Las teorías económicas suelen ser mejor inspiradas que aplicadas. Aún las más consistentes han sido recurrentemente sacrificadas en el altar de la política económica. Es sabido que la política económica no se construye en un laboratorio aséptico de intereses en conflicto y sin la búsqueda de un delicado equilibrio político. Pero el reconocimiento de estas restricciones no impide concentrar nuestras críticas allí donde vemos que se han cruzado algunos límites.
El keynesianismo y más recientemente el neokeynesianismo han hecho aportes enormes a la teoría y la práctica económicas. Con énfasis en los fallos del mercado, ha logrado colocar al Estado como actor principal en su rol de regulación del nivel de actividad económica. Sobre estas visiones finamente elaboradas y precisamente contextuadas han germinado algunos mitos del neokeynesianismo vernáculo. Conviene repasar los principales, aunque hay otros.
Mito Nº 1: La política fiscal es el ancla nominal del modelo. Existe la creencia que la inflación en dos dígitos será sólo una molestia pasajera si el Gobierno consigue prescindir de la financiación monetaria del Banco Central para cubrir sus gastos. Efectivamente, esta era la principal fuente inflacionaria en los 80’s, que hoy está ausente. Pero esto no implica que la inflación deba indefectiblemente desaparecer tan pronto como la economía termine de acomodar sus precios relativos o converja finalmente a tasas de crecimiento consistentes con la expansión de la oferta agregada. Está claro que el superávit primario es la pata más sólida del modelo. Enhorabuena. Pero la política fiscal no puede, ni está llamada a ser el ancla nominal del modelo.
Son pocos los países que hoy imprimen dinero para financiar déficit fiscales. Esto explica por qué los fenómenos de alta inflación son una especie en extinción. Pero no logra explicar por qué todavía existen países que hacen ingentes esfuerzos para mantener deprimida la inflación. El vecino Brasil es uno de ellos. La razón es conocida: cuando las expectativas inflacionarias se desbocan, sólo hace falta un banco central complaciente, dispuesto a convalidar con políticas acomodaticias una tasa de inflación superior a la deseada, para que la tasa de inflación pase de ser un fenómeno temporal a convertirse en un problema permanente.
Es cierto –como argumenta el Ministro Lavagna– que la inflación es hoy el síntoma de ajustes pendientes de precios relativos. No habría en esto algo intrínsecamente peligroso. Lo peligroso es que –por varias razones– la economía no tiene definida su ancla nominal. Sea el tipo de cambio, la oferta monetaria o –en el escenario más discrecional– los objetivos de inflación, los agentes económicos necesitan tener bien claro cuál será el ancla nominal capaz de fijar el nivel de precios. La política fiscal puede cumplir un rol estabilizador, pero no sustituye la necesidad de fijar una pauta nominal clara y creíble.
El Gobierno hace bien en argumentar que persigue cada uno de los objetivos mencionados: fija el tipo de cambio y tiene metas de agregados monetarios e inflación. Lo que se observa es que –en la práctica– el compromiso con todos estos objetivos es más bien laxo y en todo caso presenta cierto sesgo inflacionario: las bandas monetarias se cumplen en los agregados inferiores pero no en los superiores, y en todo caso sobre los techos fijados para 2005; el tipo de cambio tiene un piso cierto, pero un techo incierto y existe una clara preferencia oficial por un dólar alto; la meta de inflación era 8% este año pero la inflación redondeará un 11.5%.
El híbrido de objetivos múltiples y el consiguiente resultado de incumplimientos múltiples implica que para todos aquellos que tomamos decisiones, el ancla nominal y la tasa futura de inflación no están definidos.
¿Cuál es la implicancia de la incertidumbre nominal? En un famoso trabajo del año 1973 Robert Lucas popularizó su ‘modelo de las islas’. Sin perfecta información existe un problema de extracción de señales y los agentes no logran distinguir con claridad cambios de precios relativos de cambios en el nivel general de precios. De nada sirve que los economistas discutamos las raíces transitorias de la actual inflación si las expectativas avanzan en otra dirección. Las consecuencias serán cierto sesgo indexatorio en la discusión salarial y expectativas inflacionarias en aumento.
Mito Nº 2: La demanda crea su propia oferta (la ley de Say, al revés). Esta visión postula que la demanda agregada es el motor del crecimiento, y debe anteponerse a una oferta agregada que –con algunos rezagos– responderá al desafío. Al igual que la famosa Ley de Say, hay mucho de tautológico en el razonamiento. Aunque esto puede ser cierto en el corto plazo en un contexto keynesiano, no necesariamente se cumple en el largo plazo. El caso es que, si esto ocurre con inflación en ascenso, algo mal estaremos haciendo.
Mito Nº 3: la inflación se ataca con medidas de oferta. Es casi la contracara del razonamiento anterior. Si a un problema de oferta se responde con medidas de demanda, pues parece consistente que a un problema de demanda se le responda con medidas de oferta.
La economía política a veces conduce a lugares donde la teoría económica no logra penetrar con convicción. Marcar las contradicciones y los excesos puede ser una forma de aportar a buscar nuevas y mejores soluciones.