¿Nos odian?
Durante esta nueva edición de la Copa del Mundo, la conversación en las redes sociales alcanzó una escala inédita. Si en Qatar 2022 se habían registrado cerca de 20 millones de publicaciones vinculadas al torneo, esta vez la cifra trepó hasta los 53 millones.
Pero detrás de ese crecimiento apareció un dato mucho más inquietante.
Según un informe de la Social Media Protection Service de la FIFA, publicado apenas un día antes de la final, la cantidad de mensajes identificados como potencialmente abusivos o de odio se multiplicó por quince (15x) respecto del Mundial anterior.
Lo que comenzó como un fenómeno digital no tardó en atravesar la pantalla.
Argentinos residentes en el exterior comenzaron a describir situaciones de hostilidad que, según sus propios relatos, no habían experimentado durante Qatar 2022.
Algunos contaron que optaron por cubrir sus camisetas de la selección con buzos para evitar provocaciones en la calle. Otros descubrieron que el mismo clima había llegado hasta sus hijos: mensajes ofensivos, comentarios anónimos y ataques de compañeros aparecían en sus redes sociales.
Los Angeles Times recogió, entre otros, el testimonio de la argentina Karenina Ivankovic, quien relató que varios amigos y compatriotas habían sufrido episodios de maltrato físico, mientras sus cuentas en redes sociales comenzaban a llenarse de mensajes de odio.
La hostilidad tampoco pareció limitarse a las calles ni a las plataformas tradicionalmente asociadas con las discusiones deportivas. Argentinos que trabajan en compañías internacionales describieron episodios similares dentro de ámbitos profesionales: comentarios en chats corporativos y publicaciones en LinkedIn en los que, según sus testimonios, comenzaba a hacerse visible una creciente animosidad hacia la Argentina y los argentinos.
Durante las primeras semanas del torneo, muchos interpretaron esos episodios como parte del clima de un Mundial particularmente “picante”: rivalidades deportivas amplificadas por las redes sociales y provocaciones que desaparecerían con el final de cada partido.
Pero, a medida que avanzó la competencia, esa explicación comenzó a resultar insuficiente.
Los datos publicados por la FIFA en vísperas de la final terminaron por darle otra dimensión al fenómeno. Lo que hasta entonces podía ser leído como una suma de experiencias aisladas aparecía ahora acompañado por una estadística difícil de ignorar:
El odio hizo pie en los algoritmos explotando el “factor humano”.
Si el tabaco no contuviera nicotina, difícilmente tendría el mismo poder adictivo.
En las redes sociales ocurre algo parecido: los sistemas de recomendación aprendieron que pocas emociones generan una reacción tan inmediata como el enojo, la indignación o el odio. Y esa reacción se transforma rápidamente en clics, comentarios, publicaciones y, sobre todo, más tiempo frente a la pantalla.
En ese sentido, el odio se convirtió en la nicotina de las redes sociales.
Desde la lógica del engagement, incluso los contenidos tradicionalmente considerados irresistibles —los videos tiernos, los animales, los “gatitos”— tienen dificultades para competir con aquello que provoca indignación. El conflicto retiene la atención, invita a responder y empuja a compartir.
Ese mecanismo también abrió una oportunidad para actores organizados. Grupos internacionales aprendieron a utilizar los propios sistemas de recomendación para amplificar tensiones que ya existían, apoyándose en prejuicios, rivalidades y resentimientos previos en lugar de crearlos desde cero.
Grupos internacionales utilizaron los algoritmos para buscar hacer pie en razones preexistentes.
Mientras la selección de Irán era obligada a abandonar el país el mismo día en que jugaba, una foto de Messi con Netanyahu fue maliciosamente recortada y reinterpretada como una muestra de apoyo a este mandatario.
La extensa campaña para vincular a Messi con Netanyahu tuvo lugar durante la primera semana del campeonato.
El recorte de Leo Messi en el Muro de los Lamentos, acompañado por un texto que vinculaba su figura con el apoyo a Netanyahu, fue hábilmente motorizado sobre los algoritmos del odio, omitiendo que se trataba de una gira llamada “Peace Tour”, cuyo objetivo era promover el diálogo entre israelíes y palestinos.
La gira fue organizada por el FC Barcelona y transcurrió durante 2013. Primero visitaron territorio palestino y, al día siguiente, territorio israelí.
De forma sincronizada, aparecieron otros mensajes sobre racismo y ultraderecha vinculados con nuestra nacionalidad.
El odio se “vende” como se vende un combo: las hamburguesas vienen con papas fritas y gaseosa. Una imagen real, recortada y resignificada, es acompañada por un gol con la mano, una expulsión mal cobrada o alguna teoría conspirativa sobre favoritismos.
Los algoritmos aprendieron de nosotros.
Entre las frases “nosotros somos buenos” y “ellos son malos”, esta última viaja a más del doble de velocidad a través de los algoritmos que la primera, según el estudio “Out-group animosity drives engagement on social media”, publicado en 2021.
Pero los algoritmos son un reflejo absoluto del “factor humano”: los chismes que circulan más rápido en una familia o en un grupo de amigos son los malintencionados, por encima de aquellos basados en buenas noticias.
La pregunta del millón es: ¿quién gana con el odio?
En la película “All the President’s Men” (1976), Garganta Profunda introdujo una gran frase: “Follow the money”.
Las redes sociales son los ganadores pasivos: obtienen engagement, clics, publicidad y tiempo de permanencia en sus plataformas a partir del odio y las calumnias contra una persona, un grupo o una nación.
No tienen ningún incentivo para cambiar algo que les produce exactamente aquello que necesitan para mantener su negocio.
El socio activo de las redes sociales son los grupos y gobiernos que utilizan estas maquinarias para alcanzar sus objetivos.
Esto es el comienzo de la ruptura de un tejido social que describió Yuval Harari: medios masivos que retroceden en la opinión pública y dan paso a realidades fragmentadas, una por individuo.
Pasamos de las historias con principio y fin a microexplosiones de indignación que duran exactamente lo mismo que tarda nuestro dedo en mostrarnos nuestra próxima indignación.
El tejido social, mantenido por una historia, una visión o un objetivo nacional, es deshilachado en burbujas que envuelven a cada persona en una “realidad” construida sobre la base de sus propios sesgos, miedos, rencores y odios.
La IA vino a cooperar en esta destrucción del tejido social, provocando la incapacidad de creer en lo que vemos, en lo que escuchamos y en lo que leemos.
El ser humano, desprovisto de la posibilidad de creer en sus propios sentidos, termina siendo carne de cañón de los algoritmos.
No nos odian, somos ellos y nosotros parte del mismo experimento