

Con la participación de casi 2800 militares y un masivo despliegue de más de 600 vehículos blindados, los Ejércitos de Argentina y Brasil dieron por finalizado el Ejercicio Combinado Arandú 2026.
Las maniobras operativas, que se extendieron durante una semana en la región central del estado de Río Grande del Sur, representaron el cierre de un ciclo de adiestramiento bilateral planificado a lo largo de los últimos tres años.
Las operaciones se concentraron principalmente en el Campo de Instrucción Barão de São Borja (CIBSB), en la localidad de Rosario do Sul. El contingente argentino aportó unos 400 efectivos que trabajaron a la par de las tropas brasileñas en ejercicios de fuego real, infiltraciones de fuerzas especiales, asaltos aeromóviles y operaciones de ingeniería orientadas a franquear cursos de agua.
Uno de los puntos más relevantes del operativo fue la exhibición de poder de fuego y la coordinación de las unidades blindadas. En los polígonos de tiro, las tripulaciones operaron en conjunto los tanques Leopard 1A5 BR de Brasil y los modernizados TAM 2C-A2 argentinos, apoyados por transportes de personal Stryker y Guarani, además de la potencia de los sistemas de cohetes de artillería Astros y los vehículos Centauro II.

Para el Ejército Argentino, la presencia en el terreno del Regimiento de Caballería de Tanques 8 permitió evaluar bajo condiciones de máxima exigencia la actualización tecnológica de los TAM 2C-A2. Además, la fuerza local probó con éxito la munición calibre 105 mm TP (HESH), un insumo estratégico desarrollado íntegramente en el país por Fabricaciones Militares y ensayado previamente por el Centro de Investigaciones Científicas y Técnicas para la Defensa (CITEDEF).
Más allá del fuego real, el entrenamiento sumó tecnología de punta a través de los Dispositivos de Simulación y Enfrentamiento Táctico (DSET). Este equipamiento, basado en sensores y emisores láser montados sobre los soldados y los vehículos, permitió registrar los combates simulados para luego evaluar el desempeño táctico y la toma de decisiones de los comandantes en el escenario de guerra.
La complejidad del ejercicio Arandú 2026 también exigió el despliegue de fuerzas aeromóviles.
Efectivos paracaidistas y unidades de operaciones especiales se infiltraron en áreas de interés estratégico mediante el uso coordinado de aeronaves de transporte táctico, como los KC-390 brasileños y los C-212 argentinos, exigiendo una sincronización milimétrica entre las tripulaciones y las fuerzas de superficie.

La etapa final en el terreno coronó un esquema de trabajo conjunto que había comenzado en años anteriores. El ciclo se estructuró en una primera fase de planificación bilateral, seguida de etapas de simulación constructiva donde los altos mandos operaron en entornos digitales, para finalmente trasladar toda la logística y las órdenes al campo de batalla real.
Las máximas autoridades militares de ambos países destacaron que el objetivo central de estas maniobras no es solo la exhibición de capacidades, sino la verdadera interoperabilidad. Identificar diferencias en los procedimientos y estandarizar la comunicación resultan vitales para garantizar que, ante una hipótesis de conflicto regional, ambas fuerzas puedan ejecutar tácticas coordinadas de manera eficiente.















