su metalizado se arma la estrella se le pone la pancita, ya que tiene el estaño aquí se empieza a vestir”.
El acabado requiere todavía más trabajo. El papel, los dibujos y las colas completan la tradicional estrella. “Que el vestido es ponerle el chinito, ya después del chinito se pone el dibujo y las colitas”.
Cada una de esas etapas conserva un conocimiento que se ha transmitido dentro de la familia y que forma parte de una tradición artesanal característica de Iztapalapa.
Cuando las posadas llenaban las calles
Pero detrás de cada piñata también existe una historia sobre cómo han cambiado las celebraciones en la Ciudad de México.
María de los Ángeles recuerda una época en la que las posadas eran mucho más frecuentes y las piñatas tenían una presencia constante en las calles.
“Pues ya tanto como antes, que en muchas partes habían posadas y salía uno a la calle y encontraba varias posadas, ahora ya no, ya es rara la persona que hace posada y que rompe una piñata”.
Ese cambio también se ha reflejado directamente en las ventas de los productores.
“Hace 30, 35 años, se hacían varias piñatas y se entregaban 1000, 500 o así, pero ahora ya bajó mucho la venta”.
La disminución de los pedidos supone un desafío para quienes mantienen vivo este oficio. Para una familia que durante décadas ha encontrado en las piñatas una forma de vida, la pérdida de la tradición también significa perder una fuente de trabajo.
Una cooperativa que pide mantener viva la tradición
La historia de Piñatas Calletano forma parte de la red de cooperativas impulsada por la Secretaría de Economía Social de la Ciudad de México, donde los oficios y actividades productivas de distintos grupos buscan mantenerse como alternativas económicas para sus integrantes.
En el caso de la familia Cervantes, la petición es sencilla: que las piñatas sigan formando parte de las celebraciones y que el trabajo de quienes las elaboran encuentre nuevos compradores.
“Los invitamos a que consuman más piñatas para que no se pierda la tradición porque si no que tradición vamos a tener... compren nuestras piñatas”.
Cuatro décadas después de aquella primera olla de barro, el mensaje de la familia sigue siendo el mismo: hacer piñatas no consiste únicamente en pegar papel, formar conos o decorar una estrella. Es conservar un oficio que aprendieron de sus padres y que necesita nuevas generaciones para no desaparecer.
En cada capa de periódico y engrudo permanece una parte de esa historia. Y mientras haya una posada en la que alguien rompa una piñata, también habrá una oportunidad para que esta tradición de Santa María Aztahuacan continúe.