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Jesse Jackson, uno de los activistas más influyentes de la historia de los Estados Unidos y referente indiscutido de la comunidad afroamericana durante más de seis décadas, murió este martes a los 84 años.

Su partida fue confirmada por su propia familia, que lo despidió con un mensaje emotivo en las redes sociales en el que destacó el legado de quien dedicó su vida entera a la lucha por la igualdad y la justicia social.

“Su inquebrantable fe en la justicia, la igualdad y el amor inspiró a millones de personas”, señalaron sus familiares en el comunicado. En ese texto, sus hijos lo definieron como “un líder servicial, no solo para nuestra familia, sino para los oprimidos, los que no tienen voz y los ignorados de todo el mundo”. Y cerraron con una frase que resume la dimensión pública de su figura: “Lo compartimos con el mundo y, a cambio, el mundo se convirtió en parte de nuestra familia extendida”.

Con su muerte, los Estados Unidos pierden a una de las voces más potentes que supo dar el movimiento por los derechos civiles, una figura que estuvo presente en algunos de los momentos más definitorios de la historia reciente del país y que, hasta el final de su vida activa, siguió apareciendo en el centro de las luchas que lo habían convocado desde joven.

Una vida forjada en la lucha

Jackson nació el 8 de octubre de 1941 en Greenville, Carolina del Sur, en plena era de la segregación racial. Creció en la pobreza y desde chico conoció de cerca las barreras que el racismo imponía a los afroamericanos en el sur del país. Él mismo lo recordó alguna vez con una imagen poderosa: “No nací con una cuchara de plata en la boca. Es una pala lo que estaba previsto para mis manos”.

A pesar de ese punto de partida, fue un alumno brillante que consiguió una beca como jugador de fútbol americano para acceder a la universidad, lo que marcó el inicio de una trayectoria excepcional. En 1960, con apenas dieciocho años, participó en su primera sentada contra la discriminación racial, un gesto que anticipaba el rumbo que tomaría su vida.

El comunicado de la familia de Jesse Jackson confirmando su muerte.Captura de X

Cinco años más tarde, en 1965, se sumó a la histórica marcha entre Selma y Montgomery, uno de los hitos del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Fue en ese contexto donde forjó una relación cercana con Martin Luther King, al punto de estar junto a él en Memphis en 1968, el día en que el líder fue asesinado. Esa presencia en uno de los momentos más dolorosos del movimiento lo convirtió en un símbolo de continuidad.

En las décadas siguientes, Jackson canalizó su energía en la construcción de organizaciones. Fundó PUSH —Gente Unida para Salvar a la Humanidad— y la Coalición Nacional Arcoíris, que unificó en 1996, dos estructuras que le permitieron sostener su activismo más allá de las coyunturas y proyectar su influencia a escala nacional. Su perfil de pastor bautista y orador nato le daba además una llegada emocional que pocos líderes políticos podían igualar.

Su rol también trascendió las fronteras. Abogó activamente por el fin del apartheid en Sudáfrica, actuó como emisario especial para África durante la presidencia de Bill Clinton y participó en negociaciones para liberar rehenes estadounidenses en Siria, Irak y Serbia, lo que le valió un reconocimiento internacional que fue más allá de la política doméstica.

En 1965, se sumó a la histórica marcha entre Selma y Montgomery, uno de los hitos del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos.EFE

En 2017, Jackson anunció públicamente que padecía Parkinson, enfermedad que fue reduciendo progresivamente su actividad. El pasado mes de noviembre fue internado para recibir tratamiento por la parálisis supranuclear progresiva, una enfermedad neurodegenerativa rara y particularmente grave, según informó su organización, Rainbow PUSH Coalition.

A un paso de la Casa Blanca

Pero si hubo un capítulo en la vida de Jackson que condensó como ningún otro su voluntad de romper barreras, ese fue el de sus candidaturas presidenciales. En 1984 se convirtió en el primer afroestadounidense en llegar tan lejos dentro de una interna demócrata, quedando en tercer lugar en las primarias. Era un terreno que nadie de su comunidad había pisado antes con esa profundidad.

En la convención demócrata de ese año, Jackson pronunció uno de los discursos más recordados de su carrera. “Mis electores son los desesperados, los condenados, los desheredados, los ignorados, los despreciados”, declaró desde el escenario, en una alocución que llamó a los estadounidenses a encontrarse en una “base común” y que criticó con dureza las políticas económicas de Ronald Reagan y las profundas desigualdades del sistema de salud.

En 2019 junto al expresidente Joe Biden.EFE

Cuatro años después, en 1988, volvió a intentarlo. Esta vez quedó en segundo lugar, detrás de Michael Dukakis, el candidato que finalmente perdió las elecciones generales frente a George Bush. Jackson había mejorado su performance y demostrado que su primera candidatura no había sido un hecho aislado, sino parte de un proyecto político sostenido.

Esas dos campañas dejaron una huella que el tiempo terminó de confirmar. Décadas más tarde, en 2008, Jackson estuvo entre la multitud que celebró la victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales. Las imágenes de ese momento lo mostraron llorando en silencio, con la emoción de quien sabe que lo que está viendo no hubiera sido posible sin los caminos que él mismo ayudó a abrir.

En los últimos años de su vida activa, también acompañó a la familia de George Floyd tras el veredicto que condenó al policía Derek Chauvin. En esa ocasión declaró: “La lucha por la igualdad es un largo combate en este país”. Era, en cierto modo, la misma frase que había dicho siempre, pero con el peso acumulado de más de sesenta años de trinchera.

Jesse Jackson fue una figura compleja, con logros monumentales y controversias que también formaron parte de su historia. Pero su muerte deja un vacío difícil de llenar en el movimiento por los derechos civiles de los Estados Unidos y en la memoria de quienes creyeron, junto a él, que la igualdad era una causa por la que valía la pena pelear cada día.