La iniciativa diplomática encabezada por Pakistán para mediar entre Irán, Estados Unidos e Israel recibió este martes un duro golpe: la embajada iraní en Islamabad descartó cualquier negociación con Washington y tachó la oferta de diálogo de una estrategia para ganar tiempo y relanzar los ataques.
“Irán considera la petición de negociaciones de EE.UU. como un nuevo intento de engaño para reponerse, encontrar lagunas y buscar conexiones para intensificar los ataques nuevamente”, publicó la misión diplomática iraní en la red social X. A eso sumó que “la confianza es nula tras dos rondas de ataques en medio de las conversaciones”.
La declaración llega apenas horas después de que el primer ministro pakistaní Shehbaz Sharif anunciara en la misma red social que su país estaba dispuesto a actuar como sede de conversaciones “significativas y concluyentes” entre las tres potencias, con el aval explícito —según Islamabad— tanto de Teherán como de Washington. Sin embargo, el desmentido iraní casi inmediato pone en cuestión ese consenso y expone las fisuras en la arquitectura diplomática que Pakistán intenta construir junto a Turquía y Egipto.
¿Por qué Pakistán está en el centro del tablero?
Islamabad no apareció de la nada en este rol. Fuentes gubernamentales pakistaníes señalaron que el país se apoya en dos activos clave: los vínculos históricos de su cúpula militar con el establishment de seguridad iraní y la relación directa que el primer ministro Sharif mantiene con la administración de Donald Trump, quien regresó a la Casa Blanca en enero de 2025.
Pakistán comparte una frontera de más de 900 kilómetros con Irán y ha sido históricamente un interlocutor en momentos de tensión regional. En 2023, los dos países llegaron incluso a intercambiar ataques en zonas fronterizas antes de recomponer canales diplomáticos, lo que da una idea de cuán volátil —y a la vez pragmática— es esa relación.
Guerra en Medio Oriente: un conflicto que empezó el 28 de febrero
El actual ciclo bélico se inició con los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní, lanzados en la madrugada del 28 de febrero. La ofensiva, que apuntó a infraestructura militar y sitios vinculados al programa nuclear iraní según fuentes de inteligencia occidentales, marcó una escalada sin precedentes en décadas de tensión.
La respuesta de Teherán no se hizo esperar: en los días siguientes lanzó oleadas de misiles balísticos y drones contra objetivos en Israel y en el Golfo Pérsico, e implementó un bloqueo efectivo del estrecho de Ormuz, el corredor marítimo por donde transita aproximadamente el 20% del suministro mundial de crudo. Ese bloqueo provocó una disparada inmediata en los precios internacionales del petróleo y generó alarma en economías dependientes del combustible, desde Europa hasta Asia.
Las “dos rondas de ataques” que menciona Irán
La referencia iraní a “dos rondas de ataques en medio de las conversaciones” apunta a uno de los puntos más sensibles del conflicto: según Teherán, hubo al menos dos instancias en que la parte estadounidense o israelí realizó operaciones militares mientras se desarrollaban contactos diplomáticos informales, lo que destruyó cualquier base de confianza para retomar el diálogo. Washington no confirmó ni desmintió públicamente esa narrativa.
Este tipo de acusaciones —negociar y atacar al mismo tiempo— tiene antecedentes en el conflicto israelo-palestino y en las tensiones previas entre Estados Unidos e Irán, pero adquiere una dimensión diferente cuando los ataques involucran territorio iraní directamente.
El rol del estrecho de Ormuz: el arma económica de Teherán
El bloqueo del estrecho de Ormuz es, en la práctica, la carta más poderosa que Irán tiene sobre la mesa. Por ese paso de apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más estrecho circulan diariamente alrededor de 17 millones de barriles de petróleo, según datos de la Agencia de Información de Energía de Estados Unidos (EIA).
Cualquier interrupción prolongada impacta de forma directa en Japón, China, India y Europa, lo que convierte el bloqueo en una herramienta de presión global, no solo regional.
El triángulo mediador y sus límites
La coalición que intenta mediar —Pakistán, Turquía y Egipto— representa tres países con influencia diferenciada: Turquía tiene canales abiertos con Occidente a través de la OTAN y relaciones históricas con ambos bandos; Egipto mantuvo acuerdos de paz con Israel desde 1979 y es un interlocutor habitual de Washington; Pakistán aporta el vínculo con Irán. Sin embargo, ninguno de los tres tiene poder real para imponer condiciones a las partes, y la posición iraní de este martes sugiere que Teherán no está dispuesto a negociar mientras percibe que Estados Unidos sigue en modo ofensivo.
La próxima semana será clave para saber si la iniciativa de Islamabad encuentra algún resquicio o si el conflicto ingresa en una nueva fase de escalada.